Juventud e Imagen

El Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci
El Hombre de Vitruvio de Leonardo da Vinci
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“Con una buena imagen se puede vender una mala idea, pero con una mala imagen es imposible vender una buena idea”
(Patrycia Centeno)

Y es que la imagen dice mucho de una persona, la forma de caminar, de vestirse, de peinarse, de maquillarse; el aspecto global es, en definitiva, la tarjeta de presentación en función de la cual nos hacemos una primera impresión de la persona que está ante nosotros.

Oscar Wilde dijo: “Nunca hay una segunda oportunidad para causar una primera buena impresión”.

Y esa primera impresión comprobaremos con el paso del tiempo que se corresponde, en gran medida, con la realidad.

En general decimos que una persona correctamente vestida y arreglada denota equilibrio hacia las normas sociales, respeto a los demás y, yo añadiría, amor y respeto por sí mismo.

Por el contrario, una persona desaliñada invita a pensar que desprecia los convencionalismos sociales, que pertenece a grupos marginales o, simplemente, que siente desinterés y descuido por su propia persona y por su forma de relacionarse con el mundo.

Una persona correctamente vestida y arreglada denota equilibrio hacia las normas sociales, respeto a los demás y, yo añadiría, amor y respeto por sí mismo.

Otra presentación tiene que ver con las indumentarias extravagantes de algunos grupos, generalmente tribus urbanas (hipsters, punks, góticos, raperos, etc.) que pretenden llamar la atención de los demás, en un intento de diferenciarse, que no de distanciarse, aunque así lo manifiesten, porque en ese deseo de hacer más visible su filosofía el público se hace necesario.

El hombre se retrata psicológicamente a través de la forma en que va vestido y es a través de esta puesta en escena como será juzgado por los demás y así como la cara es el espejo del alma, el vestido es el espejo de lo que somos, de lo que querríamos ser o de lo que queremos aparentar.

La vestimenta no es un elemento puramente funcional sino la necesidad del individuo de marcar diferencias, tendencias, jerarquías, estatus o simples gustos personales.

Shopenhauer sostenía que lo que origina la diferencia en la suerte de los mortales puede reducirse a tres grupos fundamentales:

Lo que uno es, lo que uno tiene y lo que uno representa.

El hombre se retrata psicológicamente a través de la forma en que va vestido y es a través de esta puesta en escena como será juzgado por los demás.

Así que la vestimenta y los bienes de los que se hace ostentación tienen el poder de hacer parecer lo que uno quiere dar a entender, o sea, representar. Y una buena representación convence mejor, abre más puertas. Una persona con buena imagen es más creíble, entre otras ventajas. Estas son las conclusiones de investigaciones al respecto.

Así que llegados a este punto nos encontramos en disposición de plantearnos dos cuestiones, a saber:

  • ¿Cómo conviven imagen y defectos físicos?
  • ¿Cómo mantener una buena imagen a través del tiempo en este momento en que la juventud es un valor en alza?

Un defecto físico puede ser el origen de vergüenza, nerviosismo, aislamiento y sentimiento de inferioridad ya que en ocasiones la persona que lo padece ha sido, o es, objeto de burla. Se hace, por tanto, absolutamente necesario ocuparse de este sentimiento de inferioridad puesto que el origen del complejo es real, está presente y hay que convivir con él de forma amigable.

Pues, si así lo vemos, pongamos manos a la obra, a través del ejercicio de las siguientes pautas:

  • Circunscribir el defecto con exactitud. No por tener una nariz aguileña el resto de la cara ha de carecer atractivo; procede, por consiguiente, resaltar las propias cualidades físicas positivas con la finalidad de amortiguar el defecto; no se trata de negar su existencia pero sí de quitarle protagonismo. No hay nadie que no tenga “algos” que destacar.
  • Aprovechar todos los trucos estéticos. Conviene conocer qué tipo de ropa, zapatos, adornos y maquillajes están de nuestra parte. Algunos defectos son subsanables y, por tanto, cabe contemplar las distintas soluciones. La cirugía estética puede ser una de ellas.
  • No empeñarse en perseguir la perfección porque nunca se alcanza, incluso en las circunstancias más favorables.
  • Si el defecto gana terreno y se convierte en un complejo que, de alguna manera, condiciona nuestra libertad y satisfacción conviene acudir a un especialista.

“Hemos llegado a la edad en que la vida deja de brindarte cosas; ahora te las arrebata”
(Bruce Springsteen)

Por lo que respecta a la segunda cuestión planteada, la juventud, algo muy valorado en nuestra actual sociedad tal como apuntaba anteriormente, somos muchos los que querríamos detener el tiempo, o al menos, ralentizarlo. Ya lo dice la canción: “Reloj no marques las horas”.

El paso de los años nos va quitando algunas cosas. Bruce Springsteen lo expresó de la siguiente manera: “Hemos llegado a la edad en que la vida deja de brindarte cosas; ahora te las arrebata”.

Soy partidaria de reparar, en la medida de lo posible, todo aquello que sea reparable porque considero que la imagen es muy importante.

Y en ese “reparar” tenemos las siguientes pautas:

  • Aparecen las canas, sin prisa pero sin pausa, empeñadas en recordarnos el paso de los años, el declive de la juventud pero, afortunadamente, tenemos el “santo remedio”, el tinte; están pero no les damos oportunidad. No se trata de teñirse para un evento, un viaje o una fiesta, se trata de una pauta continuada, que no asomen las raíces.
  • Perdemos agilidad, pero no debemos perder el movimiento. Tengamos como referencia la frase de Martin Luther King: “Si no puedes volar corre, si no puedes correr camina, si no puedes caminar gatea. Pero hagas lo que hagas sigue avanzando hacia adelante. Queda prohibido arrastrar los pies, ni siquiera en casa porque luego se lleva a la calle”.
  • El rostro pierde elasticidad por lo que debe ser nutrido e hidratado convenientemente. No son necesarias cremas caras; cualquier hidronutritiva que nos siente bien ofrecerá resultados. Concedamos especial atención a nuestra boca que se hace muy sensible al paso de los años.
  • La jovialidad es el complemento; una actitud fundamental, debemos conservarla y si se ha perdido restablecerla. Es una fortaleza que contribuye a la felicidad.
  • Interioricemos esta frase, supone un gran consuelo. Un consuelo muy útil: “Para mí la vejez siempre es quince años mayor de lo que yo soy” (Bernard Baruch).

El genial Oscar Wilde dijo lo siguiente: “Haría cualquier cosa por recuperar la juventud… excepto hacer ejercicio o ser miembro útil de la comunidad”.

¿Lo diría en serio?

¡Vaya usted a saber!

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