El trabajo autotélico

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“Bendito es quien ha encontrado su trabajo; no le dejemos pedir ninguna otra bendición”
(Thomas Carlyle)

Les decía ayer, como le gustaba decir a Fray Luis de León en el inicio de sus clases, aunque ese ayer no fuera tal, que las investigaciones llevadas a cabo por Fausto Massini y colaboradores en diversos países del mundo habían puesto de manifiesto que el trabajador era más feliz trabajando que en su tiempo libre, aunque él no lo sabía.

Y, también desde ese ayer, les decía que tal realidad solo se comprende desde el conocimiento de los estados de Flujo.

Un estado de Flujo es una experiencia óptima en la que la actividad que nos ocupa se convierte en algo intrínsecamente gratificante porque nos permite poner en funcionamiento nuestras capacidades y fortalezas en relación con los retos que la actividad exige y es que, la insatisfacción en el trabajo es producida por la falta de variedad y desafíos.

Cabe, entonces, preguntarse: ¿es el trabajo en sí mismo fuente, o no, de satisfacción/insatisfacción? ¿Depende del trabajador?

Es evidente que hay profesiones capaces de desencadenar estados de Flujo; son aquellas que retan a nuestro cerebro, que han de ser realizadas conforme a unas reglas, que ofrecen retroalimentación y alternativas de actuación. Es ese trabajo que nos place, que nos realiza. Ese trabajo denominado el “Elemento”.

Hay una figura muy importante y, por tanto, determinante a la hora del desempeño laboral, es el trabajador autotélico, referido a esa persona que es capaz de transformar un trabajo normal en un trabajo autotélico.

Pero no siempre es así; no todos los trabajos nos ofrecen “posibilidades”. ¿Cuál es, o puede ser, la actitud del trabajador?

Hay una figura muy importante y, por tanto, determinante a la hora del desempeño laboral, es el trabajador autotélico, referido a esa persona que es capaz de transformar un trabajo normal en un trabajo autotélico.

Los especialistas distinguen tres tipos de orientación laboral:

  • Un trabajo: actividad que la gente interpreta como un medio para conseguir otros fines, para vivir, en definitiva.
  • Una carrera: una inversión personal más profunda; determina los logros a través de la retribución económica y/o ascenso (más prestigio, más poder, más sueldo) y
  • Una vocación: un compromiso apasionado con el trabajo donde el trabajador considera que su labor es trascendental, que contribuye al bien general, que es satisfactorio por derecho propio al margen del dinero y ascensos.

Hecha esta clasificación es fácil deducir que el trabajo autotélico y el trabajador autotélico tiene que ver con esta última forma de entender el trabajo.

Hay profesiones que retan a nuestro cerebro, que ofrecen retroalimentación y alternativas de actuación. Es ese trabajo que nos place, que nos realiza… pero no siempre es así.

Y traigo, por ello, dos historias reales, historias de personalidad autotélica, de personas que trasformaron su profesión en una vocación.

El camarero autolélico:
Lo primero que se propuso este trabajador fue “ser el mejor” (reto, meta) y para ello decide involucrarse totalmente en su trabajo. Dice: “quiero que se hable de mí, de mi forma de hacer, de mi forma de entender la profesión, de mi forma de moverme, de meterme dentro de cada objeto que toco y utilizo” (la cafetera, la plancha, la cocina… mis aliados, en definitiva). Cuando flaquea y necesita recordarse ese planteamiento tiene un recurso, escucha una canción que dice: “… soy una taza, una tetera, una cuchara y un cucharón, un plato hondo…”

Se apunta a cursos de la Asociación de Hostelería y lee libros de comunicación para relacionarse mejor con sus clientes.

Sigue el trabajo y las ideas de profesionales famosos y su comportamiento.

Cuida su presencia e imagen.

Asiste a clases de inglés porque quizá, algún día, pruebe suerte en el extranjero.

Le place preparar y sorprender con nuevos “pinchos” y el jefe y los clientes se muestran encantados.

Por las fiestas del pueblo y Navidades hace de su puño y letra tarjetas con mensajes positivos. Considera que una frase amable siempre viene bien porque suscita emociones positivas.

Decía Perico Chicote, uno de los grandes de la profesión, que los requisitos para ser un buen barman son los siguientes: Conocer los productos que se ofrecen, dominar idiomas, conocimientos de Psicología, esmerada educación, conversación fácil y amena, haber viajado mucho y ser discreto y reservado.

Pueden, en principio, parecer muchas exigencias, pero son esas “exigencias” los requerimientos capaces de transformar un trabajo normal, rutinario en un trabajo autotélico, en una vocación.

Pues es ese programa con el que cumple el trabajador del que estamos hablando.

El vendedor comprometido:
Érase un hombre sin trabajo que solicitó una plaza de mantenimiento en Microsoft. Pasó los exámenes correspondientes y llegó a la entrevista final donde le expusieron las condiciones, todo resultaba interesante pero le pidieron un e-mail y no tenía. El protocolo no permitía contratar a nadie sin ese requisito. No tuvo oportunidad.

El hombre necesitaba dinero para mantener a su familia así que pensó en la venta. Compró hortalizas, verduras, legumbres, frutas, pan, etc. y cargó su furgoneta. Se dirigió a las afueras de la ciudad, a las aldeas, allí donde no hay supermercados y pocas tiendas (o quedan lejos), donde hay gente mayor…

Cuenta que comenzó utilizando el socorrido recurso de la lástima y decía cosas como esta: “Si me compra un kilo de naranjas está contribuyendo a que pueda dar de comer a mis hijos”.

Y el vendedor siguió su proyecto, siguió su camino, su evolución. Leía libros de comunicación para mejor relacionarse con los enfermos, con la gente mayor, con los jóvenes, con los solitarios.

Su libro de cabecera: “El vendedor más grande del mundo” de Og Mandino. Sin duda un libro necesario, un catecismo para cualquiera que se dedique a la venta, en la forma que sea.

Poco a poco se fue convenciendo acerca de la trascendencia de su trabajo, su asistencia a las necesidades de los pueblos un tanto olvidados, de gentes con pocas posibilidades de desplazamiento. Con su asistencia tenían a su alcance los productos necesarios y hasta los caprichos que encargaban. Comenzó a sentirse útil y necesario.

Decidió dar un paso más, les dedicaría unos minutos diarios (alternativos) a aquellas personas que se encontraban solas, apartadas, desilusionadas. Por su cumpleaños siempre les hacía una postal de felicitación, con una frase personal y una piruleta pegada al sobre. Para endulzar la vida.

Y el trabajo bien hecho termina, en general, dando resultado. Con el tiempo hubo de contratar a dos personas, así que cuando fue a contratar un seguro y le pidieron el e-mail dijo que no tenía. El empleado de la aseguradora le dijo: “si una persona sin la ayuda de las nuevas tecnologías ha llegado a crear este negocio con un volumen sustancial no quiero ni imaginar si usted dispusiera de tales recursos”.

A lo que nuestro trabajador respondió: “sería un simple número en Microsoft”.

Y es así cómo un trabajo normal se puede convertir en un trabajo autotélico, en una vocación.

¡Vale la pena intentarlo!

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