Notas sobre la antigua navidad o Solsticio invernal (Parte I)

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La adoración de los magos en el “Libro de horas de Hastings”. Siglo XVI
La adoración de los magos en el “Libro de horas de Hastings”. Siglo XVI
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La celebración del solsticio de invierno no es un patrimonio exclusivamente cristiano, puesto que se celebraba en toda la vieja Europa pagana, ofreciendo sacrificios y libaciones a los dioses y a los muertos para obtener un año fecundo y en paz. Este tipo de celebraciones fue asumido y adulterado por el cristianismo.

Así por ejemplo Máximo de Turín en “Sermo” dice: “Oportunamente dispuso la Providencia que Cristo Señor naciese durante las fiestas de los paganos y que el esplendor de la luz divina apareciese en medio de las tinieblas (…)”. Más adelante critica y condena como acto pagano la costumbre de dar regalos: “Levantándose muy de mañana todos van al encuentro de la gente con el regalito en la mano(…) ofrecen el regalo antes aún que el beso (…) no es sentimiento de amor sino acto de avaricia (…) los desgraciados vuelven cargados de pecados”. Sin embargo el cristianismo no pudo erradicar esta costumbre y recurrió a los Reyes Magos para justificarla. La historia de los Reyes Magos está muy arraigada en el catolicismo, mientras que el protestantismo recurrió a Papá Noel para justificar los regalos de Navidad. Los “reyes” magos aparecen en los evangelios apócrifos y son solamente “unos magos”. La tradición dice que predicaron en la India donde fueron decapitados y después de muchos avatares sus cabezas reposan en la catedral de Colonia, en Alemania. Ni que decir tiene que las cabalgatas de reyes son relativamente recientes en los pueblos asturianos y que fueron sustituyendo a las mascaradas de invierno. En las “Constituciones Synodales” del Obispo Guevara en 1541 leemos: “Item nos contó que la Noche de Navidad echan un gran leño en el fuego que dura hasta el año nuevo que llaman “tizón de Navidad” y dan después para quitar las calenturas y como esto es rito diabólico y gentilicio anatemizamos y descomulgamos y maldecimos (…)”. Dicho tizón fue conocido en Belerda (Casu) y Grau como “Nataliegu”.
Esta tradición era conocida en toda Europa. El leño era de roble, cuestión que para algunos antropólogos guardaría relación con el germano Woden, el dios del trueno. Además, los restos del leño se usaban para protegerse de la tormenta. En Serbia se creía que la casa tendría tantas cabezas de ganado como pavesas saltasen al fuego. En Inglaterra se guardaba un fragmento del tizón para protegerse de brujas y demonios. En Westfalia recibía el nombre de Christbrand y cuando estaba carbonizado se guardaba un tizón para proteger del trueno. En Provenza se guardaba bajo la cama de los consortes y protegía del rayo. En Euskadi las cenizas del “Gabon mukur” o “Olentzero Enbor” (leño de Navidad) se esparcían cuidadosamente por casa y corral. En Bigorra lo llaman “Catsau de Nadau” y se le hacían ofrendas de sal, vino, pan y dulces. Esta fue una costumbre del día de Navidad que fue quedando de manera relictiva en algunas aldeas asturianas.
Otra creencia era que según aconteciesen los primeros doce días de enero, así transcurrirían los doce meses del año.

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