Un pacto por La Vega

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Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo. Aprovechar los recursos de la Asturias industrial
Gonzalo Olmos Fernández-Corugedo
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Una de las ventajas de la celebración, en las últimas semanas, de distintas actividades culturales en parte del recinto de la antigua fábrica de armas de La Vega, en Oviedo, es que muchos ovetenses que todavía no habíamos tenido ocasión de conocer de primera mano este espacio pudiéramos pasear por sus calles, curiosear y visitar muchas de las naves y edificios que, durante décadas, albergaron una histórica y puntera industria militar. Si bien en los últimos años se han ido repitiendo algunas iniciativas para dar a conocer el patrimonio arquitectónico e histórico que La Vega alberga, el carácter popular y gratuito de las celebraciones de La Noche Blanca y la riquísima programación cultural que la Fundación Princesa de Asturias residenció allí durante una semana, permitieron disfrutar, con tiempo y de manera masiva, de este lugar y, sobre todo, conocer e imaginar sus múltiples posibilidades. La Vega redescubierta por Oviedo, superado el halo de misterio que durante tanto tiempo parecía esconderse detrás del edificio almenado de recepción y del alambre de espino del perímetro, ha generado esperanza en su recuperación efectiva.

Es verdad que, sobre La Vega, llevamos años dando vueltas infructuosamente a distintas alternativas apenas esbozadas y la mezcla de indefinición y falta de resolución ahonda en el extendido escepticismo. Desde el cierre de la fábrica, en 2012, hemos visto poca acción, especulaciones de todo tipo y el tiempo y el abandono comenzando a hacer mella, como se aprecia a simple vista en los chalés que dan a La Tenderina, comidos por la maleza, de manera lamentable (casi punible, se diría).

No creo que los ovetenses vayamos, ahora que conocemos un poco más La Vega, a aceptar fácilmente el fracaso o el olvido, el deterioro de este lugar emblemático o la pérdida de una oportunidad de oro para nuestra ciudad

La falta de debate público, previo al cierre, sobre el destino de esta parcela, por adoptar una postura de resistencia numantina destinada a fracasar (estaba cantado que General Dynamics acabaría concentrando su actividad en Trubia) nos pilló, en ese momento, sin ninguna clase de proyecto, siquiera preliminar. La crisis económica y la falta de continuidad y estabilidad en los gobiernos del Estado también ayudaron a que los avances hayan sido manifiestamente insuficientes. En puridad, sólo el anterior gobierno municipal y la Cámara de Comercio de Oviedo han querido, en distintos momentos, adoptar una posición proactiva que arrastrase a los interlocutores cualificados a tomar posiciones sobre el asunto, con limitados resultados. Pero, a día de hoy, ni hay instrumentos de planeamiento urbanístico en redacción ni hay ninguna figura consorcial o al menos un grupo de trabajo sólido entre las Administraciones concernidas ni hay nada parecido a una planificación o un calendario para recuperar La Vega y abrirla a Oviedo.

Lo que ha cambiado, sin embargo, es la mirada de los ovetenses hacia La Vega, porque la toma de contacto ha roto la indiferencia que pudiese existir. Ojalá ello sirva para que la ciudadanía sea suficientemente exigente con los responsables públicos y que, en los próximos meses, se pase a una fase bien distinta. Es esencial que el Ayuntamiento de Oviedo haga sus deberes urbanísticos, que el Principado de Asturias adquiera conciencia de la incidencia supramunicipal de este enclave y que el Ministerio de Defensa tenga una postura generosa y comprometida con la ciudad, como la tuvo cuando en la década de los 80 contribuyó a recuperar terrenos valiosísimos en el Naranco o en lo que hoy es el Campus del Milán. Las expectativas puestas serán altas, si se respeta la vocación cultural que ya ha demostrado, se preserva su patrimonio (a mi juicio, debería rehabilitarse integralmente, destinándolo a otros usos) y se reserva una parte a fines productivos (a modo, por ejemplo, de la exitosa adaptación del INTRA, con la que se amplió la milla del conocimiento en Gijón), que buena falta hace un ecosistema favorable para empresas vinculadas al conocimiento, en una ciudad que ha descuidado durante mucho tiempo su agenda de desarrollo económico, dormida en la ventaja de su condición de capital administrativa y universitaria.

No creo que los ovetenses vayamos, ahora que conocemos un poco más La Vega, a aceptar fácilmente el fracaso o el olvido, el deterioro de este lugar emblemático o la pérdida de una oportunidad de oro para nuestra ciudad. Lo que demandamos es el liderazgo, la eficacia y la vocación de acuerdo que se requieren para poner en marcha un proyecto a la altura del valor de este espacio irrenunciable, que es también seña de identidad histórica de nuestra ciudad.

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