Tiempos de verdades absolutas

El árbol para pensar, sección de opinión en Fusión Asturias escrita por Inmaculada González-Carbajal García, presidenta de la Fundación El Pájaro Azul
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Siempre me ha sorprendido ver cómo alguien puede creer que tiene la verdad sobre cualquier situación o acontecimiento; incluso, cómo puede pensar que su marco de creencias es el único que explica lo esencial de la vida. Cuando era más joven, lógicamente defendía con más ardor algunas cosas, pero el paso de los años, con su acervo de experiencias, me ha hecho mucho más cauta, más comprensiva y, desde luego, más tolerante con todo aquel que no comparte mi perspectiva. En todo caso, siempre doy opción a que aquello que el otro percibe, pueda ser igualmente válido y tengo claro, que su visión puede aportarme algo nuevo o abrirme un camino diferente para el análisis y comprensión de una situación.

Lo que me llama la atención últimamente es comprobar que muchas personas no admiten una visión diferente a la suya, rechazan el diálogo necesario para poder encontrar puntos comunes y reaccionan con crispación ante el que piensa de otro modo. Esto lo vemos muy agudizado en el mundo de la política, que, desgraciadamente, nos ofrece lamentables espectáculos de enfrentamiento cada día; pero también ocurre en otros ámbitos, que nos afectan de manera mucho más cercana. El problema de estas actitudes es que nos enrocan en posiciones en las que convertimos al adversario en enemigo y, de este modo, se generan funcionamientos que deterioran la convivencia.

Muchas personas creen que su opinión es una verdad absoluta, y esa creencia les coloca en una actitud impermeable a la visión de otros, incluso a la de aquellos que expresan su criterio, basado en el conocimiento y la experiencia.

Con frecuencia, observo que la intolerancia empaña las relaciones, y a la mínima discrepancia, te puede sorprender la violencia de una respuesta, que no mide las consecuencias ni valora los posibles daños. Este ambiente de intransigencia se ha hecho más evidente en los últimos años. No tiene que ver con este tiempo de pandemia; esta situación lo único que ha hecho es alimentarla y hacerla más patente. Ahora, la frustración ante la incertidumbre, el fastidio ante la limitación de nuestra libertad y la irritabilidad que todo ello nos provoca incrementan la intolerancia; también el miedo pone en marcha la necesidad inconsciente de buscar un “chivo expiatorio” contra el que lanzar nuestra rabia, y qué mejor que alguien que no ve las cosas como yo las veo, que opina de manera diferente o que introduce un elemento que distorsiona la verdad acordada por la mayoría.

Todos podemos opinar, pero el problema es que muchas personas creen que su opinión es una verdad absoluta, y esa creencia les coloca en una actitud impermeable a la visión de otros, incluso a la de aquellos que expresan su criterio, basado en el conocimiento y la experiencia. La cuestión es que, de este modo, es muy difícil encontrar los caminos para el entendimiento, para aliarse en objetivos comunes y para salvar las diferencias que nos pueden enriquecer cuando somos capaces de escuchar y aprender de lo que el otro ve y yo no percibo. Y no estamos para alimentar diferencias, crear barreras y levantar muros, que de todo esto vamos sobrados. Son tiempos para encontrar soluciones y tendernos la mano, para dejar de lado nuestro ego, dispuesto a hacernos creer que estamos por encima de los otros y que nuestras opiniones son verdades absolutas.

“Hay tres verdades: la tuya, la mía y la Verdad. Esta última está en el centro y no pertenece a nadie”
(Tierno Bokar, referente de la sabiduría africana)

En esos momentos, en los que tengo que enfrentarme a la terquedad y la intransigencia, recurro a uno de los referentes de la sabiduría africana, Tierno Bokar (1875-1939), un hombre humilde, para quien la tolerancia era la única posibilidad de supervivencia del ser humano. Bokar es autor de una de las frases más hermosas que conozco sobre la verdad: “Hay tres verdades: la tuya, la mía y la Verdad. Esta última está en el centro y no pertenece a nadie”. Con frecuencia, recuerdo esta sentencia, para no caer en la tentación de erigirme en poseedora de ninguna verdad y para colocarme en una actitud que favorezca el diálogo, el intercambio de visiones y el encuentro, porque para llegar a la Verdad, tengo que hacer un camino hacia el otro.

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