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domingo 14, julio 2024

Jaime Izquierdo Vallina: “El pasado nos tiene que inspirar para construir el futuro”

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Este experto en desarrollo rural, geólogo de formación y desde hace unos meses ex Comisionado para el Reto Demográfico del Principado de Asturias, acaba de reunir en un libro, De función pública (KRK ediciones), artículos escritos a lo largo de los últimos veinte años en distintos medios donde reivindica el papel de las comunidades campesinas en la conformación del campo y conservación del territorio.
“Las aldeas son células vivas en las que podemos descubrir nuestra capacidad de evolución como seres humanos. Necesitamos conectar con la tierra porque nos da otra dimensión de nosotros mismos”, asegura Jaime Izquierdo.

"De función pública" (KRK ediciones). Autor: Jaime Izquierdo Vallina

-Este libro, recopilación de historias reales, bien podría decirse que fue escrito ayer mismo. ¿Es que nada ha cambiado en estos veinte años?
-Lamentablemente los cambios son muy lentos y no los veremos nosotros. Hay una oportunidad de futuro y es volver sobre nuestros pasos, no en el sentido de ir al pasado sino de ver que como seres humanos hicimos cosas muy inteligentes con la inteligencia natural -no artificial- para adaptarnos al medio en el que estábamos y poder vivir allí. Y eso es algo de lo que podemos aprender. Como sociedad en este momento somos unos inadaptados, la prueba inequívoca es que no sabemos vivir en la biosfera y si no lo corregimos, acabará por rechazarnos. La Tierra se regula por sí misma, la cuestión no es salvar la Tierra, es salvarnos nosotros, y para hacerlo las referencias del pasado, del origen, de los campesinos, son muy importantes. Es un concepto que parte desde la prehistoria: hemos llegado hasta aquí gracias a la inteligencia natural.

-Comentas que las comunidades campesinas fueron las mejores y más completas escuelas de emprendedores. ¿En qué te basas para decir esto?
-Mira, eso lo comenté en una conversación con el ex lehendakari Juan José Ibarretxe, con quien me une una buena amistad, y me dijo que era cierto. Allí lo habían experimentado. Me dijo que cuando él se había planteado ser lehendakari lo quería ser tanto de los vascos que vivían allí como los que estaban en la diáspora y que cuando visitaba los distintos sitios, en uno y otro lugar, veía que el origen de muchas de las iniciativas que surgían estaba en el caserío, que era una auténtica escuela empresarial. Un niño en un caserío aprende desde bien pequeño: acompaña a su madre y abuela al mercado -visión comercial-, a su padre en la venta de ganado, aprende el valor de las cosas, sabe lo que es el trabajo porque colabora en tareas cotidianas como ir a por agua, a por leña, trabajos elementales que forman parte de la vida diaria; en pocas palabras, el caserío era una empresa. Cuando los niños con 14 o 15 años accedían a la formación y luego emigraban, con esas edades tenían todos los componentes a su favor para el emprendimiento, me decía Ibarretxe.

“Como seres humanos hicimos cosas muy inteligentes con la inteligencia natural -no artificial- para adaptarnos al medio en el que estábamos y poder vivir allí”

-¿Y aquí en Asturias?
-Recuerdo una anécdota que me contó uno que emigró con su familia de Cabrales a Burdeos. Su padre era pastor y eran seis hermanos. Cuando llegaron allí y su madre vio aquella llanura de tierra para cultivar no se lo creía, comparada con Cabrales donde es tan complicado cultivar. Aprovecharon todo aquello para trabajar y hoy es el presidente de la cooperativa de vinos de aquel lugar. Los campesinos son escuelas empresariales. En el campo o aprendes a buscarte la vida o estás perdido.

-“O manejas el medio rural y lo pones a tu favor para hacer una ciudad ‘agropolitana’, o se convertirá en una selva que amenazará a la ciudad”. Esto lamentablemente ya está ocurriendo en nuestras ciudades: incendios, la llegada de la fauna salvaje…
-Las ciudades medievales como Oviedo o Gijón se asentaban en los mejores campos para garantizar la producción de alimentos. El medio rural periurbano de Oviedo, por ejemplo, alimentó a la ciudad desde su fundación hasta la mitad del siglo pasado. Las ciudades tienen que volver a recuperar los sistemas agroalimentarios que tenían alrededor porque si no, como ya está sucediendo, van a tener problemas con la fauna salvaje -ocuparán ese espacio los jabalíes-, y con los incendios. Necesitamos un cinturón de seguridad en torno a las ciudades que al mismo tiempo sea productivo, y todo ello hay que diseñarlo. Es por tanto una política pública la que ha de aplicarse. En Francia este sistema funciona desde hace más de veinte años. En Avignon, por ejemplo, el 8% de los alimentos que se consumen en la ciudad provienen de la agricultura local. En los colegios se educa a los niños sobre la importancia de comer sano, productos de temporada y de la zona. Hay una conciencia alrededor de la centralidad del alimento, no sólo es recuperar el sistema agroalimentario local, es tomar conciencia sobre su impacto. Las ciudades del futuro están caminando en esta senda, pero en Asturias esto suena a chino todavía.

“En este momento como sociedad somos unos inadaptados, la prueba inequívoca es que no sabemos vivir en la biosfera y si no lo corregimos, acabará por rechazarnos”

-El campo ha sido siempre el que ha proporcionado alimento a las ciudades.
-Estoy intentando que alguien financie una investigación para saber qué comían en la ciudad de Oviedo en la antigüedad. Si se llega a hacer veríamos que hasta los años 50 la política de abastos, todos los alimentos y productores locales, se concentraban alrededor del Fontán. A partir de la llegada de los economatos de empresa, los Spar, las cosas cambian y todo eso se pierde. Lo que propongo no es ningún invento, es tener en cuenta la historia porque a partir de ahí se pueden arreglar muchos problemas. Es importante ese análisis que propongo para demostrar lo que estoy diciendo y a partir de ahí llega el turno de los políticos. Solo hay que ver lo bien que han gestionado este tema las pequeñas ciudades francesas.

-¿Cómo recuperar esa cultura campesina sin necesidad de anclarse al pasado?
-Hace un tiempo participé en una tertulia cuyo tema principal era: “Del pasado campesino, qué va para el futuro y qué va para el museo”. Da la sensación de que el pasado campesino va todo para el museo y no es así. Llegó la revolución industrial y se dice que nada de esto vale… ¡no estoy de acuerdo! La teoría de la economía circular la practican los pueblos desde siempre. Al final del ciclo agrario devolvían en forma de fertilización al suelo los componentes y nutrientes necesarios para que la tierra fuese productiva para el año siguiente; conservaban las variedades locales, mantenían el equilibrio con el ecosistema. Cuando hablo de viajar al pasado es para ver y entender cómo eran las cosas antes, cómo se gestionaban y ver qué podemos llevar al futuro. El Parador de Cangas de Onís era un monasterio en su día, se reconoció su valor, se actualizó el concepto y hoy se aprovecha para otros fines. La idea sería esta.

Huelga de agricultores

“Estamos inmersos en un galimatías que tiene que ver con el fin del modelo industrial. Las tractoradas son el síntoma de este descontento, nadie quiere ser agricultor en estas condiciones”

-Durante esta pandemia, los sistemas de agroalimentación funcionaron bien y los supermercados no quedaron desabastecidos. Hoy los agricultores están en la calle reclamando apoyo al modelo de agricultura familiar y flexibilización de la PAC. ¿Hemos perdido el norte en materia agrícola?
-La crisis de la agricultura es una crisis del modelo industrial. Estamos en un mundo globalizado y son los grandes operadores los que deciden qué alimentos llegan a nuestra mesa. No nos alimentamos de proximidad. El modelo agrario histórico de hace cuarenta años ha desaparecido y se ha sustituido por este modelo industrial. Algunos campesinos se pasaron del modelo histórico al industrial de producción, invirtieron en maquinaria y durante un tiempo amortizaron ese dinero y les fue bastante bien. ¿Qué ocurre ahora? Que el modelo está en manos de las grandes distribuidoras y gira todo en base al precio. Si pueden conseguir tomates a precio de ganga de un tercer país, pues lo traen y lo ofrecen a los supermercados, el consumidor lo come y el abastecimiento está garantizado. La cosa es preguntarse de dónde viene ese producto, qué costes ambientales tiene, qué controles ha pasado y cómo perjudica al pequeño productor de agricultura industrial familiar. Los agricultores denuncian que los costes de producción se elevan, las ventas al mercado bajan porque el distribuidor lo trae de otro sitio, y esto no tiene fácil solución. Estamos inmersos en un galimatías que tiene que ver con el fin del modelo industrial que nos trajo hasta aquí. Las tractoradas son el síntoma de este descontento, nadie quiere ser agricultor en estas condiciones.

-Son estas multinacionales las que deciden los alimentos que tenemos en la mayoría de nuestros frigoríficos…
-Sí, se denomina la comida Frankenstein. Estas multinacionales de la alimentación cogen productos primarios, los transforman, los elaboran y crean ultraprocesados que luego te ofrecen en los escaparates y tú compras. Ahora se cocina menos, no se guisa como la abuela, predomina la cocina rápida. Si queremos que los niños de ahora, que serán los padres del futuro, sigan vinculados a los sabores y saberes de la tierra, no podemos dejar su alimentación en manos de las multinacionales que cada vez nos hacen más dependientes de un tipo de productos poco saludables. Por eso es tan importante combatir esto con agriculturas locales y nacionales, reorganizar de nuevo el sistema para colocar al agricultor y profesional del campo en el centro del debate, pero lamentablemente estamos muy alejados de esto.

“Si queremos que los niños de ahora, que serán los padres del futuro, sigan vinculados a los sabores y saberes de la tierra, no podemos dejar su alimentación en manos de las multinacionales y los ultraprocesados”

-Del campo además de alimento nos llega conocimiento, algo que reivindicas en el libro porque dices que no se valora.
-Sí, el conocimiento ancestral del campesino se ha valorado de forma despectiva o incluso ignorado. Cuando empezamos a hacer legislación de conservación de la naturaleza, la denominamos espacios naturales y nos equivocamos, porque no eran espacios sino territorios de naturaleza campesina creados por ellos y gestionados de forma inteligente. Se sacó de la ecuación a la pequeña economía campesina, la cultura pegada a la tierra, una cultura que no estaba escrita pero que era esencial en la conservación del entorno. Solo se optó por proteger a las grandes especies salvajes, como el lobo. Este es el gran drama, la cultura campesina es fundamental para mantener el equilibrio del territorio y eso hay que recuperarlo. Por eso en el libro recojo un montón de información y conocimiento acumulado por la humanidad que hemos despreciado. El pasado nos tiene que inspirar para construir el futuro.

Jaime Izquierdo Vallina, experto en desarrollo rural, geólogo y ex Comisionado para el Reto Demográfico del Principado de Asturias
Foto cedida por J. Izdo. Vallina

-Dices que desde que se fueron los campesinos, la montaña no tiene alma. ¿Qué vínculo tenían ambos?
-Los paisajes campesinos cuando uno los percibe encuentra como una especie de equilibrio, de armonía. Es como cuando ves un jardín bien cuidado. Ese es el alma del territorio, es el campesino quien se lo da, quien lo convierte en un lugar apacible. En los bosques no quiere vivir nadie, la naturaleza salvaje está bien para verla en los documentales de La 2, no para habitarla.

-¿Por qué no han acabado de despegar los prototipos de aldeas del siglo XXI que se han puesto en marcha en Asturias?
-Aparte de mí, ¿qué partidos políticos, intelectuales, universidades están a favor de estos planteamientos? Estoy más solo que la una. No busco que me den la razón, quiero compartirla con los demás. Si esto que planteo no es compartido no avanzaremos como sociedad. Me costó muchísimo diseñar un prototipo de aldea para Asturias, explicar la idea y dar los primeros pasos, y nada más empezar apareció un partido político que pedía mi cabeza en el parlamento asturiano. Y eso que el proyecto no nos costaba un duro porque estaba financiado por el ministerio. Intentar hacer cosas diferentes en una región como la nuestra lleva asumir también que te van a atacar y eso que solo era un planteamiento. En Galicia tienen mucho interés por este tema, en Portugal también, hay focos donde ya está cuajando esta idea. Son iniciativas más de carácter ciudadano y cultural que institucional. Las ideas transformadoras están más en la sociedad que en los gobiernos.
El proyecto lo pusimos en marcha en Moal (Cangas del Narcea), Peón (Villaviciosa), Porrúa (Llanes) y Asiego (Cabrales), todos ellos han sido pueblos ejemplares, luego son valorados. Eso hace que no tire la toalla.

“En Asiego (Cabrales), los hermanos Niembro han puesto en marcha una interesante propuesta empresarial pensada para su territorio y en la que está involucrada toda la gente del pueblo. Cada sitio ha de trabajar con lo que tiene en su entorno como ocurría antaño”

-¿Existe esa aldea de futuro a día de hoy?
-Hay aproximaciones, sobre todo en Asiego. Allí ha sido esencial la iniciativa que pusieron en marcha dos emprendedores sociales, los hermanos Niembro que son geógrafos, pero sobre todo campesinos, oficio que aprendieron de mano de su abuela. Después de estudiar, regresaron a la aldea y empezaron a hacer negocio con los elementos que tenían alrededor. Aprovecharon el flujo turístico para explicar a los visitantes cómo funciona la aldea y luego darles a probar sus productos en una espicha. Así nació la Ruta del Queso y la Ruta de la Sidra. Hoy tienen su propia pumarada, venden sidra de elaboración propia, hacen y venden queso, han arreglado varias casas de turismo rural y tienen el mejor rebaño de oveja xalda de la zona. Han puesto en marcha una interesante propuesta empresarial pensada para su territorio y en la que está involucrada toda la gente del pueblo. Cada sitio ha de trabajar con lo que tiene en su entorno como ocurría antaño.

-¿Qué destacarías de tu trayectoria como Alto Comisionado para el Reto Demográfico?
-No sabría qué contestarte. El problema de la demografía es de tal magnitud que es imposible que en cuatro años puedas hacer algo significativo más allá de explicar que tenemos que volver a generar una economía local distinta para que sea factible vivir en los pueblos. Y para ello hay que generar un entorno atractivo y eso pasa por el hecho de que tengas energía gratis porque la estés produciendo, porque estés generando un valor añadido a través de la alimentación y del paisaje, que puedas vender productos de alta calidad, que aparezcan en los pueblos personas distintas: artistas, teletrabajadores, turistas. El turismo de aldea no se conceptualizó como elemento diferencial de la aldea del futuro, pero es en la aldea donde precisamente se están produciendo economías impensables. ¿Quién te iba a decir hace cincuenta años que alguien iría a una aldea a pasar sus vacaciones?

“¿Quién te iba a decir hace cincuenta años que alguien iría a una aldea a pasar sus vacaciones?”

-Trabajar a largo plazo supongo que te obliga a ser fiel a una idea y mantenerla por encima de los resultados.
-Claro. He dedicado mucho tiempo a buscar principios y a cimentarlos. En los 90 conformé el primer grupo de Desarrollo Rural en el Oriente, y llegaron los fondos Leader que nos ayudaron a financiar el turismo rural. Ahora la idea no es diversificar porque ya está, la clave es la innovación territorial en los términos que estamos planteando: generar economías locales complejas que manejen energía, sistemas de producción primarios y servicios. Y ahí nos va a ayudar la tecnología y la recuperación de sistemas culturales propios. Si conseguimos que una aldea haga esto, lo podremos replicar.

-Estás jubilado desde el pasado agosto, ¿echas de menos algo?
-No. Lo que da la jubilación es libertad para escribir, pensar, viajar, y tiempo para hacer un montón de cosas. Cuando estás en el Gobierno estás sometido a tensiones, no eres librepensador, tienes que seguir una serie de procedimientos que son muy sectoriales, verticales, donde es muy difícil introducir cambios.

“Asturias es una sociedad excesivamente inmovilista, tuvimos que esperar a que la UE cerrara las minas para que empezáramos a entender que el carbón no iba a ser el combustible del futuro”

-En los 90 ganaste el Premio Europeo a la Conservación que otorga la Fundación Británica para la Conservación, además de otros reconocimientos fuera de nuestras fronteras. ¿No tienes la sensación de que eres más reconocido fuera que dentro de Asturias?
-Sí, hay gente que tiene mucha curiosidad e interés por lo que planteo. Estoy encontrando a personas que piensan como yo, trabajan en la misma línea y con las que encuentro sintonía.
Cuando me presenté a ese galardón lo hice con la idea de que si ganaba y me reconocían internacionalmente podría trabajar en mi tierra defendiendo esa idea con más libertad. No fue así, y recuerdo que el presidente de la Fundación me decía que no se explicaba cómo las autoridades regionales no se hacían eco de mi estudio y lo ponían en marcha.
Asturias es una sociedad excesivamente inmovilista, tuvimos que esperar a que la UE cerrara en 2018 las minas para que empezáramos a entender que el carbón no iba a ser el combustible del futuro.
Siempre pongo como ejemplo la transformación de la margen izquierda de la ciudad de Bilbao. Cuando los vascos se dieron cuenta de que la industria siderúrgica y la minera que tenían en esa margen no iba a funcionar, la achatarraron y construyeron una ciudad de futuro. La consecuencia de esa valentía es ver cómo está Bilbao ahora y cómo estaba hace cuarenta años. Esa es la diferencia entre las regiones que son capaces de hacer análisis y dar pasos hacia la conquista del futuro y las que quedaron vinculadas a un pasado glorioso. En nuestro caso, nos podíamos haber adelantado.

-Hace un tiempo te definías como “alguien que escribe para intentar cambiar las cosas”. ¿Sigues con ese empeño?
-Probablemente mis ojos no verán lo que he trabajado. Yo ahora me aplico en mejorar mis planteamientos y transmitir mejor las ideas. En eso y en buscar los focos de transformación y cambio -que los hay-, personas divergentes que están trabajando en esta misma línea. Al final acabamos todos confluyendo.

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