Cuando se alimenta la mente con mierda los pensamientos huelen a pedo

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La Espada
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Cuando se aprovecha un momento como el que vivimos, con la presencia del virus y la consiguiente pandemia mundial, para sembrar miedo, odio, incertidumbre y división entre las personas y para sacar réditos partidistas, entonces solo queda pensar que el virus es un enviado celestial para separar, de una vez por todas, el trigo de la cizaña, para que quede claro y manifiesto que existen dos grandes grupos de personas, los que se alimentan de amor, de fraternidad y de sentido común, y los que se alimentan de mierda, de basura, de egoísmo y de oportunismo.

Y eso, exactamente eso, es lo que está ocurriendo a nuestro alrededor.

Resulta muy difícil comprender que existan personas que no entiendan que la mascarilla es una protección a la vez que una forma de no contagiar si estás contaminado.

Son tan ignorantes que todavía no comprendieron que todos somos Uno, que formamos una inmensa red donde todos nos afectamos a todos, donde todos dependemos de todos.

La respuesta fácil es que son tontos, estúpidos, que no alcanzan la normalidad mental. Pero eso sería lo fácil, pero no lo real, se supone.
Lo real es que están enfermos de protagonismo, que son tan egoístas que su visión del mundo es la de un lugar que está a su servicio, a su medida, a sus caprichos, a su gusto. Son las rémoras de la humanidad.

Son tan ignorantes que todavía no comprendieron que todos somos Uno, que formamos una inmensa red donde todos nos afectamos a todos, donde todos dependemos de todos. Esa es la gran verdad a comprender y practicar.

La “familia” humana es un todo, y más aun hoy en día, donde todo está conectado por la tecnología, pero que siempre lo estuvo por las energías internas, por el hecho de ser hombres, en el sentido absoluto de la palabra, el hombre creado a imagen y semejanza de los “dioses”.

Y precisamente por el hecho de vivir en un mundo donde todo está conectado, podemos saber que en Brasil, y en otros países, se están muriendo miles de personas por el virus, porque sus eminencias, el presidente Bolsonaro y otros gobernantes, fueron o son negacionistas del virus, ejemplos destacados de la estupidez global, expresiones del nivel de esta humanidad que permite, con su voto, que semejantes engendros gobiernen a millones de personas.

Está claro que el móvil de su cruzada está a la altura de sus enfermizas mentes, porque elevar la mascarilla al grado de un enemigo a quien derrotar es como aquello de tirar un pedo en un velatorio y echarle la culpa al muerto.

A su sombra, y a la de otros muchos, crecen todos aquellos que convierten su paranoia en cruzada, que se sienten por un tiempo caudillos defensores de las libertades y derechos de los ciudadanos, que no son otras que morirse negando al virus y a la mascarilla como defensa y protección.

Está claro que el móvil de su cruzada está a la altura de sus enfermizas mentes, porque elevar la mascarilla al grado de un enemigo a quien derrotar es como aquello de tirar un pedo en un velatorio y echarle la culpa al muerto.

Y lo peor es que, de pronto, vemos que brotan por todas partes como cardos borriqueros, solo que estos virtuosos se buscan y se asocian para parecer más y hacer más ruido, a ver si así consiguen más adeptos a la causa.

Lo peor es que utilizan la libertad como la palabra mágica que siempre enarboló todo caudillo. Es la palabra preferida de los dictadores, de los gobiernos que están al servicio de los poderosos, de las iglesias, de los terroristas.
Todos sueñan con ser “libertadores”, pero su tiranía sobre los que no piensan como ellos les define y les coloca en donde se merecen, o sea, enfermos mentales.

La mascarilla no tapa los ojos, las ventanas de lo auténtico, de lo que en verdad eres. Cuando los ojos transmiten tu alma, las palabras se quitan de en medio. No hacen falta.

Libertad es una palabra que tiene “gancho” y que estimula hasta al más tonto, pero si les preguntas por su significado os contestarán con “… es que con la mascarilla me siento como un zombi, no me siento libre”. O sea, que un trozo de tela tiene el potencial para esclavizarte. Eso quiere decir que muy poca cosa eres, sobre todo porque el “asiento” de la libertad, su punto de partida, radica en la mente, no en la nariz o en la boca.

Además, la mascarilla no tapa los ojos, las ventanas de lo auténtico, de lo que en verdad eres. Cuando los ojos transmiten tu alma, las palabras se quitan de en medio. No hacen falta.

Por eso, las palabras que escuchamos de los “negacionistas” -seguro que acaban convirtiéndose en partido político- son como excrementos, desechos de unas digestiones complicadas, porque se alimentaron con todo aquello que es la antítesis de la unidad, del respeto, del dolor de los que sufren, de todo aquello que nos diferencia como humanos.

Si no fuera porque muchos no lo comprenderían, porque no llegan a captar el sonido de la ironía, yo propondría que se construyera un monumento al virus, porque más allá del sufrimiento que está causando, está haciendo una gran labor social desenmascarando a los falsos, a los oportunistas, a los timadores, a la mala gente, en fin, que como la mala hierba surge en todos los rincones y solo necesita un poco de basura para crecer.

Como decía al principio, los “discursos” de estos adictos al absurdo, huelen como a pedo podre, porque tienen que ver con lo que se cuece en sus mentes.

Es muy sencillo…, “vive y deja vivir”, pero no vivas jodiéndole la vida a los que quieran vivir, porque en la amplitud y generosidad de la Vida cabemos todos, los listos y los tontos, y luego es la Vida la que decide quienes son los unos y quienes los otros.

Además, si están en contra de la mascarilla pues sencillamente que no se la pongan, pero, independientemente de que les sancionen, si se contagian que no acudan a nadie para que les cure, y si acuden que les pasen una oronda factura, así serán consecuentes con su sentido de la libertad y no harán uso de las medicinas que están al servicio de los pobres “incautos”, esclavos dominados por los poderosos.

Es muy sencillo…, “vive y deja vivir”, pero no vivas jodiéndole la vida a los que quieran vivir, porque en la amplitud y generosidad de la Vida cabemos todos, los listos y los tontos, y luego es la Vida la que decide quienes son los unos y quienes los otros.
Tu libertad es válida mientras no interfieras en la libertad de los demás.
Pero para entender eso es imprescindible pensar en los demás, respetar a los demás. Y esto no es algo que se prodigue mucho. Hay demasiado “ego” exaltado.

Vivimos tiempos oscuros, y en la oscuridad salen de sus escondites las peores sabandijas. La luz les molesta, tal vez porque les hace demasiado visibles.

Pero en esta ocasión es así para hacer limpieza, para separar lo que sirve para el futuro y lo que no. Es un examen de final de ciclo.

Está escrito… “por sus actos los conoceréis”.
Queda mucho por ver, pero hay que tener la mente limpia, sino solo verás un reflejo de tu propia mierda.

Ánimo y suerte.

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