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lunes 17, junio 2024

Adicción a la aprobación

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“Yo soy como soy y tú eres como eres, construyamos un mundo donde yo pueda ser sin dejar de ser yo, donde tú puedas ser sin dejar de ser tú, y donde ni tú ni yo obliguemos al otro a ser como yo o como tú”
Subcomandante Insurgente Galeano (antes Subcomandante Marcos)

Somos nosotros los que, cada día, tenemos una cita con el destino y, por ello, son nuestras resoluciones y nuestras acciones las que pueden guiarnos de un lugar a otro.
Pero ¿podemos permitirnos esa libertad en la Sociedad en que vivimos? ¿Vivimos como deseamos o vivimos en función de los estereotipos que la Sociedad marca como exitosos?

La necesidad de ser aprobado por la sociedad es una cuestión social, seguramente ha existido siempre pero ahora convertida en adicción: la adicción a la aprobación. Para tal aprobado hay que mantenerse joven, rentabilizar la imagen, aparentar estatus y ser capaz de impresionar.

A todos nos gusta que nos aplaudan, que nos alaben, que nos hagan cumplidos… ello nos refuerza, nos agrada, es una motivación externa. Y, como tal, no hay porqué renunciar a ella, el problema es cuando la búsqueda de aprobación se convierte en una necesidad, dejas de ser tú mismo para pasar a ser lo que quieren los demás.

Pero ¿de dónde y desde cuándo se gesta en nosotros esa necesidad de aprobación? La niñez, debe ser el único momento, la única etapa de la vida en que esa adicción no existe, el niño quiere pensar por sí mismo, actuar por sí mismo, crear, inventar, aventurarse, confía en sí mismo, en su criterio en cambio los adultos le cortan las alas. Por ejemplo, quiere ponerse el abrigo y sus padres le dirán: “yo te ayudo… cuando seas mayor”. Sea entonces que ese canto de independencia, de ser uno mismo, va siendo arrebatado.

Tenemos razones y motivos más que suficientes para acabar con ese empeño de vivir necesitando la aprobación de los demás porque ni garantiza el éxito ni garantiza nuestro bienestar.

Más tarde el niño abandona su casa para ir al Colegio: entra, en ese momento, en una institución especialmente diseñada para enseñar a los niños el pensamiento y el comportamiento adecuado para “aprobar”, para recibir “la aprobación de los demás”, especialmente de los maestros.

Y paso a paso con ella hemos topado, con la Iglesia que, en su finalidad de enseñar conformidad y sometimiento, maneja con destreza el premio y el castigo.

Pero tampoco obviemos la influencia de la Televisión, la publicidad, según el producto utilizado entras o no en los “aprobados”, en los envidiados, en la gente guapa. Lo mismo ocurre en las Redes Sociales donde, en “demasía” (como diría el humorista Joaquín Pajarón), la gente muestra todo aquello que considere objeto de envidia: comidas, coches, viajes, imagen.

A todos los niveles y por causas diferentes la gente vende su alma al diablo con la finalidad de conseguir la aceptación de los demás.

Echemos un vistazo a los Políticos, todos adictos a la aprobación, en ello les va el jornal y su discurso se mueve (y así debe ser) en dos direcciones.
Por un lado tratan de agradar a su grupo, a los de su idea, a los de su partido y, por otra parte, tratan de “no desagradar” a los otros, esperan no ser desaprobados por esos “otros” y así, de paso y si acaso, sumarse alguno de los indecisos.

Nada nuevo bajo el Sol. Así lo expresaba Maquiavelo: “Los príncipes sabios y los Estados bien ordenados cuidaron siempre tanto de contentar al pueblo como de no descontentar a los nobles”.

Y así vamos por la vida aprendiendo y asumiendo que la aprobación es muy importante para seguir el camino, y ello, a costa de convertirse en una marioneta accionada por todos los demás menos por uno mismo… un esclavo de los deseos de los demás.
Agradar a todo el mundo es imposible. Si eso es lo que pretendes, vivir de prestado, vivir para los demás, para los deseos e intereses de los demás… y mientras tú vives para los demás ellos viven ajenos a tus necesidades.

El actor Bill Cosby dijo: “No conozco cuál es el secreto del éxito, pero la clave del fracaso es intentar agradar a todo el mundo”.

Así que, llegados a este punto conviene contemplar el consejo de Eleanor Roosvelt (1884-1962):
“Haz lo que tu corazón considere correcto, serás criticado de cualquier forma. Te maldecirán si lo haces y te maldecirán si no lo haces”.

También podemos plantearnos el siguiente interrogante: ¿A cuántas personas podemos gustar, complacer?
Según el autor Wayne Dyer: si logras gustar/complacer a un 50% de la gente lo estás haciendo bastante bien. Debemos tener claro y asumir que el 50% de la gente va a estar en desacuerdo.
Por tanto, cuando alguien no esté de acuerdo contigo en lo que dices, en vez de sentirte herido piensa que te has encontrado con una de esas personas que están dentro del 50% que no está de acuerdo contigo.
Por cada opinión que puedas tener habrá siempre alguien que tenga, exactamente, la opinión opuesta a la tuya.

“No somos mejores que nadie, tampoco somos peores… la diferencia no está en quién más y quien mejor, la diferencia está en eso, en la diferencia” (Subcomandante Insurgente Galeano)

Abraham Lincoln dijo lo siguiente:
“Si yo fuese a leer, incluso a contestar, todos los ataques que me dirigen, habría de cerrar esta tienda para ocuparme únicamente de este negocio. Yo actúo lo mejor que puedo y mejor me parece y pienso seguir haciéndolo hasta el final”.

Creo que tenemos razones y motivos más que suficientes para acabar, si fuera el caso, con ese empeño de vivir necesitando la aprobación de los demás porque ni garantiza el éxito ni garantiza nuestro bienestar.
Si hemos llegado a esta conclusión tres pautas son necesarias para ayudarnos:

1. Autorreconocimiento. Felicítate a ti mismo por lo que haces, sea lo que sea, sin necesitar la aprobación o el reconocimiento de los demás. Habla en alto bien de tu persona, de tu hacer, de tus proyectos. Lo hecho se hizo de la mejor manera.

2. Repite diariamente (y cuantas veces sea necesario) “Soy único e irrepetible”, y tal es así que no tengo que agradar a todos. Si haces lo que te interesa, lo que te motiva, lo que deseas, al menos una persona estará contenta. Esa persona eres tú.

3. Asume que hagas lo que hagas, tú o quien sea, siempre hay un margen de error. Y, a veces, podemos caer en ese margen de error por bien que hayamos hecho las cosas. No gusta, pero existe.

Hechas estas reflexiones tengamos a mano el siguiente mensaje: “No somos mejores que nadie, tampoco somos peores… la diferencia no está en quién más y quien mejor, la diferencia está en eso, en la diferencia” (Subcomandante Insurgente Galeano).

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