Alex Galán, documentalista y guía en Islandia. Cuando del frío surge la vida

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Alex Galán junto a los niños de una familia nómada en Mongolia
Alex Galán junto a los niños de una familia nómada en Mongolia / Foto: Aris Fernández
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Se formó como técnico de Medio Ambiente pero nunca llegó a ejercer. Comenzó a hacer documentales muy pronto, trabajó como presentador en la TPA en los programas Paraíso Animal o La Quintana de Pola y actualmente trabaja como guía en Islandia y Kirguistán.

Alex Galán
Alex Galán / Foto: Sara Vielba

Durante ocho meses y con un presupuesto de cinco euros diarios grabó la serie de documentales “Aventura en Sudamérica”. Después vino “El invierno del mundo” que recoge la vida de los nómadas en invierno a temperaturas de 40 bajo cero. Recientemente “Los vecinos del mar”, un documental que muestra la riqueza de los fondos marinos de la costa gijonesa. Al avilesino Alex Galán es difícil seguirle la pista. Dice que le encanta viajar y hacer documentales pero tras hablar un rato con él, es fácil darse cuenta de que lo que le gusta realmente es VIVIR. Y vivir para quien se ha reencontrado con el origen significa poder disfrutar de todo aquello que poco a poco se va perdiendo y que desde su punto de vista nos une como especie. “Aún quedan personas que mantienen intacto nuestro pasado -escribe-. Gentes que guardan secretos ancestrales, tribus que se desarrollan libres en los rincones más lejanos del planeta. Pueden parecer muy ajenos pero ellos tienen las claves de nuestro pasado como especie”.
-¿Qué es lo que enciende la mecha que hace que viajes a estos países?
-La mecha se enciende con el hecho de salir fuera, convivir con otras culturas y ver qué es lo que nos une como seres humanos a pesar de ser diferentes. El nómada de Mongolia tiene un estilo de vida que nada tiene que ver con el nuestro o con el indígena del Amazonas pero me motiva encontrar la humanidad que se supone que todos tenemos dentro y que nos une como especie.
-¿La encontraste?
-La verdad es que sí. Más allá de los paisajes o las culturas, lo que más me llama la atención es el nivel de humanidad que tienen en esos lugares donde pueden no entender tu idioma o tus costumbres, pero entienden rápidamente las necesidades que tienes en un momento dado o lo que te hace sentir bien. Es interesante estar con unos nómadas del desierto de Gobi y que sean capaces de llorar de emoción cuando te vas. Esto se contrapone a la falta de humanidad que tenemos aquí, que no somos capaces de decirle “te quiero” a nuestro primo que viene del pueblo. Ahí te das cuenta de cuánta evolución interna nos falta a nosotros. Avanzamos hacia fuera pero ellos no tienen nada de todo eso y sin embargo por dentro están infinitamente mejor. No tienen depresión, ansiedad ni estrés que son los grandes males de nuestro siglo. En alguna entrevista he dicho que avanzan hacia dentro pero me estoy dando cuenta de que ellos ni se lo plantean porque lo que hicieron fue simplemente no retroceder. Nunca han perdido la esencia.

“Lo que tú eres en un sitio tan libre como la estepa es lo que eres de verdad. A diario puedes tener una imagen de ti, pero en la libertad es donde encuentras lo que realmente eres”

¿Qué encontraste en un lugar tan extremo como la estepa?
-Lo que me encontré es normalidad a 40 bajo cero y eso es lo que más choca de todo. A veces se congelaban las partículas de aire, y lo que para nosotros era súper extremo para ellos era una vida normal. Me encontré personas desarrollando un estilo de vida que desde aquí estamos poco a poco acabando con él sin que ellas se den cuenta. Por una cuestión de cambio climático esa forma de vida se va acabando, con lo cual te encuentras con unas culturas ancestrales y una manera de vivir que prácticamente solo ellos mantienen y te das cuenta de que el futuro se les está acabando.
-¿Qué sentido cobran allí la soledad o el silencio?
-Para ellos no tener nada que hacer es un lujo y lo que dicen es: “todo debe estar muy bien cuando no tengo nada que hacer”. Nosotros rápidamente buscamos ocupaciones y esa sensación permanente de estar perdiendo el tiempo, de no estar haciendo nada, nos hace meterle más ritmo a la vida y por eso sentimos que todo se nos acaba más rápido. Ellos no tienen estigmatizado el no hacer nada o la soledad porque se sienten tranquilos. Nosotros llegamos a un punto en el que necesitamos el estímulo permanente y para ellos es todo lo contrario, la cabeza está tranquila sin necesidad de estar ocupada.

Viaje a caballo como guía para un grupo de españoles entre Kirguistán y China
Viaje a caballo como guía para un grupo de españoles entre Kirguistán y China / Foto: Sara Vielba

-Supongo que para ti sería una vuelta a las raíces…
-Te das cuenta de lo poco que necesitas ya no para sobrevivir sino para estar feliz y bien. Allí estás desprovisto prácticamente de todo con lo cual es una vuelta al origen, sobre todo en la parte interna que es la que más marca. Si tuviera que decir qué fue lo que más perdió la humanidad desde hace tiempo diría que el origen, el saber de dónde venimos como especie. Cuando alguien te pregunta si los nómadas son felices yo no sé qué decir porque no se lo plantean. Están, viven. Para ellos un buen día es que el lobo no haya matado a la mitad del ganado, que hayan ido a cortar hielo para derretirlo y que nadie se haya caído. Y después piensas: “¿cuántas cosas necesitaría yo para decir que mi día fue bueno?” Al final no es tanto lo que puedas conseguir sino todo lo que puedas no necesitar.
-Sobrevivir, salvaje y libertad. ¿Qué dimensión tienen en un viaje de estas características?
-En un viaje por la estepa en Siberia sobrevivir es lo que es el día a día porque básicamente es lo que se hace. Salvaje y libertad van relacionadas. La libertad y lo salvaje serían nuestro origen, nuestra raíz. Lo que somos sin nada que nos estorbe, eliminando lo que nos condiciona. Siendo salvaje hay libertad eso seguro, y siendo libre te acercas más a lo salvaje. Lo que tú eres en un sitio tan libre como la estepa es lo que eres de verdad. A diario puedes tener una imagen de ti, pero en la libertad es donde encuentras lo que realmente eres.

«Los nómadas no se plantean si son felices. Están, viven. Para ellos un buen día es que el lobo no haya matado a la mitad del ganado o que hayan ido a cortar hielo para derretirlo y nadie se haya caído»

-Dices que “respirar aire frío es respirar presente, reencontrarte con lo de dentro. Estar donde todo calla para que todo hable”. ¿Qué aporta el frío que no tiene el calor?
-El frío me aporta consciencia del momento. Cuando respiro aire frío y seco tengo una especie de claridad de ideas, siento totalmente el entorno a mí alrededor, el tiempo se queda en el sitio adecuado, todo se vuelve concreto y comprendo perfectamente el punto en el que estoy. Ya te digo que es una visión bastante subjetiva. En las culturas del frío hay una pausa enorme, se mantienen como eran antes quizá porque los procesos de la naturaleza son más lentos, esas latitudes no se humanizan y hay menos interferencia del exterior. Tú ves las culturas del calor y tienen danzas, pinturas, colores… La gente del frío es más meditativa, no tienen tanto estímulo de fuera, un esquimal se conforma con estar sentado y ver el paisaje. El frío lo paraliza todo y si eres capaz de sentirlo se vuelve todo un epicentro. Puede parecer más monótono pero también es más sereno y más tranquilo.
-¿Preparar, estudiar y luego contar, o aventura e improvisación?
-Para mí sería: preparar, estudiar sobre el terreno lo que surja y luego contar. Necesitas preparar y estudiar para no perderte nada, pero si lo preparaste y simplemente te quedas con eso, te vas a perder un montón de cosas que solo te las da la gente del lugar. Yo lo preparo todo muy bien pero luego lo que cuento acaba siendo lo que me contó la gente de allí, porque sino solo caes en tópicos. Son ellos los que te dan los matices y te hacen entender. Lo que hace un documentalista es contar una historia, tú solo eres el vehículo y si caes en el protagonismo de hacerlo a tu manera ya no es un documental. Tienes que aprender a escuchar y darte cuenta de que no tienes ni idea.

«En las culturas del frío hay una pausa enorme, se mantienen como eran antes, son más meditativos, no tienen tanto estímulo de fuera. Un esquimal se conforma con estar sentado y ver el paisaje»

-¿Dónde te sientes más vivo?
-Si tuviera que decir un lugar concreto sería Kirguistán. Es el país donde más vivo me sentí por cuestión de humanidad, por poder tener ese trato con la gente, por poder volver al año siguiente y que los nómadas con los que había estado me reconocieran, me abrazaran y se emocionaran. En mi día a día me hace sentir vivo la montaña porque en ella hay una ausencia de todo lo que te condiciona y tienes que estar concentrado en lo que estás haciendo. Cuando eres consciente del sitio y del momento te sientes vivo en cualquier lado.
-¿Aventura y curiosidad como forma de vida?
-Sí, sin ninguna duda. Y más curiosidad porque la palabra aventurero nunca me gustó, parece que te pone un escalón por encima de la gente normal, como si fueras más audaz y no es así. Es curiosidad y tener necesidad de colmarla, de ver qué más hay. No es necesario que sean grandes aventuras porque muchas veces siento curiosidad y me voy a ver a un apicultor de la zona de Ibias que resulta que está viviendo en un pueblo medio vacío. Para la gente puede que no haya aventura en ir a Ibias pero claro que la hay, puedes descubrir muchas cosas que no conocías.
-¿Mantienes viva la capacidad de sorprenderte?
-Sí y en vez de ir a menos va a más, quizá porque me maravilla el ser humano y entonces disfruto más y estoy abierto a que me sorprendan. Si algo deja de hacerlo se acabó. Creo que hay que dejarse sorprender y esto se consigue básicamente no comparando. Hace unos meses estuve en Castilla con unos pastores de la trashumancia y me estuve sorprendiendo todo el tiempo porque no comparé en ningún momento lo que me estaban contando sobre los lobos que había allí con lo que sé de los lobos siberianos.
Cuando hice una ruta con los amigos a las cascadas de Oneta me decían: “Bueno, tú estás viajando cada dos por tres y estas cascadas no te dirán nada”. ¡Mentira!, estas cascadas me llaman la atención exactamente igual que otras porque no me pongo debajo pensando cuánta altitud tienen o qué curso de agua llevan. Me paro y las disfruto. Hay que ir al sentir, a la contemplación.
-¿Estás viviendo la vida que quieres vivir?
-Yo creo que sí y lo que estoy haciendo ahora es rebajar la ambición y tal vez por eso siento que vivo lo que quiero vivir. Antes todos los años quería conocer más países e ir a sitios nuevos, ahora lo que quiero es sentirme bien donde esté. Si decides que el tipo de vida que quieres llevar es viajar y te obsesionas con ello, al final llega un momento en el que nada te vale, no te sientes en paz. Estoy intentando lograr ese equilibrio y ahora mismo creo que lo tengo medio conseguido, por lo menos me siento a gusto. También es verdad que la forma de vida que quiero llevar cambia cada año, pero de momento voy eligiendo. Me pongo un objetivo y voy tranquilamente hacia él.

«Me inquieta ver cómo el ser humano olvida tan rápidamente el origen, cómo está perdiendo la capacidad de relacionarse, de hacer lo que hace un ser humano»

-¿Qué es lo que más te inquieta del futuro?
-A nivel global me inquieta ver cómo el ser humano olvida tan rápidamente el origen. En el momento en el que ese olvido sea total, que ya prácticamente es, vamos a tener un montón de problemas personales y de identidad. Me inquieta ver cómo el ser humano está perdiendo la capacidad de relacionarse, de hacer lo que hace un ser humano y esto es un problema gordo. Si perdemos esto habremos perdido la empatía.
-¿Dónde estaría la solución?
-En rebajar el ritmo y el nivel de exigencia. Viajar siempre fue algo que te llenaba por dentro pero ahora se está convirtiendo en una competición para ver quién viaja a más países para luego enseñarlo. Con lo cual lo más espiritual nos lo cargamos, no te queda nada. Habría que conseguir no tener que ser siempre lo más porque no siempre las cosas salen bien, y no pasa absolutamente nada. Parece que doy un mensaje de conformismo pero es todo lo contrario. Estoy en contra de tener que devorar experiencias todo el tiempo, hay que volver a retomar el origen. Si pierdes la raíz dejarás de ser humano y serás otra cosa con un montón de logros impresionantes, pero con una angustia y un malestar interno con el que no podrás vivir.
-Los nómadas dicen que “en el futuro lo que echarán de menos es la soledad, el silencio y el frío”…
-Son cosas básicas que no tienen un valor especial para nosotros porque, en principio, no aportan nada. El silencio en un mundo futuro en el que todo va a ser saturación, lo que hará es dejar de aportar para poder escuchar. Viendo el calentamiento que hay, el frío ya se echa de menos en algunos sitios y la soledad lo mismo. Antes vinculábamos la soledad con lo salvaje y salvaje con libertad, así que cuando hablamos de soledad hablamos en parte de libertad y cada vez tienes menos sitios donde ser libre así que ya la estamos echando de menos. En esta línea recomendaría el libro “La vida simple” de Sylvain Tesson. Él se prometió a sí mismo que antes de cumplir los cuarenta años iba a estar solo durante un invierno en una cabaña en Siberia. En el libro cuenta reflexiones muy humanas pero también muy profundas. En una de ellas dice que fue el viaje en el que más se movió estando solo dentro de una cabaña. La otra es que aún hay espacio para la libertad, solo hace falta pagar su precio. No hay nada idílico en el libro y eso también es bueno que lo reflejemos desde los documentales porque sino crearemos insatisfacción en los demás. Hay un montón de días que son una mierda y no pasa nada. Por eso en las redes intento contar también esa parte para no crear un falso mundo que hace que los demás lo perciban como algo imposible de alcanzar.

«Para mí el mejor viaje es el de vuelta porque me gusta ver cómo me reconocen. Si cuando vuelves la gente tiene ganas de volver a hablar contigo es que fuiste un buen viajero. Cuando marchas ellos te dan la mano, te miran fijamente y te dicen: vuelve»

-¿Qué es lo que peor llevas del regreso?
-Lo que peor llevo es la segunda pregunta que te hace la gente. La primera es ¿qué tal? Y la segunda siempre es ¿y el siguiente para cuándo? Es un jarro de agua fría porque estas aprendiendo a humanizar, a vivir el momento, a eliminar esa especie de ambición y te preguntan esto. Lo llevo fatal porque acabo de irme de un mundo donde las cosas se interiorizan y llego a otro donde la gente quiere masticar y engullir sin haber digerido. Siento que no puedo explicar lo que viví porque se parte de un punto equivocado.
-¿Regresas del todo?
-No del todo. Para mí el mejor viaje es el de vuelta porque me gusta ver cómo me reconocen. Si cuando vuelves la gente tiene ganas de volver a hablar contigo es que fuiste un buen viajero. Cuando marchas ellos te dan la mano, te miran fijamente y te dicen: vuelve. Esto ocurre también en los pueblos de aquí que no están considerados exóticos. En lo que se hace en los pueblos hay sinceridad, podemos encontrar nuestros orígenes en la gente que tiene ochenta años porque para ellos la palabra o dar la mano sigue siendo sagrado. Cuánta gente habrá que se siente insatisfecha por no poder hacer esos mega viajes y resulta que hay un montón de sitios cerca de su casa donde pueden disfrutar tranquilamente.

Algunas zonas de la estepa solo se pueden atravesar en trineo de perros
Algunas zonas de la estepa solo se pueden atravesar en trineo de perros / Foto: Aris Fernández

-¿Cuáles son las claves de un buen documental?
-Para mí es muy básico, un buen documental necesita una buena historia. Luego está cómo la cuentes, la técnica, mejores o peores imágenes, pero la base es la historia. Una vez que la tienes, la siguiente clave es que en el documental se vea el testimonio puro de quien está contando esa historia. Igual que en una película de ficción está súper bien que se note la marca del autor, también hay lugar para eso en un documental pero es importante que el ego del documentalista quede al margen y que los protagonistas sean quienes hablan y dan testimonio. Con lo cual un documental necesita un buen preguntador. Es, por ejemplo, lo que hizo el gran periodista español Jordi Évole que con el tiempo fue desapareciendo cada vez más en sus programas. Ahora en Salvados él habla muy poco, eliminó el ego de poner su opinión y lo que hace es lanzar la pregunta para que el otro hable. Tiene mucha fuerza lo que es la edición, yo le doy más de un 50% a la música, al sonido. Si pongo un plano fijo de diez segundos de un nómada caminando por la estepa con una música emocional es muy evocador, si lo pongo con una música súper triste piensas que es la soledad y el abandono de la estepa, y si es una música deportiva piensas en el alegre indígena que todavía mantiene sus costumbres. La música manipula mucho para bien.

«Lo que pasa con los documentales es que son víctimas del ritmo que llevan las cosas hoy en día. Yo estoy intentando que el formato documental sea de un máximo de treinta minutos, que es complicado para ciertas historias porque si sintetizas tanto ya dejas de contarla o la cuentas a medias»

-Documentales como Pacífico de Daniel Landa o Cien días de soledad de José Díaz son referentes de calidad producidos en España. ¿El espectador responde cuando se le ofrecen estos productos?
-No lo sé, porque por ejemplo, Pacífico, que es quizá el mejor documental de naturaleza y viaje con marca española, es un documental de un corte similar a la BBC con una calidad tremenda y nunca podremos saber la acogida que ha tenido porque TVE lo puso en unos horarios malos. Cuando en el Reino Unido sacaron Planeta Azul II lo vendieron como el mejor documental de naturaleza que se hizo en la historia. Se emitía todas las semanas y fue la segunda emisión más vista del año solo después del mensaje de la Reina. La gente se sentaba todas las semanas delante del televisor en prime time a verlo, ni siquiera los partidos de fútbol fueron más vistos. Esto no pasa en España. Es cierto que crea interés porque por ejemplo, la gente hablaba de Cien días de soledad y querían saber más. Gracias a las redes sociales hay un seguimiento mayor porque a la gente le impresiona, pero lo que pasa con los documentales es que son víctimas del ritmo que llevan las cosas hoy en día. La gente ve el tráiler de Pacífico, le parece impresionante y hay un montón de reacciones en Internet. A cualquiera de esas personas que escribió un comentario le dices que tiene que invertir cincuenta minutos en verlo y te dice que no. Cuando hay algo con contenido verdadero va a durar más de dos minutos, hay que verlo durante un tiempo y después hay que masticarlo y analizarlo, pero la gente ya no está para eso con lo cual es difícil. Yo estoy intentando que el formato documental sea de un máximo de treinta minutos que es complicado para ciertas historias porque si sintetizas tanto ya dejas de contarla o la cuentas a medias. La reflexión es: malos tiempos para los documentales porque puedes hacer algo increíble y que la gente entienda que lo es, pero no va a responder en cuanto a volcarse. Esto es una tristeza.
-Dice Daniel Landa que “es necesario perder el miedo porque el mundo está lleno de puertas abiertas y manos tendidas”. ¿Piensas lo mismo?
-Daniel Landa es mi gran referente a nivel documental, no tanto por la calidad que tienen sus trabajos sino por el mensaje de humanidad que lanza en ellos. Hay que perder el miedo y entregarse, y esto más que en la estepa lo experimenté en Sudamérica. Fue un viaje de diez meses y un dato que te hace entender cómo transcurrió es que en ese tiempo gasté 1.300 euros y perdí 16 kilos. Era un viaje en el que tenías que estar totalmente entregado todo el tiempo a desconocidos y ellos eran los que te llevaban a los sitios porque no había transporte público. Cuando llegabas a ese lugar te entregabas para que te dejaran dormir donde fuera, o para darte de comer lo que podían… Ahí experimenté que las puertas tienen que estar abiertas y que no tienes que tener miedo, porque normalmente no somos capaces de abrirnos en canal y decir: “no tengo nada, ayúdame”. Te sientes vulnerable si lo haces, pero cuando te abres y te expones encuentras que, normalmente, hay más gente buena que mala. A mí nunca me pasó nada malo pero no se puede generalizar porque hay gente a la que sí le ha pasado. Lo habitual es que cuando te abres y vas sin miedo encuentres a poca gente que tenga intención de hacerte daño. Es más fácil que te lo hagan si vas muy duro y manteniendo un estatus, porque ahí se crea una especie de batalla.

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