Un libro de súper poderes, héroes y heroínas

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Portada del libro elaborado por los niños y niñas de la escuela EEI Riego Arriba (Oviñana, Cudillero)
Portada del libro elaborado por los niños y niñas de la escuela EEI Riego Arriba (Oviñana, Cudillero) / Foto cedida por Nieves Suárez
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¿Podría alguien intuir que en la pequeña escuela EEI Riego Arriba en Oviñana (Cudillero) se escondían nueve súper héroes y heroínas que derrotarían al coronavirus con sus poderes? Impensable. Oviñana: ¡Equipo de rescate! es el libro que nueve niños y niñas de entre tres y cinco años han escrito con la ayuda de su profe, Nieves Suárez. En él cuentan como combaten al virus y cómo lo destruyen para que no haga daño a nadie más. Que no os engañen, están disfrazados de niños, pero en realidad son…

Empecemos por el principio. Presentemos a cada uno de los miembros del equipo de rescate:
Aitor, de tres años, es en realidad Blue y vive entre la hierba del bosque. Tiene dos poderes: uno volar más rápido que otros súper héroes y otro enseñar a los niños a lavarse las manos y bañarse. Siempre lleva consigo un fregadero con jabón, también jabón de bote y cuadrado -es decir líquido y de pastilla-. Tiene una planta carnívora a la que llama a voces si la necesita y come coronavirus. Es alto y tiene el pelo y la barba negros como su papi.

El libro que han escrito los niños y niñas de entre 3 y 5 años de la escuela de Oviñana cuenta cómo combaten al virus y cómo lo destruyen para que no haga daño a nadie más.

Nesistar se disfraza normalmente de Inés y tiene cuatro años. Su poder es una estrella y da luz a toda la gente. También tiene una luna y con ella viaja a Aostalia (Australia) y ata a los coronavirus para ayudar a sus amigos. Vive en Francia y le gusta estar afuera y pintar.

Iván, de cinco años, es el Capitán Marvel Imán y vive en el mundo de la Fantasía, con dragones, y su pueblo se llama CRAC. Es alto, mide 20 cm y tiene el súper poder del rayo para secarle las manos a los niños y el poder de la velocidad para que se laven bien las manos.

Acilú
Acilú / Foto cedida por Nieves Suárez

Acilú es el nombre secreto de Lucía de cuatro años. Tiene un rayo y puede ver el “conavirus” porque son transparentes. Con su varita de pegamento los derrota porque los pega y no se mueven. Para convertirse en súper heroína tiene que decir las palabras mágicas: “Acilú, Acilú, quiero ser como tú”. Lleva una capa rosa para poder volar.

Si ves a alguien con la cara verde, el cuerpo amarillo, piernas y pies negros y brazos rojos es Irs, Mateo de cinco años. Tiene luces y alas de color azul y su poder es el calor para intentar matar a todos los virus.

SuperVera -en su casa la llaman Vera y tiene cinco años- es grande y fuerte y va volando para decirle a todo el mundo que se lave bien las manos y no se toquen la cara. Su súper traje es azul, rojo y amarillo. Azul porque está triste porque hay enfermos, rojo porque está enfadada con el coronavirus y amarillo porque tiene ideas para matarlo.

Continuamos con Ari de tres años, que en realidad es Súper Heroína Arcoíris. Vive en una casa grande de color verde, azul y rosa que está en el cielo y ella vuela muy bien y muy alto. Con su rayo láser de arco iris mata al coronavirus.

Y ¿qué decir de SuperLeo? Pues que es de color amarillo, con una capa verde y un antifaz azul. Tiene un muelle blanco con el que da saltitos muy rápido, vive en un árbol gigante de todos los colores y su súper poder es el de las burbujas mágicas con pistola para pegar al coronavirus y atraparlos en una burbuja. Normalmente se disfraza de Sergio que tiene cuatro y nos ha dicho que “no le encantan los coronavirus”.

Supermanchitas
Supermanchitas / Foto cedida por Nieves Suárez

Por último, Laura de cuatro años es Supermanchitas. Una perrita muy veloz que puede volar con su capa roja y con su poder de hielo elimina al coronavirus y ayuda a los niños que andan por el mundo para que no les coja catarro. Vive en la ciudad de hielo, al lado de Elsa.

Al frente de este súper equipo está Nieves Suárez, una profesora que lleva muchos años dando clases pero que todavía no ha perdido la capacidad de sorpresa.

Nieves Suárez, profesora en la escuela de Ribera de Arriba (Oviñana, Cudillero)
Nieves Suárez. «Esta foto es en el cole. La puerta azul de atrás es la de mi aula. Los pollitos son de otro proyecto que hicimos entre Infantil y Primaria dirigido por mi compi de Música, Dolfu. Incubamos huevos de pita pinta. / Foto cedida por N. Suárez

-¿Cómo habéis coordinado todo el trabajo?
-Tenemos un grupo de Whatsapp en el que están todas las familias y el equipo de profesores de ciclo. A través de él es cómo nos vamos comunicando con ellos y de paso con los niños, porque hacemos vídeollamadas y nos vamos enterando de lo que hacen todos los días. La verdad es que estos niños están en una zona muy privilegiada, porque la mayoría viven en casas con finca y eso les da una vida enorme. Desde que pueden salir los veo que bajan hasta la playa, van a la Concha de Artedo y la que tiene envidia soy yo.

-¿Cómo fueron las primeras semanas del confinamiento para tus alumnos?
-Fueron un poco caóticas. Veías a las familias que estaban continuamente poniendo a los niños a hacer cosas, como si tuviesen que tener todas las horas del día ocupadas menos cuando estaban durmiendo. Movimiento sin parar. Los primeros días, tanto mis compañeros como yo, les mandábamos a través del grupo que tenemos de Whatsapp, enlaces a actividades que veíamos por ahí y que nos parecían guapas, pero no se podía estar con ese frenesí porque era una locura.

-¿Cómo surgió la idea de hacer este libro y cómo lo has coordinado?
-Yo no trabajo con libros de texto, trabajo con proyectos y comencé a pensar cómo plantear uno que pudiésemos hacer desde casa pero que nos mantuviese a todos con la conciencia de grupo. El tema de los súper héroes es algo que a los niños de infantil les engancha mucho y se me ocurrió porque me parecía que ellos estaban haciendo una labor enorme, porque son los que mejor se adaptaron a todo esto, mucho mejor que los adultos. Un día lo planteé por el grupo para ver qué tal lo recibían las familias y la respuesta fue maravillosa. Si ellas no se llegan a implicar a tope este proyecto no se podría haber hecho, pero creo que estaban ansiosas por tener un objetivo.

Nieves Suárez con el equipo de profesores que colaboraron en el libro
Nieves Suárez con el equipo de profesores que colaboraron en el libro / Foto cedida por Nieves Suárez

-¿Cuál fue la estructura del trabajo?
-La primera idea fue hacer un cuento, pero después fue creciendo. Hicimos una primera parte en la que cada niño creó su personaje. Decidió qué súper héroe era, qué llevaba puesto, cómo se llamaba, qué poder tenía e hizo un dibujo. Las mamás me los fueron enviando junto con lo que decían los niños. Lo que les pedí es que respetaran al 100% sus expresiones, que no modificaran el lenguaje y ahí comenzaron a salir cosas muy simpáticas. En el paso siguiente nos pusimos a investigar sobre lo que es el coronavirus, cómo es, la importancia que tiene lavarse las manos, no tocarse la cara… Cada uno me escribió las cosas que aprendió y las ideas con las que se quedó. En esta fase las familias les ayudaron a buscar, hablaron con ellos y yo me encargué de recoger esa información. Con todas las ideas que me fueron aportando, hice una recopilación y compuse un dosier informativo en el que ninguno sabe lo que dijo el otro. Esta fue una tarea más grupal porque quería que fuese un trabajo de todos. La tercera parte era que cada uno, pensando en dónde vivía, describiese la escena de cómo salía de su casa y se iba a luchar contra el coronavirus. La única condición era que, cuando acabasen su labor de súper héroes, terminasen todos juntos en un sitio. La casualidad quiso que el 90% de ellos concluyese la aventura en el cole y fue genial. La escena final quise que fuera una historia entre todos. Uno a uno me contaron cómo creían que terminaba todo y me mandaron otro dibujo. Recogí todos los datos, compuse la escena con lo que me contaron para que tuviese un hilo conductor y elegí el dibujo de un niño de cinco años en el que todos los súper héroes del cuento se reunían.

“Yo no trabajo con libros de texto, trabajo con proyectos y comencé a pensar cómo plantear uno que pudiésemos hacer desde casa pero que nos mantuviese a todos con la conciencia de grupo”

-Al final del libro hay una parte en la que se habla de la escuela. ¿Por qué quisiste destacar su historia?
-Esta es una escuela pequeña y todas van tendiendo a desaparecer. En el momento en el que baja el alumnado las cierran y es una pena porque este sitio para los niños es una maravilla. Quisimos darle un poco de importancia al entorno con lo cual hicimos un pequeño relato sobre lo que es la historia del edificio, añadimos el nombre de todas las personas del alumnado incluido el de primaria que estaba en el colegio este año y así concluyó la historia.

-¿Cuál fue la implicación de los padres y la relación que estableciste con ellos?
-Fue muy agradable porque tuvimos mucho contacto y hubo veces que a las once de la noche todavía estaba mensajeándome con la gente. Somos un grupo que nos llevamos muy bien y lo que destaco en lo que es la relación con las familias, es que nos supuso un acercamiento más grande, más incluso que el que teníamos cuando llevaban y traían a los niños al colegio todos los días. Yo les decía a los compañeros que estaba conociendo a la gente mucho más a nivel personal que cuando los veía a diario. Esta situación ha sacado muchas cosas de las personas que antes no estaban. La respuesta fue maravillosa, mejor de lo que esperaba, porque al principio yo estaba tan desconcertada como ellos. Cuando empezó, los padres no paraban de mandar vídeos y fotos de lo que estaban haciendo los niños, pero cuando surgió el proyecto y nos marcamos el objetivo, todo se relajó.

“Ahora mismo todos los que vivimos en ciudad envidiamos la situación que viven en los sitios pequeños porque pueden moverse con más libertad. Me parece un privilegio. Se habla de mantener la distancia, de dividir los grupos, pero en un sitio como este no tienen ese problema. ¿Por qué cerrar estas escuelas si es justo a lo que debería tenderse?”

-Este no ha sido un proyecto más debido al momento en el que ha surgido. ¿Qué ha supuesto para ti?
-Tengo orgullo de niños. Soy interina, llevo muchos años dando clase, pero esta es la primera experiencia que tengo trabajando en una escuela rural, además este año fue extraño porque no empecé a trabajar al inicio del curso. Cuando vine, en principio, era para la sustitución de una baja que se podía incorporar en cualquier momento, pero al final terminó siendo una jubilación. Ahora me da una pena enorme que el curso se termine de esta manera. Tenemos un ambiente maravilloso entre compañeros, somos pocos pero nos llevamos muy bien. Para mí está siendo un privilegio y nunca había trabajado con un grupo de infantil con los tres niveles juntos. Me quedan unas amistades maravillosas, tengo familias de las que creo que nunca me voy a desvincular. Lo que hice con este grupo, en otro momento diferente y con otros niños, no lo podría haber hecho. Los proyectos te los marca el grupo y la circunstancia. Esta forma de trabajar te permite adaptarte a la situación que estás viviendo y sacar lo que quieres hacer a través de actividades que se te van ocurriendo. Si buscas los temas que a los niños les son cercanos y captas su atención puedes hacer de todo. A nivel personal no me gustan los métodos editoriales para trabajar porque me cortan libertad.

-A raíz de esta crisis mucha gente ha vuelto su mirada hacia los pueblos porque se han dado cuenta de que se vive mucho mejor que en las ciudades. ¿Cómo lo valoras tú?
-Yo querría hacer una apuesta 100% por la escuela rural. Nunca la había conocido de cerca y en este momento que estamos viviendo, creo que la gente debería valorarla mucho más. Se tiende a agrupar a los niños de las escuelas rurales en colegios grandes, y esta escuelita tiene diez niños de infantil y siete de primaria que son de la zona y no tienen que desplazarse a ningún sitio, están al lado de su casa y los pueblos se mantienen vivos gracias a ellos. Ahora mismo todos los que vivimos en ciudad envidiamos la situación que viven en los sitios pequeños porque pueden moverse con más libertad. Me parece un privilegio. Se habla de mantener la distancia, de dividir los grupos para que vayan mitad un día y mitad otro, pero en un sitio como este no tienen ese problema. ¿Por qué cerrar estas escuelas si es justo a lo que debería tenderse? Si lo hacen, muchas familias jóvenes se van a marchar para que los niños no tengan que viajar y así los pueblos se mueren. Es una lástima. Nunca lo había vivido hasta este año y es una experiencia de la que no me voy a olvidar en la vida.

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