Soledad y Suicidio

Escultura hiperrealista en Bilbao que se refiere a la Soledad. Título: Mercedes. Autor: Rubén Orozco
Escultura hiperrealista en Bilbao que se refiere a la Soledad. Título: Mercedes. Autor: Rubén Orozco
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“Nacemos solos… morimos solos y, cuando un día miramos atrás, veremos que estamos solos todo el camino”
(Hunter S. Thompson)

Soledad, la gran epidemia del S. XXI, la sombra silenciosa, esa que sufren, según las estadísticas, una de cada tres personas de la población occidental; esa población desarrollada en la que la tasa de suicidios es mayor que en los países subdesarrollados, quizá porque el sentimiento de soledad es más intenso o más penoso.

Cabe, por ello, plantearse el siguiente interrogante: ¿qué causa tanto dolor y malestar en este estado de bienestar?

La respuesta debe buscarse, fundamentalmente en dos actitudes generalizadas:

1. El egocentrismo de una sociedad y sus individuos. Un mundo que solo mira su ombligo. No hay ojos para el vecino que sufre o se siente solo.
2. Una sociedad donde priman las relaciones esporádicas e interesadas en lugar de la lealtad y el compromiso.

“El suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte no natural en España desde 2008. Cada día se suicidan 10 personas”

Y producto, en parte de ese fracaso como sociedad amable, el suicidio se ha convertido en la primera causa de muerte no natural en España desde 2008. Cada día se suicidan 10 personas.

El suicidio supone poner fin voluntariamente a la propia vida, es una reacción trágica ante situaciones que se perciben como desbordantes o desesperanzadoras ante las cuales la persona concluye que no puede hacer nada o que no quiere.

Desde el punto de vista de algunos escritores, pensadores y filósofos el suicidio representa la “libertad de elección”, pero fue quizá Jaques Rigut (1.898-1.929), poeta surrealista francés, el que más exprimió el pensamiento suicida. Su trabajo versó, mayoritariamente, sobre este pensamiento y llegó a considerar su consecución exitosa como su principal ocupación en la vida. El suicidio era una de las bellas artes.

Llegó a decir: “Mi libro de cabecera es un revólver y quizá alguna vez al acostarme en vez de apretar el interruptor de la luz, distraído, me equivoco y apretó el gatillo”.

Y así ocurrió el 5 de noviembre de 1.929. Tenía 31 años.

André Bretón dijo al respecto: “Se condenó a sí mismo a la muerte y esperó impacientemente, hora a hora, durante 10 años, el momento perfecto para acabar con sus días. Una experiencia humana cautivadora a la cual supo dar el tono trágico y humorista que le era peculiar”.

Ciorán, escritor y filósofo rumano, que llegó a mantener que la vida era soportable porque siempre cabía la posibilidad de abandonarla; abandonar el espectáculo a voluntad.

Otro pensador estudioso de la conducta suicida fue Ciorán (1.911-1.995), escritor y filósofo rumano, que llegó a mantener que la vida era soportable porque siempre cabía la posibilidad de abandonarla; abandonar el espectáculo a voluntad.

Albert Camús (1.915-1.960), Premio Nobel de Literatura, dice: “No hay más que un problema filosófico verdaderamente serio y ese es el suicidio”.

Es así que Albert Camús introduce el mito de Sísifo (rey griego) quien fue castigado por los dioses por su atrevimiento y astucia. Fue condenado a perder la vista y a empujar perpetuamente un peñasco gigante montaña arriba hasta la cima, solo para que volviese a caer rodando hasta el valle, desde donde había de recogerlo y empujarlo, nuevamente, hasta la cumbre y así indefinidamente. La carga simboliza las dificultades de la vida.

Sísifo solo experimenta la libertad durante un breve instante, cuando ha terminado de empujar el peñasco y aún no tiene que comenzar de nuevo.

Ante esta situación Camús desarrolla la idea del absurdo, o sea, el conflicto que surge entre la búsqueda de un sentido intrínseco y objetivo de la vida humana y la inexistencia aparente de este sentido.

Y propone tres soluciones ante el “absurdo”: el suicidio, la religión o la simple aceptación del absurdo y considera esta última como la mejor alternativa, la respuesta que debe priorizarse, sin obviar la disposición de las personas. Por una parte está el hombre absurdo, aquel que se muestra perpetuamente consciente de la completa inutilidad de su vida, es incapaz de entender el mundo y, por otra parte, está el hombre rebelde que no niega la historia que le rodea pero se encuentra ante ella como el artista ante la piedra que va a transformar y afronta ese absurdo desde la vivacidad, mediante el mayor número de experiencias (música, arquitectura, arte, danza, escritura).

De tal modo que, viendo de frente y sin reparo, el sinsentido que es vivir se detiene y dice: “No me importa, quiero seguir viviendo”.

Y si esta es la cuestión, el trabajo es abrazar el absurdo y hacer un esfuerzo de movimiento. El hombre rebelde de Camús.

Alguien dijo: “No sé si la vida tiene sentido, pero si no lo encuentro puedo inventarlo“. Y es que en la imaginación también está nuestra vida.

Lo primero será detectar cuáles son las causas que están invitando al pensamiento suicida. Las más determinantes son:

1. Aislamiento: Sentimiento de estar solo, de no pertenecer a ningún grupo, de no estar dentro del ritmo de la vida. Todo el sentido ha quedado atrás, la vida se ha pasado. No caben proyectos. Muere la ilusión.
2. Depresión.
3. Enfermedad Física. Generalmente aquella/s que cursan con dolor y deterioro.
4. Enfermedades Psíquicas y
5. Adicciones.

De especial atención debe considerarse la existencia de antecedentes personales y familiares, intentos autolíticos y frases o conversaciones donde el sujeto manifiesta el sinsentido de la vida, el deseo de morirse, la desesperanza y la falta de ilusión.

Alguien dijo: “No sé si la vida tiene sentido, pero si no lo encuentro puedo inventarlo”.

Y es que en la imaginación también está nuestra vida.

Aprendamos a imaginar, a inventar, a soñar.

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