Crónica desde Kinshasa: el bullicio de una gran ciudad

Ciudad de Kinshasa, Rep. Democrática del Congo
Caos circulatorio en las calles de Kinshasa / Fotos: Inmaculada González-Carbajal García
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Kinshasa es una ciudad impactante que no te deja indiferente. En ella todo es intenso: el calor -a veces, aplastante-, el ruido de un tráfico endiablado de coches y motos, la contaminación que envuelve sus calles en una especie de neblina densa y el olor plúmbeo de la combustión del carburante.

Kinshasa es la capital de la República Democrática del Congo, una de las ciudades más grandes del continente africano, con una población estimada de unos catorce millones de habitantes, aunque no se sabe con seguridad, porque muchos de ellos no están censados en ningún sitio, y las cifras bailan entre los doce y los quince. Lo cierto es que crece cada año y es un aliciente para los soñadores de cualquier lugar del país que buscan en sus calles una posibilidad para huir de la miseria.

Las calles de Kinshasa son un hervidero de gente que va y viene; cantidad de personas que, cada día, se desplazan de un lado a otro, unos por trabajo y otros buscando la forma de conseguir unos francos congoleños para el sustento del día. Algunas mujeres se asientan a la puerta de su casa con un puesto de buñuelos o de cualquier tipo de comida: chikuanga, tortillas, salchichas; otras venden las frutas de temporada y hortalizas variadas. Miles de tenderetes ofrecen todo tipo de servicios: recarga de baterías, cambio de moneda, venta de productos de lo más diverso, desde ropa, calzado, makala -el carbón vegetal para las cocinas tradicionales-, bebidas, coronas de flores para los duelos, e incluso muebles, sofás, camas o mesas de comedor con sus correspondientes sillas. En cualquier calle puedes adquirir lo que quieras; además, miles de vendedores ambulantes ofrecen mapas del país, banderas, pañuelos, periódicos o agua fresca que llevan encima de sus cabezas con asombrosa habilidad (parecen equilibristas circenses, capaces de sostener varios kilos o pilas inmensas de cualquier cosa sin perder la compostura).

Ciudad de Kinshasa, Rep. Democrática del Congo
Puestos de venta ambulante en las calles de Kinshasa, capital de la República Democrática del Congo.

Como toda gran ciudad, tiene su centro administrativo y comercial, que se llama “La Gombe”, donde se concentran las embajadas, las instituciones oficiales y las zonas residenciales con apartamentos exclusivos, para expatriados y para los pocos congoleños que pueden pagarlos. En los últimos años, empiezan a levantarse también flamantes edificios que dan un toque de modernidad a esta ciudad, que busca su transformación más allá de la miseria que muestra su cara en cuanto abandonas las avenidas principales.

Kinshasa es una ciudad ruidosa. Al ruido del tráfico endiablado, con los miles de coches que tocan el claxon sin reparo alguno, se unen los ruidos de la música que, a partir del anochecer, asoma por cualquier esquina. Durante el día, en los pequeños barrios, a todo este ruido se suma el que producen todos aquellos que ofrecen servicios, tales como el cuidado de las uñas, la recogida de basuras o el arreglo de cualquier cosa; cada uno de ellos también produce un sonido específico, para que las personas sepan que pasan por allí (más o menos, como los afiladores en nuestro entorno, que se reconocen por la musiquilla que hacen con su chifle).

En cualquier calle puedes adquirir lo que quieras; además, miles de vendedores ambulantes ofrecen mapas del país, banderas, pañuelos, periódicos o agua fresca que llevan encima de sus cabezas con asombrosa habilidad.

El tráfico en Kinshasa es un caos, en el que sólo ellos se saben manejar. Aquí las normas de circulación vigentes en cualquier país del mundo no funcionan igual: un coche o una moto se pueden subir a la acera en cualquier momento, los peatones tienen que buscarse la vida para cruzar de un lado al otro y, casi siempre, lo hacen con riesgo, porque la preferencia la tienen los coches, que en su afán por avanzar lo pueden hacer invadiendo el carril contrario y, muchas veces, ellos mismos terminan provocando verdaderos atascos en los que todos quedan bloqueados y, a veces, se puede tardar más de una hora en deshacer el tapón que han formado. En medio de este embrollo, incluso en las grandes avenidas, también circulan los “pus-pus”, carros tirados por uno o dos hombres, que pueden llevar de todo: sacos, bidones, tablones de madera que sobresalen más de un metro por delante y por detrás, basura o lo que sea. La cuestión es que, a pesar de todo, no hay tantos accidentes. Yo creo que tienen una habilidad especial para ello o que las leyes que siguen para poder evitarse unos a otros obedecen a parámetros que desconocemos. Actualmente, a los miles de coches de todo tipo y condición, se suman las miles y miles de motos que se cruzan por cualquier lado, complicando aún más este tráfico anárquico y desorganizado.

Ciudad de Kinshasa, Rep. Democrática del Congo
En los taxis de Kinshasa con capacidad para cuatro personas acostumbran a viajar muchas más de lo recomendado.

El transporte en esta urbe es muy complicado, no sólo por las distancias, sino también por la falta de una red organizada. Las personas con menos recursos se desplazan en unas camionetas llamadas “sprit de mort” (el nombre lo dice todo y alude al riesgo, no sólo por la gran cantidad de gente que llevan dentro, sino también por el estado de los vehículos). En los últimos años, lo que abundan son los pequeños taxis, casi todos de la marca Toyota, con capacidad real para cuatro personas, pero en los que viajan casi siempre siete y lo que sea que lleven consigo. El otro día, mientras esperaba uno de ellos para ir al centro de los niños, uno de estos pequeños vehículos iba al completo; encima, llevaba unos listones de madera muy largos, que sobresalían abundantemente por delante y por detrás del vehículo, y, ¿cómo se sujetaban? Muy fácil: su dueño los asía fuertemente sacando su mano derecha por la ventanilla. Y es que en Kinshasa… ¡todo es posible!

Kinshasa es una gran ciudad, que te provoca sensaciones ambivalentes. Cuando estoy aquí, a veces me resulta sofocante, pero cuando estoy lejos, la extraño, porque, a pesar de todo, está llena de vida y de gente que vive, más allá de la miseria y más allá de todas las dificultades. Aquí sientes la intensidad de la vida por cualquier esquina, y eso es lo que me atrae de esta ciudad.

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