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domingo 14, abril 2024

El silencio del hambre

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La carretera que lleva al norte de Benín atraviesa un paisaje verde y arbolado. La distancia hacia un lugar determinado no se mide en kilómetros, sino en el tiempo que tienes que emplear para llegar a cualquiera de las ciudades más representativas. En los países africanos que conozco, siempre es así; la distancia se mide en las horas que te lleva llegar a tu destino, porque no se circula por autopistas ni por vías rápidas en las que puedas mantener una velocidad constante. Aún así, en este caso tengo que decir que la carretera desde Cotonou hasta Parakou -nuestro objetivo en el primer día- era bastante buena para lo que estoy acostumbrada.

En el camino estuvimos acompañados permanentemente de personas que van de un lado al otro: mujeres que vienen de recoger leña, los niños que acompañan al ganado, los hombres y mujeres que van o vienen de trabajar en los campos, las mujeres que van al mercado, las niñas que acompañan a sus madres cargando leña o agua sobre sus cabezas y los puestos ambulantes que ofrecen al borde de la carretera sus productos (bananas, harina de mandioca, sandías, etc.). Además de las personas que van y vienen, deambulan al borde de la carretera las cabras, cabras de todos los tamaños y por todos los sitios; algunas atraviesan la carretera con parsimonia y la mayoría caminan por el arcén, casi siempre solas, a su aire, pero todas ellas parecen saber a dónde van, buscan comida, se paran en cualquier lugar si están cansadas y al final del día saben perfectamente a dónde tienen que dirigirse: a la casa de la familia que les dará cobijo hasta la mañana siguiente.

Podemos pensar que la malnutrición infantil se trata de niños con bajo peso, pero es algo mucho más que esto: es la consecuencia de un conglomerado de circunstancias que se asocian y provocan esta calamidad que no se soluciona solo dando de comer.

El silencio del hambre
Niña de dos años y medio atendida en el centro nutricional. Llegó con poco más de cinco kilos de peso y no se sostenía de pie.

Después de una parada de un día en Parakou -la segunda ciudad universitaria del país-, nos dirigimos al día siguiente a Nikki, con el objetivo de visitar un centro nutricional que llevan las hermanas Terciarias Capuchinas desde hace más de veinticinco años. Fue allí donde me encontré con la cara más amarga de la miseria: la malnutrición infantil. Dicho así, podemos pensar que se trata de niños con bajo peso, pero es algo mucho más que esto: es la consecuencia de un conglomerado de circunstancias que se asocian y provocan esta calamidad que no se soluciona solo dando de comer. A este centro acuden niños de las aldeas vecinas en estado avanzado de desnutrición. A modo de ejemplo: una niña de dos años y medio pesaba siete kilos cien gramos, después de veinticuatro días ingresada en dicho centro para tratar de salvarla -había llegado con poco más de cinco kilos-; por supuesto, la niña no podía ponerse en pie, porque sus piernecitas no sostenían el cuerpo.

Cuando los niños llegan a este centro, son evaluados según un protocolo que permite identificar el grado de desnutrición: peso, talla y perímetro braquial. Una vez obtenidos los resultados, se identifica el tratamiento necesario y se adoptan las medidas pertinentes. Si la situación es grave, el niño permanecerá en el centro con su madre y ésta recibirá instrucción de cómo tiene que alimentar a su hijo, y cada día, el niño será controlado por el equipo médico. Sobra decir que algunos casos no se pueden recuperar y mueren, sencillamente, de hambre, algo que, visto en directo, remueve las entrañas.

Deberíamos sentir vergüenza todos los que vivimos en el mundo de la desmesura, en el mundo de la comida tirada a la basura sin ningún pudor y en la sociedad de niños obesos y jóvenes desbordantes de carnes.

En la sala de espera del centro nutricional, a las ocho y media de la mañana de lunes a viernes, un grupo de madres esperan con sus niños y niñas en brazos; los críos están flacos y no puedes aventurar la edad que tiene cada uno de ellos. Aquel día había nueve niños y el silencio ocupaba el espacio de lo que debería ser un ambiente de algarabía y voces infantiles. Los más desnutridos apenas se mueven y todos ellos te miran con ojos enormes, agrandados por el hambre; su mirada es penetrante y colmada de una tristeza que traspasa todas las defensas: o sales corriendo para no ser testigo de su sufrimiento o permaneces ahí y asumes las consecuencias de todo lo que se te pueda mover por dentro. Deberíamos sentir vergüenza todos los que vivimos en el mundo de la desmesura, en el mundo de la comida tirada a la basura sin ningún pudor y en la sociedad de niños obesos y jóvenes desbordantes de carnes que, de tanto comer, ponen su salud en riesgo. Debería darnos vergüenza saber que hay niños y personas que se mueren de hambre.

Mujer africana con su bebé en brazos
Familia a la espera de control en el centro de las hermanas Terciarias Capuchinas.

Los niños más desnutridos apenas se mueven y todos ellos te miran con ojos enormes, agrandados por el hambre; su mirada es penetrante y colmada de una tristeza que traspasa todas las defensas.

Luego, cuando miras a sus madres, te asalta de nuevo el espanto: son adolescentes de catorce y pocos más años, y las que tienen dieciséis o más tienen varios hijos, tal como me dijo una de ellas, que tenía diecisiete años y la niña que tenía en brazos era su tercera hija. Las miro y me pregunto si todas estas chicas saben que existe algo que llamamos adolescencia y que tanto preocupa en nuestro entorno. No creo que ninguna de ellas sepa de qué va esa etapa de la vida que les han robado, porque están abocadas a seguir los pasos que marca su cultura, estructuralmente machista y reforzada por la religión islámica, que consiente los matrimonios concertados entre un hombre adulto y una adolescente, cuyos padres accedieron a guardar a su hija a cambio de una cabra y cuatro pollos; cuando a la niña le viene la primera menstruación, organizan una ceremonia de matrimonio. La chiquilla será la segunda o tercera esposa de un adulto que puede tener treinta o cuarenta años, pero eso… ¡qué importa!, y más pronto que tarde, la cría quedará embarazada. Es ahí cuando empieza el drama de esa criatura que llega al mundo, hija de la miseria, la ignorancia y de una cultura en la que nacer mujer es una desgracia que condiciona la vida hacia el sufrimiento.

Cuando eres testigo de esta realidad, se remueven muchas emociones, surgen muchas preguntas y piensas en cómo encajar estas situaciones, cuando vienes de un mundo en el que la lucha por la igualdad y los derechos de las mujeres y los niños forma parte de su identidad social y política. Pero a lo largo de estos quince años viajando por África y contemplando los diferentes mundos que conviven al mismo tiempo, he aprendido también que, cuando tienes delante a un ser humano que necesita ayuda concreta, es más práctico acallar la emoción y serenar la cabeza para actuar y darle al otro lo que necesita en ese momento.

A lo largo de estos quince años viajando por África, he aprendido también que cuando tienes delante a un ser humano que necesita ayuda concreta, es más práctico acallar la emoción y serenar la cabeza para actuar y darle al otro lo que necesita en ese momento.

Hace pocos días que he vuelto de Benín, y en la primera semana de trabajo, escucho las quejas repetidas de adolescentes por tener que volver al colegio; pero también las de algunos adultos quejosos de retomar su trabajo. No permito que, ni unos ni otros, se quejen de lo que es un privilegio. Quien tiene un trabajo ya tiene algo que muchos no tienen, y si puede volver a retomarlo, además es que está sano; así que también tiene salud, algo que muchos desearían. Respecto a los niños y jóvenes de esta sociedad de la opulencia, tienen la suerte de recibir una educación, algo que muchos antepasados no pudieron tener y por lo que se luchó para que así fuera. No podemos consentir que nadie se queje de lo que es un privilegio.

Creo que es necesario un cambio de perspectiva en la vida y ampliar el horizonte, para ver más allá de nuestro pequeño ombligo; de no ser así, es muy probable que los trastornos mentales sigan aumentando exponencialmente en esta sociedad.

El silencio del hambre en los niños malnutridos es un aldabonazo a las quejas absurdas de una sociedad enferma de narcisismo, profundamente egoísta y que vive de espaldas a millones de seres humanos que sufren de manera injusta.

Nadie puede ser feliz si no mira más allá de sí mismo.

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