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sábado 15, junio 2024

Egipcios y alto rendimiento: Jeneret

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Fueron los precursores –por ahora y mientras los sumerios no demuestren lo contrario– de lo que hoy denominaríamos CAR o Centro de Alto Rendimiento, donde se concentraban los nobles para divertirse, entrenarse para la guerra y vivir un poco al margen de las pirámides, los calores o las crecidas beatíficas del Nilo.

Isaac Asimov (Los Egipcios. Al. Editorial. Madrid 2011. Pág. 41 y ss.) nos habla de la religión de los egipcios y, de una manera bastante pintoresca, nos informa que “probablemente” se originara en los viejos tiempos de caza, cuando su vida dependía de la suerte de abatir animalillos y que por eso hacían sus representaciones divinas con las cabezas de animales; tanto para que abundaran por magnanimidad del dios de turno o para que los susodichos y peligrosos animales se portaran bien.

Sin duda era la gente noble, los ricos de cuna y los tocados por el dedo de los dioses o de los faraones –que venían a ser lo mismo– y que además tenían mucho tiempo libre y pocos entretenimientos; gente bien que entretenían sus horas disparando el arco o lanzando la jabalina, se tiraban piedras como todos los muchachos, corrían unos detrás de otros, se bañaban en las riberas del Nilo y nadaban deprisa cuando algún cocodrilo ponía rumbo a ellos.

Con el transcurrir de los años fueron evolucionando hasta construir lo que dieron en llamar Jeneret que viene a significar “lugar cerrado donde se toca música o se lleva el ritmo”.

El resto de moradores ribereños, como tampoco estaban construyendo a diario monumentos colosales por todos los rincones –si es que el desierto tiene rincones– , es de suponer que sin televisión ni papiros al alcance de todos, pues se dieron en emular lo que hacían sus dioses faraones con su tiempo y esto no era otra cosa que practicar la caza y la pesca, las carreras rituales, prácticas de autodefensa y ataque con arcos y lanzas, juegos de pelota y cuando la climatología obligaba, algún que otro juego de mesa e interior.
Con el transcurrir de los años fueron evolucionando hasta construir lo que dieron en llamar Jeneret que viene a significar “lugar cerrado donde se toca música o se lleva el ritmo”. Era este un invento excluyente y diferenciador que se procuraron las clases dirigentes por y para perpetuarse. Un lugar cerrado fuera de palacio, pero en las inmediaciones, donde moraban la madre del faraón y las esposas de éste –principales y concubinas, todo un tropel de gente bien y guapa– con sus hijos: Centro de Alto Rendimiento Palacial. Un ejemplo es el complejo de Djoser en Saqqara.

Complejo funerario de Djoser, Saqqara

Sin duda ni temor a equivocarme, pienso que por los patios adyacentes correteaban los chiquillos y entre clase de religión o de estrategia, entre peleas y descansos, entre ritos y gozos, comenzaron a practicar sus habilidades y a competir entre ellos para saber y determinar su posición ante su padre y demás ralea. Lo que hoy llamamos deporte es una cuestión instintiva agazapada por la civilización y a la vez transformada para llegar al punto de no tener que descalabrarse en peleas inútiles cuando podemos establecer unos baremos o reglas admitidas por todos: Deporte, se llama.

En las inmediaciones de este primitivo CAR (pero no menos efectivo) desarrollarían sus funciones por este orden los sacerdotes y los médicos, la nobleza y los dirigentes del estado, los escribas y un poco más alejados en sus viviendas y lugares de influencia, los artesanos, los comerciantes y el ejército. En los campos circundantes, los campesinos y los siervos y en los confines, o donde podían y les dejaban, los pocos esclavos que los egipcios poseían, si es que tenemos en consideración que las guerras a este paraíso vinieron bastante tarde.

Esta gran civilización tenía consolidada la igualdad de hombre y mujer. Sería en el trascurso de los siglos que primero los asirios y luego griegos, romanos, cristianos y musulmanes, acabaran con ese apetecible estado social.

Esta gran civilización tenía consolidada la igualdad de hombre y mujer. Sería en el trascurso de los siglos que primero los asirios y luego griegos, romanos, cristianos y musulmanes, acabaran con ese apetecible estado social.
Pues bien, a pesar de ellos, en el Jeneret la jerarquía recaía sobre la “Primera Dama”, la venerable, mientras que las demás constituían el “Ornato Real”. El trabajo de las niñas, como su aprendizaje, iba dirigido a las “labores de su género” como diríamos en la actualidad: danza, tañer el arpa, el laúd o la flauta, elaboración de hermosos útiles de belleza y aseo y confección de vestidos. Se supone que las enseñarían a leer y escribir jeroglíficos. Estos complejos palaciegos, además de Centro de Alto Rendimiento, ejercieron mucha influencia en todo lo tocante al Estado y se constituyó en el “modelo del harén oriental” hoy en día muy desprestigiado por la moral victoriana –que le comparaba con el harén otomano– que tanto daño ha hecho y hace a nuestra sociedad.

Los niños españoles de mitad del siglo XX jugábamos a las mismas cosas que los niños de hace 5000 años en Egipto. Solo cambiaron los medios, pero no la esencia. Niños de la calle se decía y con juegos como las carreras, la pelota, saltos, las tabas o baños en los ríos. Cuando nos dejaban montábamos a caballo o fabricábamos arcos y flechas con varas de castaño.

Invención de la lucha y las artes marciales en África
El futuro faraón y los dirigentes criados a su alrededor tenían que ser los mejores y además parecerlo, para lo cual hasta uniformes de equipo habían establecido, árbitros y reglas.

En el Jeneret se perfeccionaría y entrenarían las cualidades para vencer en los deportes que vemos en muchas inscripciones y en muchos monumentos. Se practicaba con asiduidad la lucha libre, pesas, salto de longitud, natación, remo, tiro con arco, pesca, atletismo (aunque aún no se llamaba así).

El futuro faraón y los dirigentes criados a su alrededor tenían que ser los mejores y además parecerlo, para lo cual hasta uniformes de equipo habían establecido, árbitros y reglas. Y si los deportes eran individuales, los que accedían a la final recibían su premio, uno por ganar y otro por su espíritu de lucha ya que no había competición como entendemos ahora. Se trataba de mantener el cuerpo en forma

Jugaban con pelotas de fibra de papiro recubiertas de cuero, tanto a lo que hoy denominaríamos balonmano como jockey (con una rama de palmera); levantaban sacos de arena o piedras para ejercitar la fuerza. A los faraones, y es de suponer que a la clase dirigente también, les encantaba la caza de animales salvajes o casi, como leones, toros o hipopótamos (recordemos que el faraón Menes fue atrapado por un hipopótamo y o bien murió o le salvó un cocodrilo por ser un dios).

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