Carlos López-Otín. “No estamos diseñados para ser inmortales”

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Carlos López-Otín
Carlos López-Otín / Foto cedida por Carlos López-Otín
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En un remoto rincón del Pirineo aragonés, rodeado de una naturaleza desbordante, un día un joven cerró los ojos y se preguntó si sería posible entender los secretos de cuanto le rodeaba de aquel bonito paraje; necesitaba comprender el mundo, la vida. Desde entonces, el catedrático de Bioquímica y Biología Molecular de la Universidad de Oviedo, Carlos López-Otín no ha dejado de hacerse preguntas, de viajar con su imaginación al universo de lo minúsculo para encontrar respuestas. Hoy, este asturiano nacido en Aragón, se ha convertido en referencia internacional en la investigación del cáncer, el genoma y las enfermedades hereditarias.

Dice que el primer día de clase siempre le gusta recordar a sus alumnos lo afortunados que son al poder estudiar el arte más bello de cuantos existen: el de la vida, el de construir, modificar y entender la vida. Y si es necesario, repararla.

Está enamorado de la biología, pero también de la poesía, el arte, la música, el cine… por eso en su último libro, “El sueño del tiempo” (Paidós), mientras habla de la inmensidad del universo y la incomprensión humana ante el paso del tiempo, lo hace también de Borges, que para él tiene una de las más bellas definiciones: “Estar o no estar contigo es la medida de mi tiempo”.

Y así, combinando todas las artes, “ingredientes imprescindibles de la actividad científica”, este revolucionario dice que no estamos diseñados para ser inmortales pero que “podemos vivir más y mejor”, solo depende de nosotros.

"El sueño del tiempo",, libro de Carlos López-Otín
El sueño del tiempo / Foto cedida por Carlos López-Otín

-¿Cuánto hay en este libro de ti, de tu experiencia y cuánto del biólogo Guido Kroemer, coautor de este ensayo?
El sueño del tiempo es un libro imaginado hace varios años, pero escrito en París durante los meses en los que trabajé en el laboratorio de Guido, una de las personas más inteligentes que he conocido en toda mi vida. Más allá de las contribuciones concretas de cada uno a este libro, para mí, el verdadero valor de Guido en este contexto es que me ayudó a reconciliarme con la idea de que todavía es posible sentarse alrededor de una mesa y dejar que fluya la conversación en busca de respuestas para problemas muy complejos. Guido es un gran pensador.

-¿Qué te ha regalado El sueño del tiempo?
-Para mí, escribir es sinónimo de sentir. En este sentido, el libro me ha regalado ya muchos momentos del tiempo de Kairós, el tiempo de la oportunidad. He aprendido muchas cosas que después he compartido y ello me ha traído todo tipo de sorpresas emocionales. Entre ellas, la suerte de haber conocido a muchas personas que me han escuchado y me han escrito para contarme su propia visión del libro, o de su banda sonora, o de su galería de arte, o de su cartelera.

“’El sueño del tiempo’ en realidad es el elogio del tiempo, no es un libro de ideas complejas sobre cómo conseguir elixires de juventud”

-¿Cómo ha cambiado el Carlos López-Otín que escribió La Vida en cuatro letras, al que ha escrito El sueño del tiempo?
-Ha pasado un poco de tiempo de Kronos, el inexorable discurrir del tiempo lineal, y he envejecido pues la entropía no perdona y ha seguido acudiendo a su cita con mi anatomía y con la de todos. Pero, simultáneamente, he ganado tiempo circular de Aión, un tiempo de aceptación que nos ayuda a entender que la vida no es fácil para nadie y que, junto a momentos extraordinarios, surgen adversidades que parecen increíbles en su origen e insoportables en el daño que causan. Hay que recuperar fuerzas y afrontarlas. Mantener un buen ikigai, esa palabra japonesa que significa propósito vital, ayuda mucho.

-“Estamos en un momento de cambio de concepto del tiempo y de esta idea es donde surge el libro”, has comentado. ¿A qué te refieres concretamente cuando hablas de cambio del concepto tiempo?
-Desde hace unas décadas, los físicos nos han ido enseñando que el tiempo carece de muchas de las propiedades que se consideraban esenciales. Así, el tiempo cósmico, el tiempo del mundo, no es continuo, ni uniforme, ni absoluto, e incluso hay un límite llamado cronón o límite de Planck por debajo del cual el tiempo no puede ser medido y teóricamente deja de existir. Respecto al tiempo biológico, siempre se ha considerado que es imposible viajar atrás en la vida como hace Brad Pitt en la película El curioso caso de Benjamin Button. Sin embargo, hoy sabemos que mediante un cóctel de cuatro proteínas llamadas factores de Yamanaka se puede viajar atrás en el tiempo celular hasta recuperar un estado cuasi-embrionario y pleno de juventud molecular. Además, hay algunos seres vivos como la hidra vulgar o diversas medusas que son técnicamente inmortales. Todo esto nos ha hecho reconsiderar algunos postulados sobre el tiempo de la vida que siempre se habían tenido por inamovibles.

“El objetivo de todo este trabajo es la búsqueda de la salud para aquellos a los que la vida les muestra su peor cara en forma de enfermedades incurables incluso cuando su aventura biológica apenas ha comenzado”

-“Somos ignorantes de la vida, la infravaloramos. Tenemos un ejército de relojes dentro de nosotros y ni los cuidamos ni los ponemos en hora. La vida es una conversación entre relojes que llevamos dentro”. ¿Qué nos estamos perdiendo?
-Nos perdemos la oportunidad de disfrutar de una manera más natural de relacionarnos con el tiempo. Nos confundimos una y otra vez en los objetivos reales de nuestro paso por la vida.

-Muchas veces escuchamos la frase de que parece que nos faltan horas en el día para hacer todo lo que pretendemos y tú dices en el libro que dormir es sinónimo de vivir. ¿Cuál es tu explicación?
-Dormir es imprescindible para regular nuestros relojes biológicos, contribuye al cuidado de nuestro microbioma, favorece la renovación de los tejidos…, en suma, pocas actividades humanas conjugan tantos beneficios. En cualquier caso, cada uno debe intentar dormir como mínimo aquello que le resulta imprescindible para sentirse bien. No hay reglas fijas, depende de nuestros cronotipos, en mi caso unas pocas horas diarias son suficientes para descansar y de paso tratar de reducir el riesgo de desarrollar alguna de las muchas enfermedades del tiempo de las que se habla en el libro.

-“Cuando nacemos venimos con tres mil millones de latidos en el corazón para gastar, pero no llegamos hasta el final porque nos deterioramos antes”. ¿Qué comportamientos contribuyen a dañar esta maquinaria?
-Hay una parte inexorable, una biología a la que no podemos oponernos, al menos por ahora, pero deberíamos tratar de evitar lo que llamamos tóxicos contra la longevidad. Entre ellos se encuentran la obesidad, la malnutrición, la contaminación, el estrés, el sedentarismo y el descontrol de los ritmos biológicos.

Carlos López-Otín
Foto cedida por Carlos López-Otín

-Entendemos el tiempo cósmico, pero el tiempo biológico hay que aprender a pasarlo, sentirlo, perderlo, ganarlo, disfrutarlo, soñarlo, sufrirlo a veces y plantearnos si podemos llegar a dominarlo. ¿Cómo vive Carlos Lopez-Otin su tiempo?
-Como un regalo cotidiano, tratando de disfrutarlo al máximo sin obsesionarme nunca con ello. El sueño del tiempo en realidad es el elogio del tiempo, no es un libro de ideas complejas sobre cómo conseguir elixires de juventud derivados de los complicados experimentos sobre edición génica, reprogramación celular, desciframiento de genomas o trasplantes de microbiomas que llevamos a cabo en el laboratorio. El objetivo de todo este trabajo de casi cuatro décadas en mi caso es la búsqueda de la salud para aquellos a los que la vida les muestra su peor cara en forma de enfermedades incurables incluso cuando su aventura biológica apenas ha comenzado.

-La pandemia del Covid-19 ha frenado en cierta forma nuestro acelerado tiempo. Ha sido un parón en toda regla. ¿Cuáles crees que son las preguntas que nos deberíamos de formular como sociedad?
-Se me ocurren muchas, algunas son muy generales y se resumen en una: ¿para qué son necesarios tantos relojes cuando no se tiene tiempo? Otras son más particulares, aunque muy recurrentes en estos últimos años: ¿es preciso crear atmósferas de tanta violencia laboral y social? ¿Qué extraña satisfacción mental genera el daño del otro? ¿Merece la pena obsesionarse hasta lo patológico por intentar lograr ambiciones para las que no tenemos ni los mínimos talentos necesarios? Todas son sencillas preguntas, pero de indecisas o imposibles respuestas.

“La curiosidad es un gran elixir de sana longevidad”

-Por mucho que nos empeñemos en parar el reloj biológico a momento de ahora sigue su ciclo, no depende de nuestra voluntad. ¿De qué sí nos deberíamos de ocupar? ¿Qué favorece nuestra longevidad?
-Muy sencillo, evitar radicalmente los tóxicos de la longevidad de los que hemos hablado antes y progresar hacia todo aquello que nos regale serenidad y armonía. No es fácil cuando se tienen problemas serios o enfermedades graves, pero a todos nos van a llegar tarde o temprano, luego hay que preparar la mente para afrontar la adversidad.

-¿Qué sigue manteniendo viva tu curiosidad?
-Muchas cosas: la posibilidad de emocionarme con la vida cotidiana, el deseo de ayudar a mis discípulos a completar sus tesis doctorales, el interés por seguir educando en el asombro a mis alumnos, el afán de aprender cosas nuevas, revivir la sensación de descubrir, y, en suma, recordar que la curiosidad es un gran elixir de sana longevidad.

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