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martes 23, abril 2024

Manuel Paz, la calidad humana de la música

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Manuel Paz es conocido en Asturias por dirigir la Orquesta de Cámara de Siero, aunque él se considera profesor de música mucho antes que director. Optimista empedernido, ha logrado objetivos difícilmente imaginables para cualquier otro humano carente de su empuje y determinación y, lejos de cansarse, le falta tiempo para seguir con nuevos retos.

Este músico mierense, natural de Ujo, necesitaría días de cuarenta y ocho horas para abarcar todo lo que quiere hacer. Ya ha llevado la música a nada menos que 57 países, en ocasiones a través del proyecto de cooperación internacional Vínculos, llegando con la OCAS (Orquesta de Cámara de Siero) a lugares empobrecidos en los que nunca se soñaría disfrutar de música clásica en directo. También ha recorrido mundo con EntreQuatre, un cuarteto de cámara poco convencional que cumplirá cuarenta años en este 2024 y uno de los diferentes castillos en el aire que Paz ha sabido mantener con calidad musical pero también con calidad humana. Porque como él mismo asegura “he hecho una cosa bien en la vida, he sabido rodearme de gente interesante, empezando por mi mujer”.

-¿Cómo llega la música a tu vida?
-Ya sabes que nací en un bar de Ujo y de aquella en el bar se cantaba. Cuando llegaba un acordeonista eso era un acontecimiento, por malo que fuera; cuando llegaba uno a tocar, allí estaba yo pegado escuchándolo con unos siete años. Después, con ocho o nueve, hice un xilófono con las botellas del bar; las llenaba de agua a distintos niveles y recuerdo que más o menos aquello afinaba. Mis padres al verlo me propusieron aprender música con una monja, pero yo dije que “ni hablar”. ¡Mira que me gustaba la música! Pero en aquella época, ir a clase con una monja para mí era algo impensable y fueron incapaces de llevarme.
Luego con 17 años, cuando iba a COU, me quedaban las tardes libres y mi madre me animó a coger la guitarra de mi hermano e ir a clase para aprender a tocarla. Y así lo hice, con la misma monja con la que no había querido empezar antes. Yo quería tocar la guitarra sobre todo para ligar, pero de pronto apareció un mundo que me enganchó, cada vez fui metiéndome más.

“Con ocho o nueve años, hice un xilófono con las botellas del bar; las llenaba de agua a distintos niveles y recuerdo que más o menos aquello afinaba”

-Investigador, profesor, intérprete, luthier, director de orquesta, gestor… ¿Con cuál te sientes más tú?
-Soy profesor. A mí me llaman director de orquesta porque dirijo una de jóvenes, pero me gusta decir que no soy director, pero sí me considero profesor. Creo que es lo que mejor hago y me reporta mucha felicidad. Y es una responsabilidad enorme, porque como profesor de conservatorio llego a tener una complicidad enorme con los alumnos. Las clases son individuales y los críos entran al conservatorio con ocho años y salen con dieciocho, así que te implicas en cosas que no tienen que ver con la música porque hay confianza. Mi trabajo, aparte de dar clase y enseñar un instrumento, es empatizar con ellos y que me vean como si tuviera su misma edad.
Evidentemente en mi nómina figura que doy clases de música, pero como en todos los ámbitos de la enseñanza, la parte humana es absolutamente fundamental. Cada persona es un mundo, y mi trabajo consiste en entrar en ese mundo y tratar de desentrañar muchas cosas que a veces tienen poco que ver con la música. Y después resulta que los éxitos musicales llegan, y estoy muy orgulloso de haber sido profesor de superprofesionales de la música. Me atrevería a decir que siempre llegas a esos resultados porque has activado determinados recursos emocionales que son humanos y que nada tienen que ver con un pentagrama.

-¿Qué aporta la música a alguien que se está formando?
-Desde un punto de vista puramente técnico, en la parte puramente cerebral, cognitiva y experimental hay estudios que demuestran que estudiar música facilita la comprensión matemática y el aprendizaje de los idiomas, y eso lo tengo comprobado. La cuestión matemática es muy sencilla, porque algo tan abstracto como las matemáticas de pronto se materializa. A la hora de medir un pentagrama ya estás dividiendo en partes exactas y ahí se racionaliza de forma casi involuntaria una cuestión puramente matemática. Respecto a los idiomas es porque desarrollas el oído, y eso es algo muy bueno que te permite captar los matices cuando estudias un idioma. Si educas el oído para la música, lo educas para todo.
En la parte emocional y subjetiva, además de manejar un arte, facilita que cualquier persona encuentre un canal para las emociones propias o para las emociones que va a comunicar; es una herramienta de una eficacia increíble.
Y luego está el trabajo en conjunto, porque cuando se hace música en conjunto la capacidad que desarrollas es excepcional. Por ejemplo, en un coro o una orquesta en la que igual hay treinta personas, cuando el proyecto común está bien canalizado tiene una potencia descomunal. Esto lo puedo decir en primera persona.

“En mi nómina figura que doy clases de música, pero como en todos los ámbitos de la enseñanza, la parte humana es fundamental. Cada persona es un mundo, y mi trabajo consiste en entrar ahí y tratar de desentrañar muchas cosas que a veces tienen poco que ver con la música”

Actuación del cuarteto Entrequatre en el prestigioso Festival de la Primavera de Praga, con un aforo lleno de 1.070 personas
Actuación de EntreQuatre en el prestigioso Festival de la Primavera de Praga, con un aforo lleno de 1.070 personas / Foto: ©Pražské jaro / Zdenek Chrapek

-¿Cuándo empezaste como director de orquesta?
-Empecé en el Conservatorio del Nalón, en el año 93, con críos que tocaban lo que tocaban porque el Conservatorio estaba en una fase inicial y, aunque todo estaba empezando, llegamos a hacer cosas increíbles con aquella orquesta porque había una potencia humana descomunal. Cuando activas la parte humana hacia el lado positivo no sabes a dónde puedes llegar y fue increíble. Llegamos a estrenar obras de una dificultad enorme, y Giovanni Antonini, uno de los mejores directores de música antigua del mundo, vino a dirigir aquella orquesta y salió encantado diciendo “vaya chicos tienes aquí, ¡qué maravilla!”. Y quién nos iba a decir que también llegaríamos a tocar en la sede de Naciones Unidas de Nueva York.
La potencia que tiene el factor humano es increíble y la música facilita todo esto. También es verdad que hay que saber llevarlo, porque en el mundo hay demasiada gente que ha fracasado con la música, y eso es algo a revisar.

-¿Te prestan más los éxitos de tus alumnos que los propios?
-Disfruto igualmente los éxitos directos míos que los de la gente que estudió conmigo porque, por muy indirectos que parezcan, son extremadamente directos. Para mí corroboran toda una metodología propia que trata justamente de activar esa parte humana y así llevo años poniéndolo en práctica. Cuando veo sus éxitos me alegro doblemente, por mí y por ellos.

“La potencia que tiene el factor humano es increíble y la música facilita todo esto. También es verdad que hay que saber llevarlo, porque en el mundo hay demasiada gente que ha fracasado con la música, y eso es algo a revisar”

-Te hemos oído decir en varias ocasiones: “Donde llega la música, llega la dignidad”. ¿Qué significado tiene para ti esta frase?
-Esa frase tiene origen en un concierto que dimos en Nicaragua, en uno de los lugares socialmente más extremos que he conocido: el basurero de la Chureca en Managua, el más grande de toda Centroamérica. Es un sitio absolutamente impactante, a él llegan cientos de camiones cada día y hay un ejército de personas -algunas muy jóvenes- que según basculan la basura empiezan a separar con sus ganchos lo que no se separa en casa, son como una especie de fábrica de reciclaje al aire libre.
Los ves carretando bolsas inmensas llenas de botellas, metal, plásticos… la imagen es muy impactante. Toda esta gente vive en el barrio de Acahualinca y allí fuimos a tocar con la orquesta de Siero, pero cuando fuimos a ver el lugar surgió el debate de si tenía sentido ir a tocar allí porque ellos están a lo que están, a su trabajo en el basurero. Pero el razonamiento que hicimos fue que esta gente necesita dignidad y cuando llega la música, en cierto modo y de forma casi poética, llega la dignidad. Si los que pagan una entrada con años de antelación para ver el concierto de Año Nuevo en Viena tienen derecho a ese concierto, ¿por qué esta gente no puede asistir a uno? Y fuimos al pueblo de Acahualinca a dar el concierto, en un cruce de dos carreteras porque no había otro sitio donde poder tocar. Cuando venía un camión parábamos el concierto y luego seguíamos. Fue un momento absolutamente maravilloso, la gente nos lo agradeció mucho porque, por un momento, estaban disfrutando de aquella música que solo veían por televisión.

-Esta es una vivencia imposible de olvidar del proyecto Vínculos… ¿qué otras experiencias guardas con especial cuidado en tu memoria?
-¡Tendríamos para una revista completa! La de Nicaragua fue potente, pero otra muy fuerte ocurrió en Guatemala, en un colegio de Puente Belice que llevaba un jesuita absolutamente excepcional, Paco, y donde la ONG Seronda de Gijón desarrolla un proyecto. Allí fuimos a tocar para jóvenes que por la mañana estudiaban y por la tarde fabricaban tejanos que vendían a EEUU. Al darles un trabajo y tener su propio sueldo se evita que no entren en las maras. El concierto fue increíble, con chavalinos de entre 15 y 18 años que era la primera vez que escuchaban música clásica, y al terminar vinieron a hablar con toda la gente de la orquesta, porque además algunos componentes tenían su misma edad, había una sintonía y era una felicidad verlos a todos, fue otro momento mágico.

“El concierto que dimos en Acahualinca (Nicaragua) fue un tiempo absolutamente maravilloso, la gente nos lo agradeció mucho porque, por un momento, estaban disfrutando de aquella música que solo veían por televisión”

Proyecto de cooperación internacional Vínculos
Manuel Paz en Tuzla, Bosnia, en uno de los conciertos ofrecidos en el proyecto de cooperación internacional Vínculos

-Con todo lo que habréis pasado habréis tenido momentos difíciles para vuestra seguridad.
-Bueno, digamos que hay varios. Una vez se averió el barco en el lago Atitlán en Guatemala y en Marruecos dimos un concierto en la hamada (desierto de piedras) que está al lado de las dunas de Merzouga, un paisaje alucinante que limita con Argelia, pero el concierto lo dimos a 43 grados.

-¿Cómo regresáis de los proyectos de Vínculos? ¿Termináis agotados?
-Sí, pero en el lugar aguantamos lo que sea porque es tan intenso todo, tan emocionante, que haces lo que haya que hacer. Esa parte humana, cuando se activa, no hay quien la pare. En Nicaragua fuimos con la idea de hacer doce conciertos en veintiún días y, al final, entre grupos de cámara, un grupo de jazz que se formó y la propia orquesta, fueron cuarenta y tres conciertos.
En Marruecos hacíamos todos los viajes de noche, debido al estado de las carreteras los trayectos eran largos así que hacías el concierto de día, cenabas y luego ibas durmiendo en el autobús. Te ahorrabas una noche de hotel y llegabas al día siguiente para seguir tocando.

“Después de dar varios conciertos en Polonia, en campamentos de refugiados que huían de la guerra, nos fuimos a tocar a Leópolis la canción ucraniana que ganó Eurovisión: ‘Stefania’. (…) Superamos el millón de visualizaciones”

-La OCAS tiene una larga trayectoria, pero nunca se sabe por dónde puede llegar el éxito, ¿la interpretación orquestada de La Bilirrubina en el aeropuerto de la República Dominicana en 2016 fue un claro ejemplo?
-Sí, el vídeo iba muy bien, pero el éxito vino porque el propio Juan Luis Guerra alucinó con la versión que hicimos y lo colgó en su Facebook y fue el delirio, porque llegamos a 15 millones de visualizaciones. Pero quizá fue más sorprendente el flashmob de Zorba, el griego que hicimos en el aeropuerto de Creta, no esperábamos tanta repercusión. De aquella, estábamos con el Proyecto Vínculos 2013, las redes sociales todavía no existían y, de pronto, en Grecia el vídeo se hizo viral a lo loco y llegamos a un millón de visualizaciones en YouTube, que es mucho para una orquesta clásica. Esto nos sorprendió mucho, en el de La Bilirrubina, por decirlo de alguna manera, ya íbamos sobre seguro.
En verano de 2022 hicimos uno en Ucrania. Después de dar varios conciertos en Polonia, en campamentos de refugiados que huían de la guerra, nos fuimos a tocar a Leópolis la canción ucraniana que ganó Eurovisión: Stefania. Un periódico de allí fue a grabar lo que hacíamos, lo pusieron por su cuenta al día siguiente y superamos el millón de visualizaciones.

-Mencionas las dificultades, pero creo que el cartel de ‘no se puede’ no va mucho contigo.
-Que va, que va. Además, tengo una estrategia que, aunque no la he pensado previamente, en el día a día te surge, y es que primero la haces y luego la racionalizas y es la de poner castillos en el aire muy gordos. Y he visto algunos hechos que parecían imposibles.

“Soy extremadamente optimista, de hecho a veces procuro buscar en los equipos a gente que haga ese contrapeso, que al principio puede parecer incómodo, pero que también es necesario”

-¿Hasta dónde llega el poder del optimismo?
-Esto encaja con lo que te decía de activar la parte humana. Soy extremadamente optimista, de hecho, a veces procuro buscar en los equipos a gente que haga ese contrapeso, que al principio puede parecer incómodo, pero que también es necesario. Pero la realidad es que hay cosas muy grandes que eran ‘imposibles’ y luego las ves materializadas.
Por ejemplo, EntreQuatre es un ejemplo de un castillo muy gordo flotando en el aire, porque que un grupo de cámara -que es algo tan minoritario- cumpla cuarenta años tiene mucho mérito. Hay muy pocos grupos de música de cámara en España que hayan conseguido durar tanto y siendo además un cuarteto de guitarra, y no de cuerda, es el más difícil todavía.

-¿Eres de los que crees que la buena suerte hay que buscarla?
-Sí, eso sí. Un amigo mío siempre me dice: “tú tropiezas y siempre caes de pie”. Y creo que sí, no siendo supersticioso nací un martes y 13, pero esa parte de la buena estrella va también en el carácter. La vida me ha dado sustos, como perder un dedo, pero hay que saber caer de pie o tener esa predisposición para hacerlo, y a lo mejor esto te lo facilita el optimismo. Eso ya no lo sé.

“Hay muy pocos grupos de música de cámara en España que hayan conseguido durar tanto como EntreQuatre y siendo además un cuarteto de guitarra, y no de cuerda, es el más difícil todavía”

-Hace poco te otorgaron el premio Asturianos de Braveza por tu trayectoria profesional y humana, pero también por el arrojo que mostraste al perder el dedo meñique de tu mano izquierda y lo que viviste a continuación.
-Cuando me dieron el premio, que me encantó, ya dije que realmente el premio lo merecía mi madre que con ocho años vivió la Revolución de Octubre y se acordaba perfectamente del jaleo que hubo en mi casa, porque fueron a buscar a mi güelo y mi güela les dijo que de allí no salía. Después ella vivió la Guerra Civil, una posguerra, y en el año 41, con 13 o 14 años, en plena adolescencia y desarrollo pasó tanta hambre que cuando tuvo el primer hijo perdió todos los dientes. Yo nunca la vi sin dientes, pero sé que cuando estaba embarazada de mi hermano se imaginaba unas ciruelas que poder comer y se le llenaba la boca de agua… eso sí es braveza. Lo mío tiene sus cosas, pero tiene mucho menos mérito, porque también lo pasé muy bien en todo el proceso del dedo.

-Trabajando la madera pierdes un dedo que es fundamental para tocar la guitarra, y en un momento determinado se plantea la posibilidad de poner en su lugar un dedo del pie. ¿Cómo es posible disfrutar de una situación así?
-La amputación fue un momento absolutamente indescriptible. En el blog ‘Historia de un dedo’ cuento que, de pronto, la atmósfera pesaba los millones de toneladas que los científicos dicen que pesa. Pero una vez que pasa ese trance y que entro en el ámbito médico, como me encanta todo lo que tiene que ver con la ciencia, disfruté tanto que a veces llegué a pensar: “Si te dieran la posibilidad de dar marcha atrás y que no te llegara a pasar esto, ¿lo preferirías?” y la verdad es que dudaba porque me aportó tantas cosas… Ahora tengo conocidos y muy buenos amigos que me cuidaron, como Clara Martín, la cirujana que me atendió cuando llegué, o Daniel Camporro, el jefe de la unidad de Plástica del HUCA. Si esto no hubiera pasado, ahora no conocería a gente tan interesante. Disfruté mucho de todo el proceso, pude ver toda la maquinaria de la Sanidad Pública y darme cuenta del tesoro que tenemos. Al perder el dedo meñique podían haber hecho una cura estética de la mano y quedarme con cuatro dedos, como era lo habitual, pero como era un guitarrista se puso en marcha todo el engranaje para -en este caso- sacarme de un atolladero. Todo el proceso fue fascinante y estuve disfrutando con ello. Yo pedía que en la operación me hicieran la anestesia local porque quería verlo todo, pero me dijeron que eso no podía ser porque serían más de ocho horas.

“Al perder el dedo meñique podían haber hecho una cura estética de la mano y quedarme con cuatro dedos, como era lo habitual, pero como era un guitarrista se puso en marcha todo el engranaje para sacarme de un atolladero”

-Lo dices tan rápido que todo parece muy fácil.
-Aunque fuera objetivamente duro, fue un proceso maravilloso y no tengo ni el más mínimo recuerdo del dolor, todo lo contrario. En el proceso de recuperación, con una chavala de Mieres maravillosa, yo estaba encantado, aunque es verdad que aquello tiraba porque la mano estaba bloqueada totalmente. Me la abrieron en canal hasta la muñeca, al igual que al pie, y había que activarla.
Me daban un año para empezar a tocar la guitarra y a los seis meses ya estaba tocándola, y con un mes más ya podía dar un concierto, pero al final no salió. El dedo del pie no tiene extensores y hay que compensarlo con otros movimientos de muñeca, hay que reeducarse un poco, pero el cerebro es increíble. Es una máquina de procesar datos y circunstancias absolutamente maravillosa y con todo se aprende. Ahora hay gente que viene a los conciertos a ver si es verdad lo del dedo, porque no se lo creen.

-¿Sigues tocando la guitarra de siete cuerdas?
-Sí, esa es fundamental para EntreQuatre, porque una sola cuerda está afinada muy grave, casi tiene la tesitura de un contrabajo y le da un color al cuarteto del que no queremos prescindir. Si escuchas el último vídeo La vida breve, puedes hacerte una idea de lo que aporta esa séptima cuerda.

Entrequatre – La vida breve

-Ahora también estás ilusionado con tu último proyecto, Canteros del sonido. ¿Cuál es tu parte en él?
-Va un poco todo, soy el coordinador del proyecto pero también el paridor de la idea, aprovechando todo el relanzamiento del Camino de Santiago. La sociedad en general no conoce el patrimonio que tenemos de representaciones musicales en Asturias, de más de 50 instrumentos que encontramos labrados en piedra, algunos absolutamente fascinantes. Que vuelvan a sonar es un proceso muy bonito. A finales de los años 90, teníamos una asociación que se llamaba Aula de música antigua que fue con la que construimos instrumentos en el Conservatorio del Nalón, y ahora con el nombre de Amantigua la hemos retomado para recuperar instrumentos medievales.
Los canteros de la época, de hace 700 u 800 años, parece que intuyeran que esos instrumentos iban a desaparecer como en realidad lo hicieron, porque apenas se conservan solo cuatro o cinco de la Edad Media. De aquella, cuando no se usaban para tocar servían para alimentar el fuego. Y parece que presintieran eso y se dedicaron a labrar las formas de esos instrumentos, lo que ha sido fundamental para poder reconstruirlos ahora. Y como digo ahí: Las piedras son incapaces para el sonido, pero son muy fuertes frente al tiempo, y si pasaron de la madera a la piedra, ahora hay que hacer el camino al revés para que vuelvan a sonar los instrumentos.

“La sociedad en general no conoce el patrimonio que tenemos de representaciones musicales en Asturias. Encontramos más de 50 instrumentos labrados en piedra, algunos absolutamente fascinantes”

Manuel Paz, director de la Orquesta de Cámara de Siero (OCAS)

-¿Es difícil rescatar un instrumento del que solo conoces la forma y llegar a entender un poco el alma y poder extraerle su sonido?
-No se consigue en un día, pero en el equipo de gente que hay en Canteros del Sonido hay unos luthiers de primer orden. Por mencionar a alguno está Carlos González, que ha sido colaborador del Museo de la Música de París durante años y es uno de los luthiers de cuerda pulsada más prestigiosos del mundo. Fue mi profesor en este ámbito y es un investigador increíble, lleva años estudiando instrumentos medievales y, al igual que el resto, ahora tiene la tarea de desentrañar de un bloque de piedra un instrumento y sus tripas. El cantero llegaba hasta donde podía, no podía tallar por dentro el instrumento, así que ese proceso se puede lograr por el bagaje de investigación previa que tienen y luego ya van viendo la particularidad de cada instrumento, que la tienen.

-¿En qué fase se encuentra el proyecto Canteros del sonido?
-En este preciso instante estamos en conversaciones con el Ayuntamiento de Oviedo para abordar un proyecto porque la mitad de los instrumentos medievales representados en Asturias están en Oviedo. Hay varias piezas absolutamente excepcionales, pero especialmente el laúd de Lillo, del siglo IX, es una representación sin precedentes porque es prerrománica. Está inspirada en los Beatos de Liébana del siglo VIII y es una de las primeras representaciones del laúd en toda Europa, porque del siglo IX ya saltamos al XII.
También hay solicitada una ayuda al Principado de Asturias para tratar de recrear varios instrumentos que están dispersos por distintos puntos de Asturias. En Ujo apareció una rota increíble, la descubrió Fernando Oliva, un tipo que es fundamental en esto y que merece la pena mencionar. Hay unos 25 o 30 instrumentos, a ver hasta cuántos podemos recrear y luego está la rota de Arlós, que ya está hecha. Su elaboración ha sido un proceso maravilloso que ha servido para mostrar de lo que somos capaces todos, el equipo de Canteros del sonido y una administración, en este caso, el Ayuntamiento de Llanera.

-¿Veremos el fruto cuando podáis hacer conciertos con alguno de estos instrumentos?
-La idea es hacer conciertos, que suenen, que para eso se hacen, pero también se plantea algún tipo de exposición para que la gente los pueda ver. Mostraremos dos reproducciones hechas con técnicas en 3D de las que se encargará Fernando Oliva, una, tal cual está el instrumento ahora y, otra, recreando cómo estaría hace 700 u 800 años ya policromado, para que la gente se haga a la idea de cómo era en la época.

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