José Luis Franco: “Las donaciones son el mayor acto de generosidad que se puede hacer”

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José Luis Franco
José Luis Franco / Fotos cedidas por J.L. Franco
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Gijón ha sido el lugar escogido este año para la celebración de los X Juegos Nacionales de Trasplantados que organiza la Asociación Trasplante y Vida de España. Del 28 de abril al 2 de mayo la ciudad acogerá este encuentro, que no solo persigue fines deportivos sino también dar visibilidad a la donación de órganos. José Luis Franco forma parte de la junta directiva de la Asociación.

Cuando hablas con él sorprende su energía. Es arrolladora. Habla sin parar como si dispusiese de poco tiempo para hacerlo, pero en realidad es porque le desbordan las ganas de vivir, de disfrutar, de dejar de lado cualquier sombra de negatividad. Hay un mensaje que se cuela en la conversación una y otra vez: pase lo que pase, lucha.

La vida de José Luis Franco no ha sido fácil. Desde pequeño en su casa se convivió con la enfermedad. Cuando su hermana mayor se puso mala en el año 75 los médicos no sabían lo que le pasaba. Viajaron con ella a Madrid, Barcelona, Londres… hasta que, cuando ya tenía nueve años, consiguen un diagnóstico: fibrosis quística, una enfermedad que, principalmente, provoca la acumulación de un moco espeso y pegajoso en los pulmones que impide respirar. En aquella época no había cura. “Tengo muy pocos recuerdos de estar jugando con mi hermana -comenta José Luis-. Yo llegaba del colegio, la iba a ver a su habitación y mi madre siempre me decía que le diese un besín, pero que no la molestase mucho porque estaba fatigada permanente”. Montse -que así se llamaba su hermana- fallece a los once años. “Para mis padres fue el palo más grande del mundo. Todavía hoy mi madre cuenta cosas que me ponen los pelos de punta”.

En la conversación con José Luis hay un mensaje que se cuela una y otra vez: pase lo que pase, lucha.

La vida continuó y José Luis pasó la infancia sin ningún problema físico. Colegio, actividades, familia… el día a día de un niño sano con pasión por los deportes. Con diecisiete años empieza a acumular catarros, bronquitis y problemas respiratorios; comienzan las pruebas y los resultados son demoledores: fibrosis quística. Llega el primer ingreso hospitalario de quince días, con un tratamiento intravenoso que obra maravillas, pero a las tres semanas todo vuelve a estar igual. Es en este momento cuando su padre se hace cargo de la Asociación Asturiana de Fibrosis Quística. A través de ella viajan a un congreso nacional en Bilbao donde conocen a una doctora del hospital de Valencia. “Nada más verme dijo a mi madre que tenía que ingresar ya porque estaba muy mal. Ella se quedó impactada y cuando se lo dijo a mi padre montó en cólera; consiguió convencerlo y me llevaron a Valencia para una valoración. Tenía que entrar urgentemente en lista de espera para un trasplante. Yo al principio me negaba, pero la realidad se impuso y a finales de mayo me incluyeron en lista de espera. Me trasplantaron el 21 de julio”.

Jose Luis Franco con sus padres
José Luis Franco con sus padres

-¿Qué recuerdos guardas del antes y el después del trasplante?
-Mi padre compró un piso frente al hospital. Te puedo asegurar que todas las farolas que había en el trayecto, que no eran más de cien metros, estaban limpias de irme apoyando en ellas. Usaba una mochila de oxígeno portátil -que pesaba dos kilos y medio- y me la llevaba mi madre porque yo no tenía fuerza. Después del trasplante estuve un mes en Valencia y mi madre y mi abuela estaban toda la semana conmigo, tenía que hacer treinta sesiones de rehabilitación respiratoria y, en teoría, cuando las superas, te dan el alta. Lo cierto es que lo mío fue muy rápido lo que pasa es que, conforme iba todo muy bien, llevamos otro palo gordísimo: a los pocos días mi padre, que iba y venía de Asturias cada fin de semana, se fue a trabajar y falleció al día siguiente de un infarto.
Recuerdo que a la semana de darme el alta, yo estaba en el hospital haciendo la rehabilitación respiratoria, mi padre se asomó por la puerta y me dijo “campeón, te veo de puta madre. Me voy para Asturias”. Yo le dije: “perfecto, papi. Llámanos cuando llegues”. Fue la última vez que lo vi.

“Evidentemente no es fácil, pero hay que vivir y poner todo de tu parte para hacerlo en condiciones, aceptando lo que te toca. Y siempre, por desgracia, habrá alguien que esté peor que tú”

-Supongo que tú estarías destrozado, pero ¿y tu madre?
-Yo tenía 24 años, llevaba un mes trasplantado y la gente estaba preocupada porque pensaba que yo también me podía ir. Pues con todo esto, tuve los santos cojones de venir a Asturias al funeral de mi padre. Estamos hablando del año 98. Entré en la iglesia exactamente igual que hoy tenemos que entrar en cualquier sitio, con mascarilla. Debía tener muchísimo cuidado porque cualquier infección me podía matar, pero te aseguro que la recuperación fue muy rápida porque llegó un momento en el que me di cuenta de que no podía seguir pensando en mí. Ver a mi madre era un dolor. ¿Cómo levantas a esa mujer? Hice de tripas corazón y salimos como pudimos. Además, tuve que hacerme cargo de la empresa de mi padre. Fue de locos.

-¿Cómo se aprende a resistir?
-Te haces una composición de lugar y piensas: la vida es una puta mierda. Sí, evidentemente no es fácil, pero hay que vivir y poner todo de tu parte para hacerlo en condiciones, aceptando lo que te toca. Y siempre, por desgracia, habrá alguien que esté peor que tú. Seguro que hay quien va a necesitar tu ayuda, con lo cual no vale de nada quejarse, ni agachar la cabeza. Puede que haya alguien que se fije en ti y se diga a sí mismo: si él puede ¿por qué yo no? Mi padre me decía: “de todo lo malo, siempre se tiene que sacar algo bueno”. Al final es la filosofía que te queda, buscar siempre lo positivo. Yo no decidí estar enfermo. No quise someterme a un trasplante con veinticuatro años, pero había que hacerlo porque si no me iba al hoyo. Hubiera preferido una juventud como la de todos mis amigos, pero no me tocó vivir eso, así que bregué con todo y actualmente soy la persona más feliz del mundo. Puede que un día no tengas ganas de levantarte porque no estés en condiciones, pero tienes que hacerlo. Llevo veintitrés años trasplantado, así que sé de lo que hablo.

“Mi padre me decía: ‘de todo lo malo, siempre se tiene que sacar algo bueno’. Al final es la filosofía que te queda, buscar siempre lo positivo”

-A nivel físico, ¿viviste alguna recaída tras el trasplante?
-Cuando llevas poco tiempo trasplantado, tienes todas las papeletas para que te pase algo y a mí me pasó a los diez años de la operación. Tuve que pasar seis meses en el hospital por un catarro mal curado. La hostia volvió a ser muy gorda, pero tienes que seguir. En ese momento la fuerza la sacas, única y exclusivamente, de lo que tienes al lado. Yo estaba en Valencia y tenía a mi hija de tres años en Asturias. Decidimos que mi mujer se quedase en casa con la niña y que mi madre estuviese conmigo en el hospital, como en la vez anterior. Yo hablaba con mi hija por teléfono y eso me daba ánimo para seguir. También es cierto que conocí a mucha gente que no tenía esa fuerza de voluntad ni una situación familiar como la mía, con lo cual se abandonaron y hoy ya no están aquí.

-Hay quien dice que la enfermedad tiende a volverte egoísta. ¿Qué papel jugaron los demás en todo tu proceso?
-Lo haces por ti, pero también porque te das cuenta del bienestar que generas a tu alrededor y de lo que influyes en los demás cuando te ven bien. Sé que tengo encima una espada de Damocles, pero he tomado la decisión de no preocuparme. No te puedes permitir el lujo de obsesionarte con tonterías porque si no, no vives. Lo único que vale es que, pase lo que pase, tengas la mentalidad de que puedes salir de ello. Lo malo es que solo te das cuenta de todo esto cuando te pasa algo como lo que me pasó a mí. Lo que te queda es levantarte cada mañana y saber que consigues vivir un día más.

“De pronto te ponen unos pulmones que funcionan perfectamente y cuando respiras sientes dolor porque tus costillas no están acostumbradas”

-¿Cómo es el primer día que respiras con unos pulmones nuevos?
-Mido 1,78 y ahora mismo peso 74 kilos. Entré en la mesa de operaciones pesando 43 kilos y con una capacidad pulmonar del 21%; cuando subía escaleras, en el tercer peldaño tenía que parar porque me ahogaba. De pronto te ponen unos pulmones que funcionan perfectamente y cuando respiras sientes dolor porque tus costillas no están acostumbradas. La primera vez que toses es como si te estuviesen clavando cientos de cuchillas. Un buen día, la fisioterapeuta te dice que vas a caminar y te das cuenta de que llegas al final del pasillo sin fatigarte. Después te lleva a subir escaleras y cuando vas a la mitad del tramo ves que la cosa funciona. Ahí es cuando llamas a tu familia, se lo cuentas y todo el mundo empieza a llorar. La sensación es brutal.

-¿En qué te ha ayudado el deporte?
-Lo practiqué toda la vida. Jugué al fútbol, hice artes marciales, pero lo único que no dejé y en lo que siempre me gustó competir fue en el tenis. Con seis años cogí una raqueta por primera vez y ya no la solté. No me importa levantarme a las tres de la mañana a ver un partido (cuando empezó el Open de Australia estuve desde la una de la mañana hasta las siete viendo tenis sin parar).
Por la situación derivada del trasplante, he vivido muchas veces momentos en los que no me encontraba bien físicamente y lo único que sabía que me ayudaba a recuperarme era quedar con un amigo en la pista y tirar unas bolas hasta que el cuerpo aguantase. Noto que el deporte no solo me ayuda a estar en las condiciones físicas que necesito por mi enfermedad, sino que también me relaja. Puedo estar jodido los diez primeros minutos, pero luego se me pasa y lo disfruto. El deporte te salva de todas las cosas. De la forma que tú quieras y en el nivel que puedas. Todo es válido.

José Luis Franco con Carlos Moyá, Juan Carlos Ferrero y Álex Corretja en los distintos partidos benéficos que organizó.
José Luis Franco con Carlos Moyá, Juan Carlos Ferrero y Álex Corretja en los distintos partidos benéficos que organizó.

-Has organizado varios torneos de tenis para fomentar la donación de órganos. ¿Qué mensaje te gustaría transmitir a través de estos encuentros?
-En el 2013 me traje a Juan Carlos Ferrero a jugar un partido benéfico y metí en un pabellón a 600 personas. Perdí 6-1 y no me enteré, pero fue uno de los mejores días de mi vida porque di a conocer que una persona trasplantada podía hacer deporte de alto nivel.
En el 2015 vino Carlos Moyá, lógicamente, también perdí, pero el mensaje fue el mismo. Me pasó lo mismo con Álex Corretja, con el que puedo decir que hoy me une una gran amistad. Hicimos un clinic con niños y ver cómo te miran cuando pelotean contigo ya te alegra el día. Con que uno solo de esos chavales entienda que hay una enfermedad que se llama fibrosis quística y que hay una forma de salvar vidas que es donando órganos, ya me doy por satisfecho.

“Con que solo un chaval entienda que hay una enfermedad que se llama fibrosis quística y que hay una forma de salvar vidas que es donando órganos, ya me doy por satisfecho”

-¿Cómo se están haciendo las cosas en España en relación con este tema?
-Estamos en un país que está a la cabeza en cuanto a donaciones, la Organización Nacional de Trasplantes (ONT) hace las cosas muy bien, pero que hay que conseguir hacerlas mucho mejor porque a día de hoy, por desgracia, todavía fallece gente esperando un trasplante. Se están dando pasos, pero queda mucho por hacer. Cada uno, personalmente y a su nivel, tiene que trabajar para que esto salga adelante, para divulgar la donación y de ahí el tema de los Juegos de Trasplantados de Gijón.

-Este año los Juegos Nacionales de Trasplantados se juegan por primera vez en Gijón. ¿Cómo llegas tú a hacerte cargo de su organización?
-Mi hermana tenía una compañera de clase que se llamaba Paula y años después leo en el periódico que a esta chica le habían hecho un trasplante hepático y que había ido a Japón para participar en unos campeonatos del mundo de trasplantados. Consigo su teléfono, hablo con ella y me pone en contacto con Mario Menéndez, que era una institución mundial en el mundo del deportista trasplantado. Murió con ochenta y pico años, pero con setenta lo veías correr y era de locos; fue un montón de veces campeón del mundo, de España y de Europa. Gracias a él, fui a mis primeros campeonatos del mundo en Canadá en 2005 y ahí conseguí mi primera medalla, luego en 2006 fui campeón de Europa y en el 2007 no participé en nada porque nació mi hija. En 2008 fue cuando estuve malo y no competí hasta el 2015. El año pasado, la junta directiva de la Asociación pensó que yo era una persona a tener en cuenta por las cosas que organizaba y ahí comencé.

“Si cuando me vaya puedo salvar seis o siete vidas, ¿qué más puedo esperar? Para mí es el mayor acto de generosidad que se puede hacer”

-¿Por qué se escogió Gijón para este encuentro?
-En un principio quería hacer los Juegos en Avilés porque soy de aquí, pero el año pasado, cuando entré en la junta directiva, un día me llamó el presidente, Vicente Granados, y me dijo que su mujer le había presentado a la alcaldesa de Gijón, le comentaron la idea de celebrar los juegos en la ciudad y ella dijo que adelante.
Actualmente estamos muy involucrados porque queremos hacer unos Juegos bonitos en recuerdo de Vicente, que falleció en diciembre. Queremos que la gente entienda que la donación salva y da una calidad de vida. Te puedo asegurar que, cuando acaban los Juegos, no nos reunimos y hacemos alarde de cuantas medallas consiguió cada uno. Se trata de que estamos todos juntos, de que hemos podido hacer deporte, que es lo que nos gusta, y de que la gente ha visto que los deportistas trasplantados tienen una segunda oportunidad gracias a la donación de órganos. Es una reunión para celebrar la vida.

-¿Se podría decir que uno de los objetivos también es normalizar la donación y darle visibilidad?
-Sí, es que realmente es lo que hay que hacer. Hay una imagen que si todo el mundo la pudiera ver, la mentalidad cambiaría. Es la de una madre que acaba de meter a su hijo en una mesa de operaciones y ve como por delante de ella pasa un señor con el órgano que le van a poner a su hijo. La imagen de esa madre pasa de ser desoladora a tener la mayor ilusión y fe del mundo. Al final, vayamos donde vayamos, creamos más o menos, los que cuentan son los que se quedan aquí. Si cuando me vaya puedo salvar seis o siete vidas, ¿qué más puedo esperar? Para mí es el mayor acto de generosidad que se puede hacer.

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