Beyond the Glacier. Más allá de lo evidente (1ª parte)

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David Rodríguez, director de cine, rodando el río Sir Daria
David Rodríguez rodando el río Sir Daria / Foto: David Rodríguez
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Beyond the Glacier es el último corto del director de cine David Rodríguez. Dieciocho minutos en los que se aborda, de manera totalmente nítida y sin ningún juicio, el conflicto del agua que actualmente se vive en Asia Central.

Su forma de hablar no es con palabras. David Rodríguez habla con imágenes. Otro lenguaje, pero el mismo mensaje. Repite varias veces que no está acostumbrado a estas entrevistas, pide perdón por ir despacio, por buscar las palabras exactas que definan lo que piensa o lo mucho que le ha cambiado la vida el viaje a Asia Central junto a Álex Galán, su compañero de locuras-aventuras. Con el corto Beyond the Glacier ha recorrido numerosos festivales y ha conseguido varios reconocimientos. A medio camino entre lo humano y lo salvaje, estos dieciocho minutos resumen una realidad que, aunque la vivan los habitantes de la estepa siberiana a miles de kilómetros de distancia, es igual de nuestra que si sucediese a la puerta de casa.

-¿Cómo se resume un conflicto como este en tan pocos minutos?
Glacier tenía un corte de cuarenta y cinco minutos y se quedó en dieciocho. Hay muchísimo material, date cuenta de que hablamos de un conflicto en Asia Central que atañe a dos países. A un lado está Kirguistán con el tema de los glaciares que están siendo explotados por una mina de oro y, en otro lado, está Kazajistán al que prácticamente no llega agua y donde han secado un mar en los años 70. Resumir todo esto en dieciocho minutos significó seis meses de montaje. En el mundo el cine no existe el mediometraje. Lo único que tiene una duración de cuarenta y cinco o cincuenta minutos es el capítulo de una serie, pero todo lo demás se queda en tierra de nadie con lo cual o es un corto hasta veinticinco minutos, o es un largo a partir de sesenta. Yo tenía material de sobra, lo que pasa es que se me hacía aburrido. Parecía el típico documental de La 2. Me hubiera gustado darle un toque poético y creo que para eso no tenía material suficiente.

“Me llama la atención cómo la fuente de vida del planeta puede llegar a ser un problema. Nosotros somos agua, no somos nada sin ella y aun así la destrozamos”

-¿Qué tiene esa historia para que te enganche y te vayas a Asia Central a grabarla?
-Estudié en la Escuela de Cine de Barcelona y empecé a hacer ficción. Hice varios cortos, pero con el tiempo se fue complicando, sobre todo por el tema económico, porque sacar ficción es mucho más costoso y requiere mayor equipo humano. Hace unos años decidí probar con los documentales que es un género que me gusta mucho. Primero hice uno que se llama Refugiados que es sobre chimpancés y el tráfico de animales salvajes y después me puse a buscar un segundo documental. Solo tenía claro que quería hacerlo sobre el agua porque es un tema que siempre me interesó muchísimo y me parece uno de los grandes conflictos que estamos viviendo. Me llama la atención cómo jugamos y manipulamos los recursos hídricos que nos dan la vida. Cómo la fuente de vida del planeta puede llegar a ser un problema. Nosotros somos agua, no somos nada sin ella y aun así la destrozamos. Ahí se unió Álex Galán. Empezamos a hablar y él, que es un gran viajero del frío, me comentó que tenía muchísimas ganas de ir a Asia Central y entre los dos unificamos las ideas. Para mí fue perfecto porque en ese punto del planeta es donde se sufre uno de los mayores conflictos con el agua.

Alex Galán, el guía kirguiso Andrey Savinyh y David Rodríguez frente al Glaciar Petrov (Kirguistán)
De izda. a dcha.: Álex Galán, el guía kirguiso Andrey Savinyh y David Rodríguez frente al Glaciar Petrov (Kirguistán) / Foto: David Rodríguez

-¿Qué impresiones recibiste nada más llegar?
-En primer lugar, mucho frío y un país muy desconocido, sobre todo Kirguistán. Es muy pequeño, humilde y me sorprendió gratamente porque me pareció bellísimo. En invierno está completamente helado, a veces lo comparábamos con Alaska o la Antártida. Lo que más me llamó la atención era filmar en un lienzo en blanco, cada vez que ponía la cámara era prácticamente como enfocar a un vacío y poco a poco las formas iban emergiendo. Me enamoré de este país. Kazajistán es mucho más amplio, de estepa, todo es más ocre y monótono. Allí concretamente, fuimos a grabar el Mar de Aral que era una parte esencial del documental y es todo lo contrario. Si Kirguistán me pareció bello con sus grandes montañas, su altitud y sus gentes súper humildes, en el Mar de Aral era como estar grabando una catástrofe. Lo que me encontré fueron contrastes entre los dos países.

-¿Cambia tu percepción de la belleza cuando llegas a sitios como estos?
-Es una pregunta difícil… Me parece que sí. En Kirguistán me gustó encontrarme con el vacío, con la naturaleza en todo su esplendor y eso que vivimos en Asturias, pero ver ese territorio tan basto, abandonado, neutro y aséptico me sorprendió. Muchas veces vas a un sitio y te sobresaturas de belleza: montañas, cascadas… Como allí el espacio en invierno es tan blanco me cambió la percepción y supe disfrutar de esa belleza tan neutra. Fue un auténtico placer conseguir las tomas que hicimos allí y te digo que muchas veces no veía lo que estaba registrando. Ponía la cámara y solo esperaba a que se revelara, como si fuese un carrete fotográfico. La dejaba media hora y cuando la bruma se alejaba, empezaba a atisbar montañas y formas. El registro de imágenes fue un proceso muy pictórico.

Fotograma del film Beyond the Glacier, de David Rodríguez
Fotograma del film / Foto: David Rodríguez

“Cuando vas a un territorio como este, te das cuenta de que hay otro mundo y otras formas de vida”

-¿Qué dirías que te han enseñado la estepa y sus gentes?
-Pues que el ser humano puede con todo, que somos capaces de sobrevivir y sobreponernos en cualquier clima. Por contraste con nosotros, lo que también he visto es a personas que son realmente felices. Los pescadores tienen que hacer un agujero en el hielo con una barra de hierro, es uno de los trabajos más duros que he visto en mi vida, pasamos tres días con ellos en la yurta y al final la comunicación era muy fluida. Ellos nos preguntaban cosas sobre Europa y nosotros les preguntábamos cómo era su forma de vida. De pronto éramos dos seres humanos completamente iguales viviendo situaciones distintas. Creo que esto fue lo que más me llamó la atención, haciendo hincapié sobre todo en la dureza de la vida en Asia Central.

-¿Tener mucho es un problema?
-Creo que sí. No se necesita tanto, sobre todo porque somos muchos y lo queremos todo. La realidad es que el planeta no da para más. La sensación que tuvimos Álex y yo cuando viajamos allí es que tenemos demasiado. Hemos visto a personas muy apegadas a la tierra, ellos mismos van a pescar, tienen sus animales, comen de ello, lo comparten con la familia y con parte de la comunidad… También es cierto que todos tienen móvil, pero más allá de esto creo que vivimos un poco sobresaturados de información, de objetos y lo que nos encontramos, dicho sin ninguna pretensión, es un mundo más prehistórico, un ser humano más unido a la tierra y eso me sorprendió muchísimo. Allí, a menos veintisiete grados, te tienes que buscar la vida de otra forma. Aunque sea duro, al final, el ser humano se comunica con la naturaleza y no la espolia. Ellos viven creando un círculo con la tierra, viven de ella, pero no dejan una huella muy visible.

“Ellos viven creando un círculo con la tierra, viven de ella, pero no dejan una huella muy visible”

-¿El tiempo pasa de manera diferente?
-Cuando veía a los pescadores era como estar viendo el documental de Nanuk el esquimal. Muchas veces me planteo lo rápido que pasa la vida en los países occidentales. En 1900 éramos tres mil millones de habitantes y ahora vamos para diez mil. Todo ha cambiado, la cultura digital, las modas… Allí, de alguna manera, daba la sensación de que el tiempo pasaba más lento. Nosotros vamos contra reloj, ellos simplemente van fluyendo y goteando con el tiempo. Es verdad que son vidas muy distintas. Por lo general, a los veinte años ya están casados y con hijos y se reían de Álex y de mí. Nos pedían fotos de nuestra mujer y nuestros hijos y se llevaban las manos a la cabeza cuando les decíamos que no teníamos. Sus posesiones son la familia y la tierra que dejan. Nosotros acumulamos un montón de cosas.

-Fuisteis los primeros periodistas europeos en grabar en una mina ubicada bajo un glaciar. ¿Qué sientes cuando sabes que eres el primero en conocer algo que nadie vio antes?
-Fue una de las cosas que más me impresionó del viaje. Te sientes muy pequeño al ver ese monstruo terrible que no para de comer y que está espoliando la tierra. Asusta ver como el hombre, en ese continuo mecanismo de arrasar con todo, va dejando su huella en esos glaciares que son inmensos. El entrar en la mina fue un privilegio, pero también muy costoso porque tardamos tres o cuatro meses en tener todos los permisos, tuvimos que hacer pruebas sanitarias y los propios encargados de la mina fueron los que nos guiaron. Fue el único sitio del documental en el que no estuvimos libres a la hora de grabar, porque no deja de ser una mina muy polémica. En el documental tratamos de no juzgarla, simplemente está presentada, porque hablando con mucha gente, nos decían que son un país muy pobre y esta mina proporciona muchos puestos de trabajo. Pero al mismo tiempo está la destrucción de los glaciares, que no va a tener solución el día de mañana. Precisamente por ese contraste, solo quisimos presentarla. Me llama la atención cómo un gobierno permite que su fuente de agua, sabiendo que viven básicamente de ella, se espolie de esa manera por mucho dinero que les den. Me da la impresión de que no se piensa en el futuro, todo es un sálvese quien pueda. Supongo que, en esta carrera de las naciones, Kirguistán no quiere ser menos que las demás y esto es una manera de conseguirlo.

David Rodríguez en la mina Kumtor (Kirguistán)
David en la mina Kumtor (Kirguistán) / Foto: David Rodríguez

-¿Los humanos nos estamos cargando o nos hemos cargado ya lo salvaje?
-Hay una frase de un documentalista que me gusta mucho que se llama Herzog que dice que no queda un centímetro sin explorar en todo el planeta y sin tener una huella del ser humano. No lo sé, creo que la Tierra tiene una capacidad de renovación tremenda, me gusta pensar que es un ente vivo en continuo proceso de reformación. Quiero pensar que la Tierra nos va a sobrevivir a nosotros, pero el terreno de juego que nos estamos preparando es terrible. Vivimos de la Tierra, cada vez somos más y hay regiones que tienen auténticas carencias básicas como es el agua en este caso. Si seguimos así, el tiempo que nos quede en el planeta, lo vamos a pasar mal. Al final todo es un círculo y si lo sufren en otras partes del planeta, nosotros también lo vamos a vivir así. Esto es un organismo y lo que pasa en un sitio nos afecta a todos. A pesar de ser muchos, nos vemos solos. Cuando tenemos un problema como el que estamos viviendo ahora, uno se hace muchas preguntas y se siente muy solo porque no puedes responderlas. Llevamos tanto tiempo driblando con la naturaleza y los sistemas económicos que al final tragamos todo sin replantearnos nada. Creo que falta actitud crítica para ver cuál es nuestra razón de estar aquí y cuál sería la forma correcta de aprovechar nuestro tiempo en el planeta.

-¿Es tarde para construir algo nuevo y diferente o todavía estamos a tiempo?
-Por lo general soy muy pesimista, pero me da la sensación de que todavía estamos a tiempo. El planeta es un órgano que se está regenerando continuamente, él nos va a dar todas las oportunidades. Muchas veces dicen que un cuerpo humano si deja de fumar, en cuestión de un año puede llegar a depurarse y creo que el planeta podría hacer lo mismo. Ahora bien, estamos ya en un escalón tan alto que me da la impresión de que como no nos centremos un poco, la caída va a ser durísima.

“Me costó volver a encontrarme con la gente y sentirme en la necesidad de explicarles cómo fue. Ahora que ya han pasado casi dos años, lo veo con perspectiva y ya puedo asociar las ideas y explicar lo que vi”

-Los hombres de Shackleton estuvieron dieciséis meses confinados en una banquisa helada sin muchos recursos y sobrevivieron todos. A nosotros nos confinan un mes y parece que se acaba el mundo. ¿No somos muy pijos?
-Sí, lo somos. Lo que pasa es que los seres humanos nos volvimos muy posesivos y cuando nos acostumbramos a algo ya es un axioma. Crees que eso es la forma natural de las cosas y conviertes en normal ver y vivir en la superficie de todo y no profundizas. Queremos que eso sea nuestro y no entendemos otra forma de vida ni otro mundo. Cuando vas a un territorio como este, te das cuenta de que hay otro mundo y otras formas de vida. No estoy diciendo que todo el mundo tenga que ir a pescar al hielo, pero vivimos al borde de la sobreexplotación de los recursos, y estos son finitos. Estamos a un nivel, científicamente hablando, en el que hay mucha información, pero no nos queremos desgarrar ni separarnos de aquello que tenemos. Por mucho que nos expliquen que las cosas no son así, nosotros ya nos hemos apropiado de esta forma de vida y no queremos soltarla. Esto en sí mismo ya es un problema.

David filmando a los pescadores de Song Kol (lago en Kirguistán)
David filmando a los pescadores de Song Kol en el lago (Kirguistán) / Foto: David Rodríguez

-¿Qué es lo que más te cuesta después de volver de un sitio como la estepa?
-Lo que más me costó fue contar el viaje. Muchas veces hablaba con Álex de que vivimos cosas que no íbamos a saber explicar y que por mucho que lo intentásemos, requeriría de muchísimo esfuerzo por nuestra parte y por la del interlocutor para poder comprender algo. Me costó volver a encontrarme con la gente y sentirme en la necesidad de explicarles cómo fue. Ahora que ya han pasado casi dos años, lo veo con perspectiva y ya puedo asociar las ideas y explicar lo que vi. Pero nada más llegar, recuerdo que estuve encerrado dos o tres meses sin comunicarme prácticamente con nadie porque había tanta información y tantas sensaciones, que me resultaba muy complejo. Cuando fuimos a ver a los pescadores del hielo, hicimos un viaje en caballo de diez o doce horas por montañas heladas y no me podía creer dónde estaba. Me acuerdo que le decía a Álex que no sabía cómo explicarlo y él me respondía que era imposible, que había que vivirlo. La verdad es que no tenía ganas de venir, me hubiera quedado otro par de meses grabando. Cuando llegas aquí, empiezas a ver gente por todos los lados, las tiendas en los aeropuertos… Allí lo único que hacíamos era filmar, prácticamente el único gasto que tenía era de tabaco, el móvil casi no lo usé porque no me funcionó… Realmente era como haber estado en otro planeta.

-Qué tranquilidad ¿no?
-Sí, en ese sentido fue maravilloso.

-¿Se puede describir el silencio que hay en estos lugares?
-Creo que no, hay que vivirlo. Nosotros estamos en una posición en la que nos cuesta encontrar el silencio por dos razones. Una, porque estamos siempre cerca de grandes núcleos de población y otro, porque la naturaleza es muy rica y está sonando constantemente. Aunque te vayas a Picos de Europa, estás escuchando sonidos permanentemente. En ese lago congelado, a cuatro mil metros, no había animales, no había absolutamente nada y la sensación era muy marciana. Nunca había sentido algo así. Solo escuchabas el viento golpeando en los oídos, no creo que vuelva a tener una sensación de silencio y de vacío tan intensa como la que tuve en Kirguistán. Esa sensación me la quedo porque es irrecuperable. Impresiona porque no estamos acostumbrados a tener un montón de motivaciones sensoriales, allí donde mires siempre encuentras algo. Al estar en un lienzo en blanco la sensación es muy extraña y te hace sentir muy pequeño. De alguna manera me imagino que la muerte debe ser algo parecido, y no lo digo como algo negativo.

“Nos cuesta encontrar el silencio por dos razones. Una porque estamos siempre cerca de grandes núcleos de población y otro porque la naturaleza es muy rica y está sonando constantemente”

-La diferencia que te encontraste, ¿te enriquece?
-Sí porque de alguna manera yo estaba viciado. Muchas veces te ocupas con problemas que realmente no lo son. Al poner la radio, ver la tele, o hablar con la gente que tienes en tu entorno, entras en una especie de bucle en el que los problemas son anodinos. Al estar con otras culturas, ves de qué se ocupan, empiezas a hablar de otras cosas más básicas y es muy enriquecedor. También es una manera de despegarse de esta banalidad en la que vivimos, estamos creando un caos continuo, preocupándonos por temas que no deberíamos. Da la sensación de que tenemos el punto de mira mal calibrado y no nos preocupamos de los problemas reales y que nos atañen. Simplemente nos están llevando de un lado para otro para darnos algo de lo que hablar. Esto al final es aburrido porque todos nos volvemos parecidos. Quizá lo que más disfruté fue la no banalización de los temas, hablar de cosas más auténticas y menos abstractas. Creo que aquí perdemos mucho tiempo hablando de tonterías.

-¿Con qué te hizo reconectar ese encuentro?
-En mi caso me hizo conectar con una parte que ya no solo pensaba que había perdido, sino que no existía en mí. De alguna manera me di cuenta de lo artificial que me había vuelto el tiempo. Volví como si hubiese hecho una limpieza y me hubiese encontrado con mi forma primordial, con la más básica. Lo agradecí muchísimo y es una sensación que todavía me acompaña. Después del viaje, me vine a vivir a San Juan de la Arena precisamente para seguir en esa línea, ya no era capaz de estar en una ciudad y seguir con ese tren de vida.

David y Alex ascendiendo al lago Song Kol (Kirguistán)
David y Álex ascendiendo al lago Song Kol / Foto: David Rodríguez

-¿De las mayores locuras surgen las mejores ideas?
-A nivel vital sí. Ya no hablo de la película que funcionó bastante bien, pero el cambio vital que fue para mí este corto y sobre todo el viaje, fue muy importante y ¡claro que fue una locura! Álex y yo estábamos trabajando, teníamos la edición de un programa para la TPA y llevábamos tiempo con ello. Muchas veces nos sentábamos y pensábamos la manera de salir del bucle en el que nos encontrábamos. Por una parte, no podíamos dejar el trabajo porque necesitábamos el dinero para poder vivir y no tenía sentido irnos al otro lado del mundo sin ningún tipo de producción. Fue una locura dejarlo todo, porque literalmente dejamos el trabajo para meternos en esto que, a priori, no nos iba a reportar absolutamente nada a nivel económico. Pero nos ha cambiado la vida. Álex está mucho más acostumbrado a viajar por Siberia y Mongolia, pero yo nunca me había ido a un lugar tan extremo y evidentemente este tipo de cosas merecen la pena. Hay veces que hay que salirse de la cinta transportadora y arriesgar un poco, porque a nivel personal puede ser muy gratificante.

-Cuando uno se plantea un sueño de este tipo, ¿piensa en las consecuencias?
-No suelo pensar demasiado en ellas. Aunque sea una locura, tampoco tengo mucho que perder. Me da la sensación de que cuando saco adelante un proyecto, no estoy arriesgando más de lo que tengo, así que lo doy todo. También te digo que, si el cortometraje no hubiese funcionado, no tendría la sensación de haber perdido el tiempo porque a nivel vital ha sido fantástico. No he dejado nada en el camino, todo lo contrario. Muchas veces les comento a mis amigos que, cuando una persona hace películas, cuando se vaya, lo que va a dejar es un álbum de pensamientos. Me parece un planteamiento muy alentador pensar que la obra que estoy haciendo me va a sobrevivir a mí. (…)

(La semana que viene publicaremos la segunda parte de la entrevista. ¡No os la perdais!)

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