Capítulo VIII: Saltapraos

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El viaje de Elba
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Las pisadas lentas y descompasadas emitían un crujido en la arena mojada con cada paso.

La luz del alba ya asomaba tras el horizonte cuando Elba alcanzó a ver en la lejanía las ruinas humeantes de la cabaña. Desde la distancia pudo distinguir la silueta de varios hombres que parecían afanados rebuscando entre los escombros; sin duda Xandru conocía bien las intenciones de los habitantes de la aldea.

—No puedo permitir que me descubran —recapacitó— ¿Quién sabe lo que podrían hacer conmigo si me relacionan con el incendio y la desaparición de la familia?

Decidió alejar sus pasos adentrándose en el bosque y ocultándose entre la maleza, pues habría sido demasiado fácil seguir el rastro de sus pisadas en la playa. En realidad no planificó la dirección para la huida, tan solo se esmeró en poner distancia de por medio.

Sus ropas aún permanecían mojadas y dificultaban el avance entre la maleza. Pronto se sintió fatigada, pero no aminoró la marcha hasta que el sol se elevó a lo más alto y logró encontrar un lugar apartado donde recobrar el resuello. El calor del luminoso día se colaba entre las ramas del sotobosque y en aquel claro, alejado de todo, se podía respirar paz.

Desde la distancia pudo distinguir la silueta de varios hombres que parecían afanados rebuscando entre los escombros; sin duda Xandru conocía bien las intenciones de los habitantes de la aldea.

Elba se secó al sol acostada sobre un grueso manto de musgo, con los brazos y las piernas extendidas y permitiendo que los reconfortantes rayos de luz aliviaran su alma. Ni siquiera cerrando los ojos alcanzaba a hallar la oscuridad, pues el astro, bañando su rostro con tibias caricias, proyectaba vivos colores a través de sus párpados en un caleidoscopio de sensaciones agradables.

En aquel momento creyó prioritario sentir paz, una necesidad tan ineludible como el propio respirar.

Trató de apartar su mente de la reflexión y se propuso alejar sus pensamientos de cualquier recuerdo. Irónicamente obviar la memoria se antojaba la mejor de sus opciones para lograr sobrellevar aquella pesada carga que se obstinaba en atormentarla. Asumió que no era momento de ahondar en el remordimiento, sino de mirar al destino cara a cara, desde un nuevo comienzo.

Casi por inercia su pensamiento la exculpó: Se sintió libre, sin ataduras. Su destino le ofrecía la oportunidad de comenzar de nuevo, alejada de todos y de todo.

Resolvió que soportaría su maldición en soledad.

—Al fin y al cabo, nadie me necesita, nadie espera mi regreso, no poseo hogar ni familia, ni recuerdos de haberlos tenido, nadie me echará de menos—, recapacitó. Y así se convenció de que, a partir de aquel momento, podría reconducir las riendas de su propio sino; cómo una persona nueva. Tan solo era poseedora de su propio nombre, y aquello resultaba ser algo muy sencillo de ocultar.

“A partir de ahora puedo ser quien yo decida ser” pensó.

El sopor del sueño asomó. Casi se podían saborear los rayos del sol. Parecía como si el bosque emitiese una melodía, un tintineo semejante a una campanilla que sonaba acompasado con el mecer de las hojas. Elba parecía percibirlo nítidamente.

Cuando estaba a punto de lanzarse a la carrera para huir, distinguió una pequeña figura plateada, semejante a un grillo, que revoloteaba cerca de ella y que emitía aquel peculiar sonido al frotar sus alas. Parecía estar hecho de reluciente metal.

De pronto se incorporó de un salto.

Pudo escuchar perfectamente aquel sonido metálico que la sustrajo de su ensoñación. Permaneció inmóvil tratando de dilucidar la dirección de donde provenía aquel peculiar retintín.

De nuevo se produjo el sonido y Elba lo ubicó a escasos pasos, aunque no logró ver a nadie.

Se asemejaba al sonido de cascabeles.

Cuando estaba a punto de lanzarse a la carrera para huir, distinguió una pequeña figura plateada, semejante a un grillo, que revoloteaba cerca de ella y que emitía aquel peculiar sonido al frotar sus alas. Parecía estar hecho de reluciente metal.

El viaje de Elba. Saltapraos

Elba se quedó obnubilada mirando aquella maravilla de majestuosa belleza. Jamás había contemplado un insecto similar, y la cadencia de los sonidos que producía aquel ser parecía casi un mensaje, una advertencia. Era como si tratara de comunicarse.

La muchacha observó el revoloteo del animal hasta que este se posó en una rama a la altura de sus ojos.

—… ¿Hola?

(Clinnn… clin…)

El saltamontes pareció responder al saludo.

—¿Puedes entender lo que digo? —Preguntó Elba sin salir de su asombro.

(Clin…)

De nuevo el sonido se asemejó a una afirmación consciente mientras el insecto plateado se frotaba su única antena con las patas, casi con un gesto que reflejaba inteligencia.

Cuando el saltamontes se hubo asegurado que contaba con la atención de Elba, comenzó a revolotear a su alrededor emitiendo un tintineo que reflejaba premura, urgencia; como si pretendiese llevarla a otro lugar, instándola a seguirlo.

Elba se puso en movimiento, tratando de seguir a su inesperado compañero, que parecía guiarla entre la espesura. Cada cierto tiempo el saltamontes plateado se aseguraba de que Elba lo seguía y emitía un sonido que bien podía interpretarse como si estuviera diciendo “Por aquí”.

El saltamontes atravesó de un salto un pequeño reguero de agua y se detuvo a esperar a Elba. Ella aprovechó el arroyo para saciar su sed rápidamente y retomó la marcha sin ninguna dilación.

Por fin Elba comprendió la intención de su reciente amigo insecto: La había conducido dentro de aquel tronco, tratando de evitar que fuese capturada. El saltamontes se posó en su hombro y se mostraba ciertamente expectante.

Pronto alcanzaron una zona del bosque especialmente frondosa y el saltamontes se detuvo sobre el tronco de un viejo roble marchito, del que solo quedaba su enorme corteza como testigo de un esplendoroso pasado y dentro del cual Elba cabía holgadamente. Los dos se introdujeron en el hueco del árbol y permanecieron quietos y en silencio.

Elba no terminaba de entender a su apremiante amigo, no entendía la urgencia de llegar a ese lugar, supuso que tal vez los saltamontes gustaban de jugar a esconderse en los troncos viejos y se sintió ridícula por haber interpretado que aquel animal pretendía comunicarse con ella.

Cuando estaba a punto de abandonar su escondrijo pudo divisar la silueta silenciosa de dos hombres. Avanzaban como lo hacen los cazadores, sigilosamente, con el cuerpo casi agachado, vestían colores pardos que camuflaban su apariencia con el entorno y portaban sendos arcos dispuestos para el ataque.
Por fin Elba comprendió la intención de su reciente amigo insecto: La había conducido dentro de aquel tronco, tratando de evitar que fuese capturada. El saltamontes se posó en su hombro y se mostraba ciertamente expectante.

El terror la invadió.

En ningún momento había sido consciente de ser perseguida, y de no ser por su pequeño bienhechor, de seguro yacería muerta sobre aquel confortable y cálido colchón de musgo.

Aparentemente sus perseguidores debían ser expertos rastreadores, hombres capaces de la aldea que pretendían dar venganza a la familia de Xandru. El miedo a ser descubierta obligó a Elba a contener la respiración para evitar hacer ruido alguno.

Mientras los cazadores avanzaban en dirección a Elba uno de ellos sacó un odre de agua y mediante un gesto solapado indicó un alto en el avance. Los dos hombres se detuvieron a escasos codos del escondite de Elba, de tal modo que la muchacha pudo escuchar su conversación mientras se avituallaban.

—Te repito que hemos perdido el rastro hace un buen rato, justo al rebasar el arroyo…

—¡Ya cállate con el dichoso arroyo! —respondió airado el segundo hombre —las ramas del otro lado del cauce estaban rotas. Ha pasado por aquí no hace mucho.

El ritmo de la marcha se tornó frenético, las zarzas arañaban las piernas de Elba que luchaba por ignorar el dolor y seguir avanzando en la huida.

Elba sintió un escalofrío recorriendo su cuerpo cuando comprendió el significado de aquellas palabras.

—¿Quién, en su sano juicio, habría desdeñado la ocasión de seguir el curso del agua y borrar así su rastro? Las ramas rotas no son más que un ardid.

—Los diañus no necesitan ocultar su rastro de mocosos como tú, cabeza de raitán. Ahora cállate y sígueme en silencio o conseguirás que alguna curuxa nos engulla antes del anochecer.

Los dos hombres se alejaron en dirección a la puesta de sol en completo silencio y desaparecieron de la vista de Elba, que permaneció inmóvil junto a su amigo plateado dentro de aquel tronco hueco.

Pasado un tiempo más que prudencial el saltamontes volvió a instar a Elba para seguirlo. Abandonaron su escondrijo y tomaron la dirección opuesta a sus perseguidores.

El ritmo de la marcha se tornó frenético, las zarzas arañaban las piernas de Elba que luchaba por ignorar el dolor y seguir avanzando en la huida.

(Continuará…)

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