Alfredo Ojanguren, profesor de Zoología en la Universidad de Oviedo. “Hay especies animales que no conviven bien con nosotros y tenemos que decidir”

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Alfredo Ojanguren, profesor de zoología en la Universidad de Oviedo
Foto cedida por A.Ojanguren
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No tiene pelos en la lengua y a veces sus palabras levantan ampollas. Sea como fuere, este profesor de zoología siempre invita a reflexionar sobre las amenazas de un planeta sobreexplotado y superpoblado.
El biólogo, miembro de la Asociación Geotrupes, es uno de los 11.000 científicos de 153 países que en 2019 recomendaron acciones urgentes para evitar una catástrofe global.

-El naturalista David Attenborough afirmó en alguna ocasión que la humanidad es una plaga para el planeta. ¿Cree que está acertado?
-A mí la palabra plaga no me gusta, pero -con tu permiso y dándole la vuelta a la pregunta- uno de los principales problemas que tiene el planeta, sino el principal, es que la población humana se ha multiplicado por tres en menos de un siglo. Estamos creciendo de manera exponencial, lo cual no pasa con otras especies naturales que tienen un mecanismo de regulación de la población. Si hay más gente necesitamos más recursos y para producir esos recursos se requiere más espacio para producir alimentos, energía… y desde ese punto de vista el número de personas que hay es muy importante.

Luego hay un pequeño matiz, y es que el consumo de energía o las emisiones per cápita varían según los diferentes países. En La India o Mozambique son menores que en España, y la diferencia crece todavía más con lugares como América o Australia.
Así que el problema es una combinación de dos cosas: el número de personas y el consumo energético que realizan. Y hay que tener en cuenta que una parte relativamente pequeña de la población global somos responsables de gran parte de las emisiones de carbono y con ello, de la destrucción de la naturaleza.

“No creo que una especie con nueve mil millones de individuos esté en riesgo de extinción, otra cosa es que haya un cambio muy importante de la forma en que vivimos”

-En su Facebook ha compartido una viñeta en la que un asteroide con forma de dinosaurio se dirige hacia la Tierra. ¿Es la humanidad ambas cosas, el asteroide que la amenaza y la especie a extinguir?
-No creo que una especie con nueve mil millones de individuos esté en riesgo de extinción, otra cosa es que haya un cambio muy importante de la forma en que vivimos. Dentro de cien años va a seguir habiendo humanos, pero ¿cómo vivirán? Si ya no sabemos cómo viviremos dentro de treinta…

La cuestión es que con nuestros modelos de consumo y con nuestros patrones de organización de las sociedades nos estamos cargando lo que sustenta nuestra vida, porque hay otras especies que pueden vivir bajo otras condiciones, pero los humanos no.

-Hay cosas anunciadas desde hace años como el deshielo de los polos o el aumento de una climatología adversa debido al cambio climático. ¿Los científicos os sentís como predicadores en el desierto?
-Sin duda. La primera publicación de advertencia de los científicos a la humanidad era del año 1968 y en ella ya se avisaba de que esto no iba bien. Aunque soy muy pesimista también creo que la sensibilidad respecto a estos temas está aumentando, pero es tarde. Tanto científicos como ecologistas nos enfrentamos a algo que es mucho más poderoso, y el respeto que se tiene a la información científica es muy bajo. Además de que nosotros somos muy malos comunicadores, tenemos enfrente a la industria del petróleo que dedica millones de euros a comunicación, a meter determinadas ideas (como por ejemplo, que no está claro el cambio climático) y con que solo se introduzca la duda ya basta para anular el trabajo que se hace. Hay muchos intereses ahí y si en algún momento un individuo con responsabilidades toma conciencia, el sistema lo reemplaza por otro.

-La dicotomía economía versus salud sale constantemente a la palestra.
-Yo ahí soy bastante duro con los economistas. De hecho, hace tiempo había escrito Se necesitan economistas porque en las contabilidades hay que considerar determinadas cuestiones que ellos normalmente no tienen en cuenta. Se habla estos días que ya hemos consumido todo lo que produce el planeta en un año y que de aquí a diciembre vamos a estar sobreconsumiendo, utilizando recursos por encima de lo que la Tierra puede renovar. Estos son datos importantes, porque no solo se trata de maximizar los beneficios de una empresa, deberían hacer otras cosas. Y aunque cada vez hay más, hacen falta economistas que sean capaces de incorporar esos costes.

Montañas de Catskill, Nueva York
Montañas de Catskill, Nueva York / Crédito: Adriana Malone

-¿En qué medida una visión diferente de la economía puede contribuir a cambios necesarios?
-Tenemos un ejemplo en la ciudad de Nueva York donde viven diez millones de personas aproximadamente. Cuando estás en Manhattan y abres el grifo, el agua que llega proviene de un embalse que está en las montañas de Catskill, y no necesita pasar por ninguna planta de filtración por el entorno en el que se encuentra.
Pero esto pudo ser diferente, porque hace cuarenta años la población empezó a crecer y en esa zona se empezaron a establecer explotaciones ganaderas y forestales; como consecuencia, el agua de esos reservorios empezó a bajar de calidad y el Ayuntamiento decidió solucionarlo mediante la construcción de unas plantas de tratamiento. No sé quién fue, llevo años tratando de averiguarlo, pero alguien echó cuentas de lo que iba a suponer económicamente construir y mantener en el tiempo esas depuradoras y con los resultados hizo un planteamiento: ¿qué pasa si compramos las montañas y hacemos un parque natural de forma que terminemos con la explotación ganadera y forestal? El coste de esta opción era ínfimo en comparación con la anterior y se creó ese parque. Ahora esos bosques, esos ecosistemas bien conservados, están proporcionando un rendimiento económico que es medible en millones de dólares.

-Casos como este ¿ponen de relieve la importancia de la comunicación?
-Es muy importante y también ser capaces de medir, de cuantificar. Hace aproximadamente diez años, el Gobierno Británico hizo un estudio sobre los beneficios económicos de los ecosistemas y había uno que decía que la gente que vivía en ciudades a menos de dos manzanas de un parque, o de una zona verde, gastaba doscientas libras menos al año en medicamentos que la que vivía a tres kilómetros de una zona verde. A pesar de que solo eran parques ofrecían beneficios directos además de los indirectos. Este tipo de cosas se empiezan a tener en cuenta ahora, y es importante comunicarlo con números.

“Que la gente se vaya de los pueblos y deje de explotar una zona, desde un punto de vista sentimental es malísimo, pero desde el punto de vista de la conservación, que es solo otro punto de vista, es buenísimo”

-En tiempos de pandemia, ¿un ecosistema bien conservado puede ser la mejor defensa?
-Pues sí, precisamente es uno de los servicios típicos de un ecosistema. Entre los servicios para las poblaciones humanas que aparecen en los libros de ecología se incluyen cosas como el agua, el aire limpio, zonas recreativas… y uno de ellos es la protección frente a enfermedades y pandemias. Por una parte, porque desde el momento en que destruyes determinados hábitats aumenta el riesgo de zoonosis debido al contacto entre humanos y animales. En un porcentaje altísimo de los casos, los patógenos de los animales no afectan a los humanos y hay muy pocas posibilidades de exponernos a un virus que, no siendo muy perjudicial para los animales, sí lo sea para los humanos como ocurre con el ébola, pero al final es una cuestión de comprar billetes de lotería. Cuantas más interacciones, cuanto más contacto haya entre humanos y determinados hábitats más boletos estas comprando, más posibilidades de que te toque.

-¿Qué debemos aprender de lo que se está viviendo este año a raíz del coronavirus?
-Esto es muy amplio, pero contestaré desde mi experiencia personal profesional. Yo doy clase en la Universidad y de repente, cuando se rompió todo, me vi en mi casa y que tenía que dar clase a 100 alumnos de biología evolutiva que no me habían visto nunca. Esto me llevó a interactuar mucho con ellos por chat y e-mail y pude comprobar que sacaron más beneficio de esa asignatura que si las clases fuesen presenciales. Los estudiantes tenían más tiempo y leían artículos, libros, etc. cuando antes no lo hacían. Mucha gente se puso las pilas para sacarle partido a la situación, hubo profesores que hicieron las cosas mejor que si hubieran estado en el aula, y lo mismo ocurrió en otros ámbitos. Para mí es una cuestión de voluntad, siempre se puede sacar algo positivo de las cosas.
Otros aprendizajes más generales sería que estaríamos mejor con una naturaleza mejor conservada, con más recursos para sanidad, investigación o educación, pero ¿se darán más recursos para esto? Lo dudo porque ya entran cuestiones ideológicas y políticas.

Alfredo Ojanguren, profesor de zoología en la Universidad de Oviedo
Alfredo Ojanguren / Foto cedida por cedida por A.Ojanguren

“Es fácil decir ‘qué pena los pueblos abandonados’, pero nunca es todo o nada. Si quieres que la gente se quede en los pueblos hay que invertir en ello, porque se necesitan cosas que son derechos”

-En el tema medioambiental y sanitario ¿ha sido un primer aviso de lo que puede suceder?
-Como decía, es una cuestión de comprar boletos de lotería y va a pasar más veces. ¿Podemos evitarlo? No, pero otra cosa es cómo nos enfrentemos a ello. Tener unos ecosistemas mejor conservados nos va ayudar, va a reducir las probabilidades, pero como conservacionista para mí los problemas principales son la súper población y el cambio climático. Los problemas que teníamos antes son los mismos que tenemos ahora.

-Usted fue uno de los científicos de todo el mundo que en 2019 suscribieron un manifiesto para hacer frente a la emergencia climática, y en el que planteaban medidas urgentes.
-Sí, a nivel mundial lo firmamos 11.000 científicos y en Asturias éramos 11. Una de las recomendaciones que hacíamos era dar un golpe de timón y dejar de medir las cosas en PIB. Tras las consecuencias que trajo la pandemia ahora se dibujan posibles escenarios de recuperación económica, que si en V, en W, en N… en todos ellos lo que se pretende es volver a una línea ascendente, a que siga creciendo el PIB. ¿De verdad lo necesitamos? En el sistema económico social global en el que estamos igual sí, pero a lo mejor es precisamente lo que tenemos que cambiar. Ahí está la raíz del problema, es insostenible con las cifras de población y los patrones sociales y de consumo que tenemos.

-¿Nuestros hábitos de consumo son los que no permiten un futuro halagüeño?
-Es complicado, tampoco puedes cargar toda la responsabilidad sobre el individuo por los patrones de consumo. Hay una parte que sí porque al final votas con tu tarjeta de crédito y según lo que compres estás apoyando o no a un modelo, pero son los de arriba los que tienen que cambiar las cosas. Tiene que ser una combinación de las dos partes, como individuos tener control sobre los hábitos de consumo y también pedir a la gente que toma decisiones que nos ayuden no incentivando determinados patrones insostenibles. De abajo a arriba y de arriba a abajo.

“Hablar de carbón en Asturias no es fácil. A nivel global nadie discute que hay que dejar de producir carbón, pero ¿qué hacemos con toda la gente que vive en las cuencas?”

-Ahora más que nunca ¿es el momento de pensar global y actuar local?
-Esa es una máxima del ecologismo, importante tanto para los individuos como para la gente con responsabilidad. No solo para dirigentes como Trump, también para el alcalde de un pueblo, porque si piensas global las cosas son diferentes. Pero no es fácil, por ejemplo, hablar de carbón en Asturias donde hay una contradicción. A nivel global nadie discute que hay que dejar de producir carbón, pero ¿qué hacemos con toda la gente que vive en las cuencas?

-¿Hay equilibrios complicados como el de ganaderos y lobos en Asturias?
-La mayoría de la población se indigna cuando los pescadores matan las focas porque les comen los salmones. Te indignas porque te pilla lejos, pero si esto ocurre cerca entonces cambia la cosa. De todas formas, hay conflictos que son mentira. Al Principado le interesa presentar la cuestión de los lobos como un problema entre ganaderos y ecologistas y eso es una trampa, porque ellos son los que tienen la responsabilidad y a los que pagamos nuestros impuestos para que lo gestionen. Son conflictos que son mentira y están alimentados por cuestiones locales cutres, por votos cutres también. Es evidente que mi voto al vivir en el centro de Asturias vale la mitad o un tercio que el de una persona que viva en Cangas del Narcea o en Cangas de Onís. Unos pocos votos más en el Occidente pueden decidir, por ejemplo, que haya un diputado más de una formación política o de otra, eso no pasa en el centro de Asturias.

Lobo
Foto: Marcel Langthim en Pixabay

“Los políticos se esfuerzan en hacer pistas para subir con el coche a los puertos, permiten carreras en zonas donde crían urogallos y venden que vas a poder cazar lobos porque todo esto es más barato que poner fibra óptica o dotar de medios a los institutos y a los centros de salud”

-¿Cuál es el origen de este tipo de discusiones?
-La memoria es corta, los políticos se hinchan hablando de los usos tradicionales en el medio rural, suena muy romántico, pero ya nadie quiere vivir como hace veinte o cuarenta años. No se puede volver atrás, y hay especies que no conviven bien con nosotros y tenemos que decidir. Si queremos autopistas, un tren de alta velocidad con la meseta, estaciones de esquí, carreras de montaña en espacios protegidos, turistas y hoteles rurales, ese nivel no es compatible con algunas especies, asumámoslo.
Aunque en Asturias sí, a nivel global, los osos, los urogallos y los lobos no están en peligro de extinción. Osos pardos hay muchísimos y Europa está llena de urogallos y de lobos, si no queremos convivir con estas especies porque queremos tener otras cosas digámoslo abiertamente, pero lo que es un engaño es quererlo todo.

-Un tema que preocupa en Asturias es el despoblamiento rural y la concentración en determinadas localidades ¿sería necesaria una redistribución?
-Esto está pasando a nivel global y obedece a ciertas razones sociales. Hay una concentración de población en las ciudades, y esto es un tsunami que no se puede parar. Desde un punto de vista sentimental es malísimo, pero desde el punto de vista de la conservación, que es solo otro punto de vista, es buenísimo que la gente se vaya y deje de explotar una zona. Pensando en global cómo queremos impactar en el planeta, las ciudades energéticamente son mejores, otra cosa es cómo se organicen. Si todos los asturianos viviésemos en una casa con huerta o jardín no cabríamos. Es algo que no se debate a fondo y es fácil decir qué pena los pueblos abandonados, pero nunca es todo o nada. Si quieres que la gente se quede en los pueblos hay que invertir en ello, porque se necesitan cosas que son derechos.

Los políticos se esfuerzan en hacer pistas para subir con el coche a los puertos, permiten carreras en zonas donde crían urogallos y venden que vas a poder cazar lobos porque todo esto es más barato que poner fibra óptica o dotar de medios a los institutos y a los centros de salud. Y esto es faltarle el respeto a la gente rural. Vete y promételes que sus hijos van a estudiar con las mismas oportunidades que un chaval de Oviedo o Avilés.

Reserva de la biosfera de Muniellos, en Cangas del Narcea
Reserva de la biosfera de Muniellos, en Cangas del Narcea / Foto: Javier Pérez

-¿Es una cuestión de voluntad política?
-El programa que hizo Calleja en Muniellos no me gustó nada, me pareció odioso por muchas razones, entre ellas por cómo se reían de la gente de los pueblos y por saltarse la normativa del Parque. Dicho esto, tuvo un punto muy interesante porque el objetivo era llevar la fibra al pueblo más abandonado, más alejado y lo hicieron. Si una productora de mierda es capaz en dos semanas de poner Internet en un pueblo remoto ¿qué no podría hacer el Principado? Si queremos mejorar la vida de la gente, hagamos algo de verdad.

-¿El envejecimiento de la población es otro quebradero de cabeza?
-Me trataron de loco por decir esto, pero las pirámides demográficas cambian. Si Asturias tiene una población muy envejecida, llegará un momento en que no será así porque los viejos van a morir, no se producen solos. Cuando decimos que Asturias tiene una población envejecida con una tasa de natalidad muy baja, en realidad eso es bueno, al menos a medio plazo. Si en Asturias viviéramos menos personas viviríamos mejor todos, la cuestión es quién va a pagar las pensiones, quién nos va a dar empleo, etc., esas son otras preguntas que nos vuelven a dirigir al PIB pero no son las importantes.
El reto demográfico, el envejecimiento o el despoblamiento rural no son problemas con los que haya que intentar luchar, o al menos no de la forma en que se está haciendo. Mejora la escuela y la sanidad en las villas en vez de dar un cheque a quienes tengan más hijos.

-¿En estos tiempos hay que ser un poco loco para tener la cabeza en su sitio?
-Siempre pasó. Yo no lo digo por mí, pero históricamente a muchas personas que eran capaces de ver cómo debíamos comportarnos ante un escenario futuro se las tachó de locos. Las cosas cambian, a veces muy rápido y otras veces más despacio. El ser humano tiene una tendencia a resistirse al cambio, al conservadurismo, pero los cambios llegan igual nos opongamos o no.
Es fácil que la sociedad llame loco a alguien que esté planteando cosas que luego se ve que son así, es parte del pensamiento colectivo. ¿Pero quién tenía la cabeza más en su sitio?

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