Las herederas de la Singer, nueva novela de Ana Lena Rivera

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Ana Lena Rivera, escritora
Ana Lena Rivera / Foto cedida por A.L. Rivera
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No hay duda que Ana Lena Rivera es escritora por vocación. Llegó a la literatura tras abandonar la seguridad de un trabajo de directiva en una multinacional. Fue un salto al vacío que en realidad llevaba tiempo esperando y con el que dio un nuevo rumbo a su vida. Ahora, la ovetense llega con su cuarta novela bajo el brazo, una historia generacional de mujeres fuertes cuyas vidas de ficción tienen mucho de realidad.

Aunque ha construido su hogar en Madrid, su corazón sigue vibrando con latido asturiano, y esto se reconoce en su último trabajo: Las herederas de la Singer. Parte de la historia transcurre en Turón, donde además de la habitual sirena de la mina, las mujeres escuchan el traqueteo de una máquina de coser que entrelaza sus vidas.
Con este trabajo, la autora, premio Torrente Ballester 2017 con una novela policíaca, da un cambio sustancial y construye con sus propios recuerdos de infancia una obra que nada tiene que ver con el thriller al que nos tenía acostumbrados. La lectura, a veces triste y sobrecogedora, también es en ocasiones divertida, pero siempre ilustradora de cómo ha evolucionado la sociedad española durante el último siglo, y con ella la situación de la mujer.

-La máquina de coser Singer ha acompañado a muchas mujeres a lo largo de su vida y en tu novela es un elemento de gran importancia, que de alguna forma conecta a cuatro generaciones. ¿Por qué pensaste en ella como hilo conductor?
-Yo crecí con la Singer en casa, con su traqueteo, porque mi madre era quien me hacía los vestidos y mi tía soltera era modista y tenía aprendices de costura. Durante el confinamiento me dio por ordenar el trastero y lo primero que encontré fue la Singer; la había guardado porque hacía cinco años había tenido un crío y, como es una máquina muy pesada, me daba miedo que se le cayera encima. Al verla me empezaron a venir todas las historias que yo escuchaba cuando era niña. Me acuerdo que me ponían un dedal y me daban un trapo para que diera puntadas mientras ellas cosían. Allí siempre había muchísima gente porque, además de las aprendices, las vecinas y amigas de mi tía venían a su taller cuando tenían algo de costura, sabían que siempre había gente y así charlaban. Empezaban a contar las historias de cuando eran niñas en la posguerra, hablaban de sus vidas y de las de medio mundo, claro. Yo quería dar voz a todo esto que nunca lees en un libro de historia y al empezar a escribir me empezaron a llegar todos los recuerdos, también lo que contaba mi padre y mis tíos sobre la cuenca minera.

Máquina de coser Singer

-El reposo domiciliario por embarazo te da la oportunidad de cumplir tu deseo de emprender como escritora. ¿Crees que la vida, de alguna manera, va conduciendo a cada persona en función de sus sueños?
-Si tienes una cosa en la cabeza lo que hay que hacer es prepararse para conseguirla y esperar a tener la oportunidad, porque esto que se dice de ‘querer es poder’ está muy bien pero no siempre puedes hacer algo cuando tú quieres. Yo me fui formando, haciendo cursos de técnica literaria, también un máster de novela, fui haciendo cosas para que cuando llegase la oportunidad me pillase preparada; y la oportunidad llegó. Mi experiencia es que si tú lo persigues e insistes, normalmente o con un poco de suerte, las cosas llegan. Igual que lo hizo esta novela; era una historia que yo quería contar, pero no para hacerlo en una primera publicación, necesitaba más madurez profesional para poder contar algo así.

-El día que cambiaste en tu perfil social la palabra directiva por escritora fue un día importante. Algo muy valiente, porque supone cambiar lo que eres y decir ‘soy otra persona’.
-Da miedo, da un miedo que no te puedes imaginar. Lo que pasa es que para mí es mejor ese miedo y lanzarte, que vivir el resto de mi vida pensando en que me quedé aquí cuando yo quería hacer era otra cosa.

“Yo crecí con la Singer en casa, con su traqueteo, porque mi madre era quien me hacía los vestidos y mi tía soltera era modista y tenía aprendices de costura”

-A diferencia de hoy día que hay otras oportunidades, pocas mujeres de generaciones anteriores podían vivir la vida que realmente soñaban. ¿Queda esto reflejado en el libro?
-De hecho el libro va de eso, de la evolución de la sociedad española en el último siglo porque la vida ha cambiado muchísimo. Lo que contaba mi padre sobre la represión de la posguerra en la cuenca minera no tiene nada que ver con lo de hoy, y en el caso de las mujeres con un plus, porque pasaron muchas décadas en las que no podían sacar el carnet de conducir o abrir una cuenta en el banco sin permiso del marido. No tenían acceso al mundo laboral, no tenían acceso a los estudios y tampoco podían disponer de su dinero si lo heredaban y todo esto duró hasta el año 1981. Recuerdo preguntarle a mi madre ¿y tú por qué no estudiaste?, ¿por qué no trabajaste? y ella me miraba como diciendo “como si hubiera podido elegir”. Ella quería ser enfermera pero su padre no la dejó porque sus hijas eran señoritas y no iban a trabajar. En aquel momento yo, con quince años, no entendía nada, por eso ahora quiero darles voz.

-¿En qué medida este relato ayuda a las generaciones actuales a entender momentos de su pasado?
-Yo pensaba que cada lector se iba a sentir identificado con su generación, pero lo que más está gustando es precisamente el identificar a las madres, a las abuelas y abuelos, que también hay hombres en este libro con un peso importante. Los lectores me explican que han empezado a pensar en su abuela u otros familiares, en lo que habrían vivido, y en ese sentido están estableciendo la misma conexión que empecé a hacer yo al escribir la novela. Les conmueve el de repente poder entender a su madre o a su abuela.

“Para mí es mejor tener miedo y lanzarme, que vivir el resto de mi vida pensando en que me quedé aquí cuando yo quería hacer era otra cosa”

-Cuentas la historia de utilizando saltos temporales, algo más arriesgado porque la lectura no resulta tan fácil. ¿Por qué hacerlo así?
-Honestamente, porque los recuerdos me empezaron a venir así. De repente me acordaba de una situación que había contado alguien y me pareció interesante que se pudieran ver escenas similares y cómo se vivían en cada generación. Y había otra razón, y es que como hay cuatro protagonistas si cuentas la historia de forma cronológica, las dos últimas solo aparecen al final, y la gracia es precisamente toda la relación que se va estableciendo entre ellas, sobre todo entre la primera y la última. Son dos mujeres de armas tomar, se parecen, pero la rebeldía de cada una es totalmente diferente porque las oportunidades de cada época también son muy distintas.

-¿En qué medida la máquina de coser dio alas a las mujeres?
-Cuando llegó a los hogares gracias a Singer, la máquina de coser fue una revolución. Lo que logró fue muchísimo ahorro de tiempo; las mujeres pasaban de confeccionar una camisa en catorce días a hacerlo en un día. Estábamos en un momento en que toda la ropa de la familia la hacían las mujeres, no había el prêt-à-porter y la alta costura solo estaba al alcance de unos pocos. Por otro lado, para muchas supuso el acceso a una profesión que estaba bien vista, la de modista, y otras que no eran cien por cien profesionales se podían sacar un dinerillo para sus cosas o para contribuir a desahogar la economía familiar. En las primeras décadas del siglo XX, la Singer era el regalo de boda mejor cotizado.

“Recuerdo preguntarle a mi madre ¿y tú por qué no estudiaste?, ¿por qué no trabajaste? y ella me miraba como diciendo ‘como si hubiera podido elegir’”

-Reflejas en tu obra cómo han mejorado los derechos de las mujeres, pero todavía hay mucho por hacer.
-Hemos avanzado muchísimo, el balance en el último siglo en nuestra sociedad es muy optimista, pero, ojo a todo lo que nos queda todavía por hacer. Además de la violencia explícita, en el mundo laboral muchas veces hay una violencia verbal o implícita a la que seguimos estando sometidas. Son esos techos de cristal que no se dicen porque todo el mundo intenta ser políticamente correcto pero la realidad es que te están poniendo topes que no te dejan avanzar.
Ser madre en un entorno profesional te complica tremendamente y te frena, ¿cómo es posible? Y vale que ahora hay una baja por paternidad, pero hay otro tipo de complejidad. Un puesto directivo te exige jornadas maratonianas, estar disponible a cualquier hora, y aunque seamos iguales en derechos al final el hombre sigue haciendo todo eso mientras la mujer termina con una reducción de jornada en casa. ¿Y quién puede ascender con una reducción de jornada?

-Afirmas que para conseguir tus metas hace falta pasión y esfuerzo, ¿esta parte viene después de creer en ti misma?
-Si no crees en ti misma, olvídate, porque ¿cómo vas a convencer a otro de que crea en ti? Y en la sensatez de creer que eres buena me lo trabajo, insisto y sigo trabajando, porque el ego desmesurado no te lleva a ningún sitio si detrás no hay un trabajo. También es verdad que a las mujeres no se nos educa para creer en nosotras mismas, es ahora cuando se empieza a decir que las niñas necesitan referencias. Necesitan ver a otras mujeres, porque cuando eres niño los ejemplos se te quedan en el subconsciente. Y que las niñas piensen que realmente pueden, que no son ellas las primeras, que no lleven esa carga, que se deje de educar a las mujeres para que sean amables, simpáticas, buenas y delicadas y se las eduque exactamente igual que a los niños, para ser independientes y ser capaces de pelear por lo que quieren.

“Que se deje de educar a las mujeres para que sean amables, simpáticas, buenas y delicadas y se las eduque exactamente igual que a los niños, para ser independientes y ser capaces de pelear por lo que quieren”

-En tu caso, ¿qué importancia tuvo Sor Cándida en tu apuesta por la literatura?
-Era mi profesora de 3º de EGB, una monja joven y tremendamente activa, una de esas personas a la que le apasionan los niños y la enseñanza. En el colegio nos mandaron escribir un cuento para un concurso, el relato que se seleccionase luego se enviaría a nivel regional. Cuando nos pusimos todas a hacerlo ella se puso detrás de mí, y al leer lo que escribía empezó a reírse y a llamar a otra profesora; yo con agobio ya pensaba ¿estaré haciendo algo mal? Total, que el cuento seleccionado fue el mío y ganó el concurso. Me dio el premio el Príncipe Felipe en el Teatro Campoamor, de aquellas era todavía un crío de edad parecida a la mía.
Sor Cándida me dijo: cuando salgas de la universidad y termines la carrera te devuelvo el cuento, pero la mujer tuvo un cáncer, murió muy joven, y no lo recuperé. Y esta historia me marcó para escribir.

Ana Lena Rivera
Foto cedida por A.L. Rivera

-En Las herederas de la Singer sacas a relucir hechos poco conocidos, como cuando algunas mujeres asturianas entraron en la mina a trabajar, algo que estaba totalmente prohibido.
-Debió ocurrir durante un tiempo corto. No hay ninguna información sobre esto, pero sí recuerdo las historias que contaban las mujeres, y cómo las apartaban cuando, de manera excepcional, iban a hacer fotos en la mina. Entonces era legal que trabajasen en el exterior, como carboneras o paleadoras, pero cuando la guerra hubo un momento en el que faltaban hombres y se necesitaba más carbón que nunca para producir energía para el combate y para las fábricas de armamento. Y si no había hombres, bajaban las mujeres.

-Con lo difícil que resultaba tener un trabajo ¿era además un estigma para ellas trabajar en este terreno?
-Hay fotos de mujeres en los lavaderos de carbón, en el exterior de la mina, pero estas mujeres estaban fatal vistas porque se suponía que tenías que ser muy muy pobre para tener este trabajo. Por un lado, era un estigma a la hora de casarte y formar una familia, por otro lado, a una mujer se le pagaba mucho menos. Su salario era ridículo en comparación con el de los hombres, y por no hablar de que no existían conceptos como el acoso sexual en el trabajo. Entonces eran pocas y eso se consideraba como algo natural, no hay más que ver el Me too. Imagínate hace un siglo, lo que tendrían que aguantar esas pobres mujeres.

“Cuando la guerra hubo un momento en el que faltaban hombres y se necesitaba más carbón que nunca para producir energía para el combate y para las fábricas de armamento. Y si no había hombres, bajaban a la mina las mujeres”

-¿Para entender el presente es imprescindible conocer el pasado?
-Sí, porque si no sabes de dónde vienes es difícil que sepas hacia dónde vas. Hay un camino de avance recorrido y hay que ver por dónde seguir avanzando, y hay cosas que están culturalmente arraigadas. Llevamos tantas décadas haciendo las cosas de una forma que si no sabes que eso viene de ahí y que es algo que está en nuestro subconsciente, es muy difícil que lo cambies. Se trata de entender por qué ocurren las cosas y también sirve para no demonizar al otro, porque muchos de los comportamientos son educacionales e inconscientes. A la mayoría de los hombres, salvo en el caso de cuatro radicales, cuando se lo explicas, lo entienden y se dan cuenta. En la sociedad hombres y mujeres somos compañeros de viaje y tenemos que luchar todos en la misma dirección, eso favorece a ambos géneros.

-Para que una historia llegue al corazón ¿tiene que estar entretejida de realidad?
-Esta está escrita así, prácticamente todo lo que sucede son historias que yo escuché, sobre todo las de la primera época. Los personajes son ficticios y son vivencias de personas en distintos lugares, pero las escenas que más conmueven son todo hechos reales.

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