Elisa Beltrán, profesora. “Cada niño es especial y diferente, no podemos generalizar”

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Elisa Beltrán, profesora
Elisa Beltrán / Fotos cedidas por E. Beltrán
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La Plataforma EDUCA le otorgó el premio Educa Abanca por quedar entre las diez mejores en el ranking de profesores de Educación Primaria de España. Actualmente Elisa Beltrán es profesora en el Colegio Santa María del Naranco en Oviedo, donde aplica las cinco pautas que considera esenciales para el aprendizaje de un niño: creer en él, fomentar el aprendizaje desde el disfrute y la emoción, trabajar desde sus propios intereses, el uso de juegos digitales y nuevas tecnologías, y quererle mucho.

Hubo dos cosas que marcaron la infancia de esta profesora y que la reafirmaron en su deseo de dedicarse a la docencia. Cuando era pequeña sus padres se separaron y tanto su hermana como ella se quedaron al cargo de su padre y sus abuelos. Fueron años de cierta debilidad personal y de bastantes desajustes emocionales. A esto se sumó un cambio de colegio con el consiguiente retraso de un curso, al considerar la dirección del centro que su nivel no era el apropiado para continuar en el que le correspondía. Todo estaba cuesta arriba. Le asignaron a una tutora, Esther Bear, y esta fue la tabla de salvación tanto para ella como para su familia. “Ella cogió a una niña con muchas dificultades, con muy poca seguridad y fue sacando todo lo que tenía dentro -recuerda Elisa-. Todo desde el cariño, la cercanía y desde el comprender mi situación. Generó en mí la confianza que necesitaba para salir adelante”. Todos los años, cuando llegaba su cumple, Esther le regalaba un libro dedicado y Elisa recuerda uno con especial cariño. “Para dar protagonismo a los niños en el aula, ella los nombraba sus secretarios y les mandaba a hacer recados. Yo, en aquel primer año, no estaba muy suelta y en la dedicatoria del libro me puso: “para que leas mucho, te esfuerces y que el año que viene seas mi secretaria”. Esto lo recibes a los cinco años y te parece maravilloso. Todavía lo es leerlo ahora con cincuenta…”.

Cuando era adolescente, Elisa se dio cuenta de que su amiga Cristina era especial y con el objetivo de ayudarle, tanto a ella como a otras personas con capacidades diferentes, estudió Educación Especial.

La segunda llegó cuando ya vivían con sus abuelos. Su hermana y ella entablaron amistad con la hija de unos vecinos que vivían en la misma planta. Se llamaba Cristina. Compartían tardes de parque, meriendas y risas. Cris era su amiga y siempre la consideraron una niña más. Ya en la adolescencia, Elisa se dio cuenta de que su amiga era especial, tenía dificultades, había que ayudarla mucho y la gente que la rodeaba tenía que echarle una mano en cosas que, por sus capacidades diferentes, no podía hacer. Elisa quiso ayudar a Cris y a otros como ella a conseguir lo máximo en su vida y con este objetivo estudió la especialidad de Educación Especial.

-¿Cuánto estimula la confianza de un niño el decirle “tú puedes, tú vales” aunque, en ese momento, lo que aparentemente tienes delante sea todo lo contrario?
-Eso es la clave. Uno de los pilares básicos a la hora de afrontar la educación es que tenemos que creer a ciegas en los niños y muchas veces esto no se hace. El otro día leía un artículo que decía que los padres siguen exigiéndole a la enseñanza lo que a ellos les exigieron y eso es un gran error, porque tus hijos no son tú cuando eras pequeño. A los niños no se les escucha, se les da todo impuesto y ahí es donde llega el fracaso escolar. Si generalizamos y decimos que por ser de primero de primaria todos tienen que saber leer o escribir de determinada manera, nos estamos equivocando porque cada uno es diferente y especial. Cuando se acaba la etapa de infantil, tengo una entrevista con los padres y muchos me dicen: “Elisa, tiramos la toalla porque no podemos con él”. ¿Con cinco años no podemos con ese niño? A lo mejor, lo que estamos haciendo no es lo que necesita y no estoy hablando de darle caprichos o aceptar todo lo que él diga. Tenemos que buscar la manera de llegar a él y no aceptar que no podemos. ¿Qué pasa si todo el día le estás riñendo? Hay que darle la vuelta a la tortilla y buscar lo positivo.
Cuando entras por la puerta de clase ves al que está saltando, gritando o peleando, pero no ves al que está sentado leyendo. Es mucho más positivo entrar en la clase y decir: “¡Anda, qué bien! Hoy hay seis niños sentados leyendo”. Probablemente, al día siguiente, se sentarán más para ver si la profe se da cuenta. Pues esto mismo hay que hacerlo en casa: dejar de repetirles lo que hacen mal y ser capaces de valorar lo que están haciendo bien. La neurociencia nos lo está dejando claro, en muchas ocasiones los cerebros no están preparados y ya no hablo solo de temas curriculares, si no de cosas cotidianas que los padres se empeñan que hagan como vestirse solos, hacer la cama o atarse los cordones. A lo mejor un niño de dos o tres años no está preparado para eso y hay que respetar sus capacidades. Seguramente hay otras cosas que sí están a su alcance y las estamos ninguneando. El respeto al ritmo de los niños tiene que ser la base de la educación.

“Algo que me parece maravilloso y que siempre le digo a los papás es que usen el poder del “todavía”. No es lo mismo decirles que no saben calzarse o vestirse a decir que todavía no saben hacerlo, pero que están en el camino”

-¿Qué es mejor: enseñar bien las materias o saber encontrar lo que cada niño lleva dentro?
-Es buscar el potencial que tiene, sacarlo a la luz y encontrar lo que realmente le hace feliz. Parece que no tienen que venir contentos al colegio y es todo lo contrario. Si vienen felices porque saben que van a encontrar algo que les gusta, el aprendizaje va solo. Tenemos que partir de sus intereses y así creas un clima de aula afectivo, de tranquilidad, sin miedo, de aceptar el error. No hay que buscar cómo enseñarles las cosas porque ellos ya lo aprenden solos. Nosotros les planteamos retos, actividades o juegos para que sean capaces de utilizar esos conocimientos y aplicarlos. Así es como realmente aprenden. Si todos los días los pones a copiar cinco líneas, lo van a acabar odiando y no va a servir para nada, porque el niño no quiere hacerlo. Proponle que escriba un diario o un cuento, aunque al principio lo hagan mal. A través de esto ya le puedes dar un feedback para que él vaya mejorando, pero siempre desde algo que le interese. Eso no quiere decir que no los tengamos que guiar. Una cosa es guiar y otra cosa es obligarlos.

Elisa Beltrán con algunos de sus alumnos enseñándoles una tortuga.

“La esencia de niño no se puede perder nunca”

-¿Habría que enseñarles a pensar?
-Antes que enseñar a pensar, urge más la educación emocional; muchos no piensan porque están bloqueados emocionalmente. Hace unos cursos tenía a un alumno que no quería venir al colegio, y cuando le preguntaba por qué me decía que porque estaba mejor con su padre haciendo rutas por el monte. Él estaba pensando, lo que pasa es que en ese momento sentía una sensación de frustración por tener que estar en el colegio. Tenemos que enseñarles a disfrutar también del cole porque seamos capaces de hacerlo lo suficientemente atractivo. Si todo lo centramos en lo que él piense, siempre va a valorar lo que le interesa en ese momento. Tenemos que intentar reconducir ese pensamiento ofreciéndole una alternativa positiva y que le llene.

-¿Cómo conseguir que un niño quiera cuando no quiere?
-Cuando pasan de infantil a primaria muchos no están madurativamente preparados para leer. Hace tres cursos tuve a un niño que odiaba leer y, como tenía una labia alucinante, me daba todos los razonamientos posibles por los cuales él no quería hacerlo. Llegados a este punto yo le dije: “vale, pues no lo vamos a hacer”. La familia se sorprendió, pero les dije que se olvidasen del tema. Lo que hice fue generarle una necesidad: “¿quieres jugar a la Play? Sí. ¿Quién te la pone? Papá. ¿Cómo sabes a qué botones tienes que darle? Me lo dice papá.
Muy bien, pues a partir de ahora va a dejar de decírtelo”. Al principio me miró como diciendo que estaba loca. Después de trabajar en esta línea durante el primer trimestre, él se dio cuenta de que tenía que ponerse las pilas. Empezamos desde cero, pero como su cerebro ya estaba mucho más maduro, en cuanto entendió cómo era la estructura, en dos meses y medio, rompió a leer. El padre me decía: oye, que funciona. ¡Claro que sí! Para él leer “mi mamá me mima” no significaba nada, era un aburrimiento, pero generando una necesidad, se despertó el deseo de aprender.

“Lo que hay que transmitirles es que somos un equipo, que vamos a aprender y a hacer juntos una cosa super importante: equivocarnos. Es vital que fichen que desde el error se aprende”

-¿Todos merecemos nuestro espacio de oportunidad?
-Claro. Todos tienen su potencial y lo que hay que hacer es fijarse en lo que sí pueden hacer y no en lo que aún no hacen. Algo que me parece maravilloso y que siempre le digo a los papás es que usen el poder del “todavía”. No es lo mismo decirles que no saben calzarse o vestirse a decir que todavía no saben hacerlo, pero que están en el camino. Esa posibilidad de seguir aprendiendo es super importante. Que tengan esa sensación de que pueden, que tienen tiempo, que la vida no se acaba aquí. Es como cuando ponemos normas con el no por delante. Hay otra teoría que dice que cuando ponemos un no al inicio de una frase, estamos potenciándola. Cuando oyen eso de “no corras por el pasillo” pasan, porque hacerlo es lo que realmente les gusta y siempre van a hacer lo contrario a lo que se les dice. Quita ese no y ponles: caminamos tranquilos por el pasillo. Les estás dando la misma orden, pero desde el punto de vista positivo.

La profesora Elisa Beltrán con un grupo de alumnos disfrazados de Harry Potter

 

Tenemos que enseñarles a disfrutar también del cole porque seamos capaces de hacerlo lo suficientemente atractivo”

-El reconocimiento, la confianza o la positividad ¿son valores fundamentales?
-En todos los entornos tendría que ser así: en la familia, la sociedad, la escuela, el trabajo. Cuánta gente se machaca porque no sabe hacer algo a nivel laboral cuando el problema es que, muchas veces, le sueltan ahí y nadie le explica cómo tiene que hacer las cosas. Hay que pensar en la otra persona y en cómo se deben sentir esos niños que llegan el primer día a clase y se encuentran con un profe que les dice que no a todo. Es imposible que tengan ganas de volver. Lo que hay que transmitirles es que somos un equipo, que vamos a aprender y a hacer juntos una cosa super importante: equivocarnos. Es vital que fichen que desde el error se aprende. No hay que asustarse, hay que analizar qué pasó para hacerlo mejor la próxima vez. Lo mismo cuando se pelean. El planteamiento siempre tiene que ser: “¿cómo podría haber hecho yo para no pegarme con Fulanito?”

-Los padres tratan de inculcar a sus hijos lo que ellos han aprendido, ¿hay que estar dispuestos a dejarles descubrir por sí mismos y autodescubrirse?
-Muchas veces son papá y mamá los que les dicen que, como no se les daban bien las matemáticas, a ellos tampoco se les van a dar. Pero ¿por qué? Hay cantidad de estereotipos y de historias que se les transmiten a los niños y que los condicionan. Es como si dijesen que tienen que ser así y no hay posibilidad de cambio. Estos últimos años les estoy hablando mucho de que el cerebro es un músculo que podemos entrenar. Me gusta que sepan que una cosa que ahora no saben, si la practican y le cogen gusto, pueden aprenderla y ser capaces de hacerla. Siempre les digo que tal vez a su papá no le enseñaron bien cómo ser ordenado, pero que eso no quiere decir que ellos no lo puedan aprender. Eso se les queda muchísimo, además les pongo ejemplos gráficos como cuando eran bebés y no podían comer solos y ahora ya lo hacen.

“Cuando un día vas a presentar un contenido difícil y pones un muñequito de La Patrulla Canina, ya tienes la atención de los veinticinco. Después puedes explicar álgebra pura, pero ya te van a hacer caso”

La profesora Elisa Beltrán con dos de sus alumnos-¿Quién educa a los hijos, el miedo o los padres?
-En muchos casos es el miedo a que no cometan los errores que pudieron cometer ellos. ¿Cuántas cosas nos dijeron a nosotros cuando éramos jóvenes, adolescentes o incluso adultos y no hicimos caso? ¿Te das cuenta de que nadie te puede convencer de que hagas algo si tú no quieres hacerlo? Tenemos que orientarles, que sepan que estamos ahí en todos los aspectos y a todos los niveles. Pero no podemos transmitirles nuestros miedos ni las formas que usaron con nosotros y que no tuvieron éxito. Tenemos que, desde el cuidado, la protección y la confianza, intentar guiarlos, pero nunca desde el miedo. A veces es más interesante hablar, que conozcan la realidad y que algún día se lleven un susto. No pasa nada porque de ahí, siempre que sean cosas controladas, también se aprende. Lo tienen que vivir, así que toca tener confianza en ellos y hablar mucho.

-La adolescencia es una etapa complicada en la relación padres-hijos, ¿cuál es la clave para poder acompañarlos en este periodo?
-Hace poco aprendí otra cosa de la adolescencia. En esta época ellos empiezan a marcar una distancia y yo estaba preocupada por mi hija pequeña. Me preguntaba qué podía hacer, veía que se metía en su habitación, que no hablaba con nadie y un psicólogo que trata estos temas me dijo: “Elisa, en esta época, la mejor cercanía es una buena lejanía. Ahora mismo, ella necesita su espacio, que estés lejos, tener cerca a sus amigos, su tribu. Tiene que saber que tú estás ahí para lo que necesite, pero no tienes que estar metiéndote todo el día en qué hace, a dónde va y con quién está”. Muchas veces agobiamos mucho a los chiquillos y lo importante es que ellos sepan que van a poder recurrir a ti cuando necesiten algo. Que tengan libertad para crecer, equivocarse o experimentar.

“No concibo a un profesor que no se forme todos los años en algo diferente”

-A nivel personal y profesional, ¿hay que ir creciendo a medida que ellos lo hacen?
-Claro, esa es otra cosa importante. Hay que mirarlos, escucharlos y estar atentos a cómo están. Por ejemplo, hay que saber por qué hay niños que no quieren ir al cole. De acuerdo que pueden ser caprichitos o llamadas de atención, pero a veces es porque hay un grupo de compañeros que les está fastidiando, o no tienen buena relación con el profe, o no entienden lo que están haciendo. Yo tuve un niño que de pronto me empezó a contestar mal, faltó algunos días, no quería jugar, reñía con todos… Llegados a este punto, llamé a la familia porque entendía que algo debía estar pasando y resulta que el niño lo estaba pasando fatal porque su abuelo, que era una referencia para él, de la noche a la mañana le salió un tumor muy bestia y se estaba muriendo. Es vital verlos como personitas, con sus sentimientos y sus procesos internos. Tenemos que estar súper atentos porque muchas veces no se expresan con palabras, pero sí con actitudes y ahí también es vital la comunicación con la familia. No podemos seguir empeñándonos en poner normas y que las cumplan porque nosotros lo decimos. Entiendo que analizarlo es difícil porque a veces se cierran, pero hay que ir aprendiendo a convivir con ellos. Hay muy poca mirada de niño y mucha mirada de adulto.

-En todo este proceso, ¿es importante que tú como profesora conserves tu parte más niña?
-¡Por supuesto! La esencia de niño no se puede perder nunca. Si solo tienes conversación de adultos y todo lo suyo lo ves infantil, no vas a conectar a ningún nivel. Si eres un profesor rígido, de los que dicen que los niños al colegio tienen que ir a aprender y nada de pasárselo bien, pues lo tienes crudo porque con las generaciones que vienen no lo vas a conseguir. Tienes que ponerte en su piel, ser un niño más y si un día te tienes que tirar al suelo para jugar con ellos, hacerlo. A principio de curso siempre les mando un mensajito a las familias preguntándoles qué series de la tele les gustan, qué dibujos animados… Cuando un día vas a presentar un contenido difícil y pones un muñequito de la Patrulla Canina, ya tienes la atención de los veinticinco. Después puedes explicar álgebra pura, pero ya te van a hacer caso. No podemos estar alejados de la sociedad y de lo que viven. Tienen que ver que eres uno más.

“Somos los profesores y el sistema los que nos tenemos que adaptar porque no hay un patrón fijo para educarlos”

-¿Qué importancia tiene seguir su ritmo y no el que marca el sistema educativo?
-Seguir su ritmo es fundamental y una cosa que digo siempre es que el maestro, por mucho que le cueste, tiene que estar a la última. Aunque hay muchos, yo no concibo a un profesor que no se forme todos los años en algo diferente. Hay docentes que no saben manejar un ordenador o no saben nada de redes sociales y lo que pasa es que, cuando tú no estás seguro de alguna cosa, ellos te ganan. Ahí es donde surge la inseguridad del docente y tras ella la negación como, por ejemplo, el decir que los ordenadores son una pérdida de tiempo. Ahora es una pasada cómo los enganchas a través de los contenidos digitales. Esto genera unos aprendizajes alucinantes porque es la forma que ellos tienen de hacerlo. Desde mi punto de vista, la formación del profesorado debería ser anual y obligatoria. Tenemos que ir dándonos cuenta de que con la individualidad los niños aprenden muchísimo menos, somos sociales y esto es así desde las cavernas. Que un niño le explique algo a otro es maravilloso, además lo entienden mucho mejor que cuando se lo explicas tú. Mis alumnos están cansados de oírme decir que “el que copia no aprende”.

-A través de la docencia propicias cambios en los alumnos, pero ¿ellos también te van transformando a ti?
-Claro, pero solo si tú te dejas transformar. Yo no soy la persona que era hace quince años, he cambiado un montón. Si el profe no se adapta, lo primero es que no crece y lo segundo es que no está preparado para trabajar con esa aula. Siempre se dice que tienes treinta años de labor docente con un año de experiencia, porque lo que hiciste el primero lo repetiste todos los siguientes. También puede ser al revés, pero para eso tienes que haber hecho todo diferente en cada curso.
Otra realidad es que los niños que tú tuviste el año pasado no son los mismos que tienes este. Por ejemplo, los que tuve el último año, llegaron a primaria y no sabían ni un número ni una letra. Si hubiese seguido por lo que el libro me estaba mandando, probablemente hubiese tenido veinticinco fracasos escolares. Lo que tuve que hacer fue abandonar todo lo que venía en la programación y lo que había hecho hasta ese momento, cambiar la metodología completamente y, con permiso de la dirección, hacer una programación adaptada para que salieran adelante. Somos los profesores y el sistema los que nos tenemos que adaptar porque no hay un patrón fijo para educarlos. Claro que tiene que haber un método, pero tenemos que ser capaces de adaptarlo lo más posible para que aprendan. Al final, la culpa siempre la acaban teniendo ellos porque son unos vagos, no nos escuchan o no hacen los deberes. La cuestión es ¿qué estás haciendo tú para que ellos aprendan?


“Busco una educación que EMOCIONE y acerque la naturaleza al aula.
Busco una EDUCACIÓN que les acoja, les quiera y les mire con ojos de niños y niña.

Busco una EDUCACIÓN que enseñe desde la alegría. Busco una EDUCACIÓN que parta de sus intereses y los maestros y maestras sepamos transformarnos para llegar a ellos. Y si todo esto merece algún premio, el PREMIO es SIEMPRE DE ELLOS. Y por último, entendamos que ahora mismo nuestros alumnos y alumnas necesitan un maestro o maestra actual, innovador, cercano, que les escuche, les respete y viva en el HOY”.

Elisa Beltrán

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