De los inicios, y esas cosas, en el deporte

"De los inicios, y esas cosas, en el deporte" / Fotos cedidas por Alejandro de Ancos
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Era por las fiestas del barrio cuando hicieron una carrera entre Ciaño y La Juécara –año sesenta puedo apostar sin temor a equivocarme mucho– con la meta en la plazoleta de la barriada, entre los pabellones dos y tres, donde se ponía el ferial que parecía inmenso y que con el paso del tiempo disminuyó de una forma increíble, por su menudencia; una raya en el suelo y dos chavalillos sosteniendo una cuerda que atraviesa “Bodón” con los ojos en blanco por el esfuerzo de subir aquella cuesta de casi un kilómetro seguido, desde el paso a nivel de Cuetos hasta el interior de la barriada obrera más grande de Langreo. Aquel chavalillo, Bodón, tuvo años más tarde un negocio de “baños y complementos” en la calle Eulalia Álvarez de La Felguera y se lo recordé un buen día.

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Todos y cada uno de los que de alguna manera hemos visto nuestra existencia ligada –más o menos– al deporte, todos, recordamos los inicios e incluso los motivos por los que nos iniciamos. Son estos hitos vitales que te hacen pensar y, a menudo, cambian tu vida. ¿Cómo era posible esforzarse tanto, hasta la extenuación? Incomprensible hasta que un día, en Luanco, sentí lo mismo y dejé de competir.

Jugando al fútbol en la calle

Vinieron semanas y meses y años, corriendo por un motivo u otro, porque los críos de pueblo corremos siempre, como si llegásemos tarde a todos los sitios; cuando nuestra madre toca a rebato en la hora de la comida mientras jugamos en la calle esquivando a los escasísimos coches que transitan, corriendo cuando llegamos tarde a cenar y el padre se pone serio…

Por el medio vinieron semanas y meses y años, corriendo por un motivo u otro, porque los críos de pueblo corremos siempre como si llegásemos tarde a todos los sitios; cuando nuestra madre toca a rebato en la hora de la comida mientras jugamos en la calle –con dos piedras como portería– esquivando a los escasísimos coches que transitan; corriendo cuando llegamos tarde a cenar y el padre se pone serio; corriendo al colegio porque castigan si llegas tarde; corriendo desde el colegio para exprimir el tiempo, para ir añadiendo “pequeños vicios” a la existencia. Siempre corremos. Y a veces también saltamos.

Un buen día un amigo: Samuel Baragaño, que lo sigue siendo medio siglo más tarde, me llevó a jugar al billar y claro, media hora más tarde había que volver corriendo a casa porque en dos horas entrábamos de nuevo a la “Academia” y mi madre no debía enterarse; casi tres kilómetros de ida y otros tantos a la vuelta. No sé si fue la adrenalina, la sobrecarga de los libros o el miedo, el infinito de las tres bolas o el verde del tapete, no lo sé, pero me enganchó de una manera hasta entonces increíble. Tres años irrepetibles de billar y carreras, a medio día y a la tarde ya que por las mañanas estaba la sala de billar cerrada. Fueron tres años de ocho kilómetros a la carrera y trescientos días al año; los otros sesenta y cinco lo fueron de correrías monte a través, interminables partidos de fútbol por escombreras y en prados de hierba más bien alta.

Salto de alturaPero con el tiempo –cuestión de estudios– pasamos del Frailín al Jerónimo González, al instituto de Sama, donde Fernando Montes impartía la clase de “ginasia” y le pregunté qué debía de hacer para practicar atletismo, para entrar al equipo de Sama y por añadidura al de la OJE, para poder correr de forma reglada. Y en ese momento cambió mi vida para siempre, y creo que para bien, con sobresaltos, con viajes, haciendo amigos, observando gentes nuevas de las que aprendí a “vivir” con el deporte como salud y como exceso también.

Las clases de “ginasia” en el Frailín eran otra cosa. Patio de baldosas para saltar plinto, para saltar altura también y sin colchoneta de caídas, una especie de aula/barracón para lanzar el peso (la bola, le llamábamos); para correr sesenta metros íbamos a la calle, en el puro centro de la ciudad y con suelo de gravilla muy adecuado para las caídas y las rodillas en sangre viva. Las clases eran otra cosa y muy escasas al año, las suficientes para entender cuatro reglas e ir a examinarnos al Jovellanos de Gijón, donde íbamos de “libre” y causábamos sensación; Gijón ya era una ciudad y sus chavales urbanitas y nosotros medio asilvestrados.

Las clases de “ginasia” en el Frailín eran otra cosa. Patio de baldosas para saltar plinto, para saltar altura también y sin colchoneta de caídas, una especie de aula/barracón para lanzar el peso; para correr sesenta metros íbamos a la calle, en el puro centro de la ciudad y con suelo de gravilla muy adecuado para las caídas y las rodillas en sangre viva.

En el instituto teníamos un pequeño gimnasio con barras paralelas, barra fija y canastas de baloncesto, con espalderas, con balones de todo tipo y unas “pesas” fabricadas con una barra y dos ruedas de vagoneta de la mina; por tener, teníamos hasta duchas con agua caliente –escasa, que siempre se gastaba pronto– para no llevar a casa el barro de la escombrera que se extendía entre el mismo instituto y el Puente de la Maquinilla.

Un par de veces al año –otro grande fallecido hace un año por estas fechas: Ireneo de Lucas– nos llevaban a “entrenar” al Espartal de Avilés; autocar renqueante y con aire acondicionado a manera de ventanillas imposibles de cerrar; asientos de skay, suelo de goma con agujeros y cánticos procaces. Aquello era una fiesta añadida, tanto por sus enseñanzas como por la salida en sí. Ireneo era nuestro ídolo y se las traía muy serias en los crosses con Mariano Haro.

Autocar antiguo

Un par de veces al año nos llevaban a “entrenar” al Espartal de Avilés; autocar renqueante y con aire acondicionado a manera de ventanillas imposibles de cerrar; asientos de skay, suelo de goma con agujeros y cánticos procaces.

Poco antes de Navidades pisábamos la pista del Cristo de las Cadenas, de ceniza, con un charco inmenso en la recta de cien por la calle seis; le faltaban, como adorno, unos patitos; pero fue la mejor de Asturias hasta que pusieron la de la Universidad Laboral de Gijón; nada que ver con la de Universidad de Oviedo que tenía una curva insufrible del doscientos. El Cristo era otra cosa, y dos veces por semana allá que nos íbamos en el mismo autocar de Coalla del Entrego o en el Zapico de Ciaño, sábados tarde y domingos por la mañana competíamos y llenábamos el estadio con críos de ambas Cuencas Mineras.

Después ya vino la Facultad y la mili y Toledo y muchas carreras y muchas ciudades y muchas personas, pero la imagen de “Bodón” pisando aquella raya en el suelo… jamás se me olvidará mi primer paso entre deporte y salud y entrenamientos agónicos y el tiempo como medida de nuestras cosas de atletas.

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