La Navidad cristiana no es otra cosa que la celebración del solsticio de invierno que bebe de antiguos ritos paganos, que en algunos casos intentó erradicar y en otros absorbió.
Los ríos Deva y Navia son actualmente lo que se denomina teónimos, puesto que sus nombres corresponden a antiguas divinidades, en este caso suponemos vinculadas a las aguas.
Los sapos son anfibios altamente beneficiosos para la agricultura por su alimentación a base de insectos y babosas. Son totalmente inofensivos y para defenderse segregan un líquido tóxico a través de unas glándulas situadas a los lados de la cabeza.
Se trata de un personaje mitológico casi desaparecido, aunque hay numerosas leyendas de xanes raptando a los críos de la aldea para cambiarlos por sus hijos, los xaninos, feos y peludos. Pocas historias aparecen con el xan como personaje adulto.
La palabra “Nemeton” sirve para designar el espacio sagrado en el mundo celta, ubicado en el bosque, o más estrictamente en el claro del bosque, al igual que sucede en algunas partes de la antigua céltica.
En la anterior entrega ya pudimos comprobar que la Navidad no es una celebración exclusivamente cristiana, puesto que absorbe antiguas fiestas paganas dedicadas a festejar el solsticio de invierno.
La celebración del solsticio de invierno no es un patrimonio exclusivamente cristiano, puesto que se celebraba en toda la vieja Europa pagana, ofreciendo sacrificios y libaciones a los dioses y a los muertos para obtener un año fecundo y en paz. Este tipo de celebraciones fue asumido y adulterado por el cristianismo.
En nuestra mitología, el cuélebre asturiano hace las veces del dragón en el resto de Europa. De hecho, en antiguos códices y bestiarios medievales se dice que el dragón es el macho de la serpiente que crece desmesuradamente porque es inmortal, y que alcanza tales proporciones que llega a ser el terror de los animales terrestres, y por eso Dios la manda partir hacia el mar.