África necesita otra mirada

El árbol para pensar, sección de opinión en Fusión Asturias escrita por Inmaculada González-Carbajal García, presidenta de la Fundación El Pájaro Azul
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El continente africano está condicionado por la mirada de Europa.

En el siglo XIX, África se convirtió en el objetivo de una colonización que buscaba las materias primas necesarias para el desarrollo europeo. Los principales protagonistas de la revolución industrial dirigieron su mirada hacia África con un interés muy claro: extraer todo lo necesario para su propio beneficio, sin valorar las consecuencias sobre los habitantes de esas tierras. El botín era muy atractivo y los diferentes países se lanzaron a la invasión del continente africano, llegando al reparto de sus territorios en la Conferencia de Berlín de 1884-1885. Lo que vino a partir de ahí fue una explotación de recursos, una expoliación de los mismos y una falta de consideración con los valores de los diferentes pueblos y culturas africanas, a lo que hay que añadir el desprecio a los moradores naturales de aquellos entornos. En los países surgidos de ese singular reparto se crearon Estados que reproducían la compleja estructura administrativa de Europa, pero enmarcada en una realidad social que nada tenía que ver con el concepto de “Estado” desde el punto de vista occidental.

Esta historia de colonización condiciona, de maneras diversas, la relación entre europeos y africanos, porque en la mayor parte de los casos el acercamiento a África se hace desde patrones europeos que no permiten percibir el valor de lo genuino en las diferentes culturas africanas. Todo ello ha condicionado una mirada particular hacia el continente africano, limitada por unos tópicos que nos hablan de un tipo de realidades y no de otras: por ejemplo, se habla de la pobreza, pero no de las riquezas, de los inmensos recursos minerales y de materias primas; se habla de la guerra, de hambrunas, de violencia, pero no se analizan las causas que subyacen en estas situaciones, muchas veces provocadas por otros intereses muy alejados del continente africano; se venden imágenes de niños hambrientos, mujeres vulnerables y personas que viven en la miseria, pero no se habla de la cantidad de hombres y mujeres que destacan en áreas diversas y en ámbitos internacionales.

El acercamiento a África desde patrones europeos no permite percibir el valor de lo genuino en las diferentes culturas africanas.

África es un continente con un gran potencial de vida. En primer lugar, tiene una pirámide de población con una importante base de juventud, ansiosa por aprender y obtener formación, para salir adelante y transformar su realidad. Los niños y jóvenes quieren estudiar, porque son conscientes del valor que tiene el conocimiento como elemento de desarrollo. Una de las señas de identidad de la mayoría de culturas africanas es el respeto a los mayores, como rasgo vertebrador de una continuidad de la vida, que permite aprender de quienes tienen la experiencia, porque han recorrido la mayor parte del camino y, por tanto, son depositarios de un saber que sólo se adquiere con el tiempo vivido. Y algo que también empieza a despuntar, al menos en algunos países, es el papel de la mujer como elemento transformador y necesario para un verdadero desarrollo; pero este protagonismo femenino ha de ser diseñado por las propias africanas, ya que muchas de ellas ni comulgan ni están conformes con los patrones que les llegan de sus colegas europeas.

Por último, no debemos olvidar el potencial creativo en todos los ámbitos de este continente, que está colocando a muchos africanos en el panorama internacional del cine, la música y la literatura. Para muestra no hay más que ver como el pasado año 2021, los premios literarios más prestigiosos fueron para autores africanos: el Nobel, para el tanzano Abdulrazak Gurnah; el Camôes, para la mozambiqueña Paulina Chiziane; el Neustadt, para el senegalés Boubacar Boris Diop; el Goncourt, para su compatriota Mohamed Mbougar Sarr; y el Booker, para el sudafricano Damon Galgut.

África necesita otra mirada y nosotros debemos descolonizar la nuestra, para que podamos entre todos, es decir, ellos y nosotros, construir puentes para el entendimiento y el intercambio mutuo, más allá de los intereses económicos que dirigen este mundo global que todos habitamos y en el que todo está profundamente interrelacionado.

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