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martes 18, junio 2024

Una historia de miseria con final feliz

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Intenta que tu vida valga la pena y, si quieres acercarte a la felicidad, no pases de largo al lado de alguien que sufre.

Hace unos meses publiqué un artículo sobre las consecuencias de la miseria en República Democrática del Congo. En él contaba la historia de un niño que había encontrado en el último viaje que hice el pasado verano. El pequeño vivía en un poblado a unos setenta kilómetros de Kinshasa; un lugar de chozas de barro, en el que la pobreza asomaba por cada esquina, con gallinas famélicas y niños medio desnudos, que no tienen más objetivo en sus vidas que gritar y correr de un lado al otro, porque no tienen una escuela a la que ir cada día. El niño estaba sentado en una silla de plástico azul con las piernas cruzadas. Su aspecto mostraba abandono y se protegía de los rigores del sol de aquel día con un trapo en la cabeza. En un primer momento no percibí nada, hasta que me fijé en sus pies y vi que tenía un doble pie equino que le impedía caminar. En su mirada asomaba una tristeza que venía de lejos y cuando le pregunté su nombre me respondió: Ça va bien, algo que me llamó la atención porque significa en francés: todo va bien. Le calculé unos diez años y al explorarlo con atención, observé que tenía tiña, la musculatura adelgazada y supuse que, a todo ello, habría que añadir una malnutrición. Durante un rato, me quedé mirándolo sin saber qué hacer, pero decidí no conectarme con la impotencia ni con ninguna de las emociones que trataban de poner humo en mi cabeza. Elegí no perder energía en sufrir inútilmente y actuar, porque el niño necesitaba mi ayuda, no mis lágrimas.

A finales de octubre, el Dr. Burgueño hizo la primera evaluación del niño. Además del problema que le impedía caminar, tenía una severa malnutrición porque su comida era la bola de fufú, que se elabora con harina de mandioca y tomaba cada día.

A partir de aquel momento, puse en marcha un proceso para buscar la manera de asistir al pequeño. Empecé con personal de la embajada que me remitió a un médico del hospital Monkole, Eduardo Burgueño, un español que lleva en el Congo unos cuantos años. Hablé con él y enseguida se dispuso a colaborar para que al pequeño pudieran hacerle una evaluación de su estado. El siguiente paso fue hablar con los educadores del centro de niños de la calle Bana ya Poveda, para ver cómo se podía crear la infraestructura más adecuada para que recibiera el tratamiento necesario. En principio se pensó que lo mejor sería que viniera con su madre y sus hermanos a una casita cercana al centro. El niño es hijo de una unión libre, lo que quiere decir que sus hermanos son hijos de otros padres. En aquel momento, entre todos los hermanos había también un bebé, así que la madre tendría que venir, al menos con el más pequeño.

A finales de octubre, el Dr. Burgueño hizo la primera evaluación del niño. Además del problema que le impedía caminar, tenía una severa malnutrición porque su comida era la bola de fufú, que se elabora con harina de mandioca y tomaba cada día. En esta situación pensamos que lo mejor era que, el propio centro Bana ya Poveda se hiciera cargo de su acogida, de ese modo podíamos asegurar, no sólo una alimentación adecuada, sino también los beneficios de estar en un entorno en el que hay otros niños, con posibilidad de recibir una alfabetización y disponer de unos cuidados que, además de necesarios, probablemente no tendría en otras circunstancias.

Steve -que es su verdadero nombre- tenía una atrofia muscular importante que agravaba su problema de base. En la primera entrevista con el doctor Burgueño, el muchacho no hablaba, parecía estar asustado y, quizás también, desconcertado al ver que se estaban ocupando de él. Se le hizo una analítica y un estudio global de su estado y, tras conseguir los permisos necesarios de la familia, el niño ingresó en el centro Bana ya Poveda en el mes de noviembre y comenzó sus sesiones de fisioterapia. Al principio fue muy doloroso para él porque no tenía fuerza para realizar los ejercicios y, cada sesión lo dejaba agotado, pero, poco a poco, fue mejorando en todos los aspectos.

Steve parece otro niño, despojado de la espesa capa de tristeza y desesperanza que le envolvía hasta hace unos meses, asoma en su cara la alegría despreocupada de la infancia.

Por primera vez en su vida, Steve pudo bañarse en una piscina, por supuesto con la ayuda de Bruno, el director del centro Bana ya Poveda.
Por primera vez en su vida, Steve pudo bañarse en una piscina, por supuesto con la ayuda de Bruno, el director del centro Bana ya Poveda.

El cambio en la vida de Steve ha sido espectacular desde que llegó al centro Bana ya Poveda. Los niños lo acogieron muy bien y algunos se ocupan de él especialmente. El tener una alimentación adecuada y equilibrada le ha permitido ganar peso y mejorar sus músculos. Con ayuda, consiguió descruzar las piernas, ya que su postura habitual con ellas cruzadas, le había generado una incapacidad para mantenerlas en otra posición. En el mes de diciembre, el embajador de Suiza en Kinhasa invitó a los niños del centro a pasar una tarde en su casa para que pudieran bañarse en la piscina. Por primera vez en su vida, Steve pudo bañarse en una piscina, por supuesto con la ayuda de Bruno, el director del centro. Es muy notable el cambio en su expresión, parece otro niño, despojado de la espesa capa de tristeza y desesperanza que le envolvía hasta hace unos meses, asoma en su cara la alegría despreocupada de la infancia.

En el mes de enero Steve recibió el gran regalo de una silla de ruedas con la que podrá desplazarse mejor por algunos entornos. Hay que tener en cuenta que las calles son de arena, así que será difícil moverse en ellas, pero en el centro y en el hospital, será más fácil su desplazamiento con la silla, además, eso le permitirá reforzar la musculatura de los brazos.

Los niños del centro han acogido muy bien a Steve y algunos se ocupan de él especialmente.
Los niños del centro han acogido muy bien a Steve y algunos se ocupan de él especialmente.

En el momento actual, Steve prosigue con sesiones diarias de fisioterapia que lo están ayudando a coger fuerza y movilidad; en el centro ha iniciado un proceso de alfabetización para el que recibe ayuda individualizada de una profesional. La relación con los otros niños le permite tener una socialización con iguales que no había tenido hasta ahora y todo ello contribuye a una salud global del niño.

La Fundación El Pájaro Azul corre con los gastos del muchacho que ascienden a 2000 euros al trimestre y algunas personas colaboran con nosotros para ayudar a que este pequeño tenga un futuro más allá de la silla de plástico en la que transcurría su vida.

Respecto a su situación física, desconocemos todavía su futuro. No sabemos si requerirá de intervención quirúrgica o hasta dónde puede llegar con la fisioterapia. Sabemos que queda mucho camino por recorrer, pero sus sonrisas merecen la pena.

No sé si algún día veré a Steve caminar, pero sé que hemos contribuido a cambiar su vida.

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1 COMENTARIO
  1. ¡Bravo, Inmaculada! Este es un proyecto tuyo que sigo con muchísimo interés desde el primer día. Seguro que verás grandes adelantos…
    Un abrazo,
    ELISA

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